Madrid con vistas a la Gran Vía

La Gran Vía madrileña cumple cien años. Lo que nació como un intento urbanístico y económico de situar a la capital en igualdad de condiciones con las grandes ciudades europeas se ha convertido en el mejor ejemplo del carácter cosmopolita y abierto del Madrid del siglo XXI. Centro cultural y de ocio de primera magnitud, la mayor parte de los hoteles de esta calle merecen ser visitados por su interés artístico e histórico.

Pablo Fernández
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Foto: Álvaro Arriba

El lunes 4 de abril de 1910, el rey Alfonso XIII, equipado con una piqueta de plata, provocó un ancho desconchón en la casa del cura de la iglesia de San José. Este acto protocolario iniciaba oficialmente la construcción de la Gran Vía, un ambicioso proyecto urbanístico que provocó el derribo de 319 casas, la reforma de 35 calles y la desaparición de quince. Como toda obra de esta magnitud, las opiniones al respecto fueron encontradas. Algunos hablaban de especulación inmobiliaria; otros, de necesaria modernización. En cualquier caso, cien años después de su nacimiento, la Gran Vía es el mejor ejemplo del carácter cosmopolita y abierto de Madrid.

Durante sus primeros años de vida, los 1.316 metros de la Gran Vía estaban divididos en tres tramos distintos, cada uno con sus características propias. El primero, que transcurría entre la calle Alcalá y la red de San Luis, recibió el nombre de Conde de Peñalver, uno de los alcaldes madrileños que más apoyaron su construcción. La presencia del oratorio de Caballero de Gracia provocó que los arquitectos diseñaran el inicio de la vía en curva, para evitar así la demolición del templo. Esta disposición ofrece al paseante una curiosa sensación de misterio, al ocultar la magnificencia de la calle, que se descubre a medida que avanza.

Desde su construcción, el número 2 de la Gran Vía ha sido el hogar de la Gran Peña, club creado por caballeros de la aristocracia y el ejército al estilo de los gentlemen clubs británicos. Recientemente, parte del inmueble ha sido ocupado por el hotel Ada Palace, que tiene entrada independiente por la calle del Marqués de Valdeiglesias. Uno de los atractivos de este alojamiento es una espectacular terraza, anteriormente perteneciente al club, desde la que pueden apreciarse todos los detalles de la cúpula del emblemático edificio Metrópolis.

Un poco más adelante, en el número 11 se encuentra el moderno Hotel de las Letras. Emplazado en un edificio diseñado por Cesáreo Iradier para el Conde de Arteza, fue inaugurado en 2005 tras una ejemplar rehabilitación. El acierto de los propietarios ha sido respetar una construcción declarada patrimonio histórico y, a la vez, otorgarle una personalidad propia y contemporánea. Actualmente el hotel está ampliando sus dependencias tras la compra del local adyacente, donde antiguamente estuvo la popular papelería Vallejo. Su cafetería, que cuenta con amplios ventanales a pie de calle que dan a la calle Clavel, es un excelente lugar para observar el frenesí de peatones con un cóctel en la mano. Aunque si hablamos de tomar una copa, tampoco está de más cruzar la Gran Vía y plantarse en Chicote.

Este mítico bar Chicote ocupa el local del número 12. Inaugurado durante la República, la historia de este establecimiento, propiedad de Perico Chicote, está unida a personajes como Ava Gardner, Rita Hayworth, Frank Sinatra, Grace Kelly... Uno de sus habituales durante la posguerra, el escritor Ernest Hemingway, describió en el relato La denuncia el ambiente de sus años de esplendor: "Por aquellos días, los esnobs frecuentaban la Gran Peña y los buenos tipos iban a Chicote, pues allí no se hablaba de política (...) Iban las chicas atractivas de la ciudad y era el lugar donde se podía iniciar una buena noche, donde uno iba para saber quién estaba en la ciudad. Era, sin lugar a dudas, el mejor bar de España y yo creo que uno de los mejores del mundo".

Hasta la red de San Luis, la Gran Vía está marcada por su carácter señorial. Además de su arquitectura, que la emparenta con ciudades como París, la presencia de grandes firmas de joyería y moda aportan la nobleza necesaria. El segundo tramo, enmarcado entre las confluencias de las calles Montera y Fuencarral y la plaza de Callao, recibió el nombre del político catalán Pi y Margall. Aunque enseguida se desestimó, la idea inicial era construir un inmenso bulevar para el disfrute de los peatones. Este segundo tramo nació como un reflejo de las grandes ciudades estadounidenses: altos edificios de oficinas, modernos centros comerciales, todo tipo de locales de ocio... En fin, un enjambre de vida que puede apreciarse a cualquier hora del día.

El número 41 de la Gran Vía, situado junto a la plaza de Callao, es uno de los edificios más emblemáticos de esta arteria principal que atraviesa el corazón de la capital madrileña de este a oeste. No en vano, el Ayuntamiento ha elegido su estampa como imagen de las celebraciones que este año tendrán lugar con motivo de tan señalado centenario. Conocido como Carrión o Capitol, su peculiar estructura recuerda a la proa de un transatlántico que surca las turbulentas aguas de la ciudad. Desde el año 1933 acoge al cine Capitol, un auténtico pionero de la amplia oferta cinematográfica y de ocio del llamado "Broadway madrileño". Tras la locura inmobiliaria de los últimos años, este cine es uno de los pocos que aún se mantiene en cartelera. Otros muchos se han transformado en teatros musicales o, simplemente, en grandes tiendas de moda.

Actualmente, las plantas superiores del Carrión están ocupadas por el Vincci Capitol, que recoge el testigo del mítico hotel Capitol. Inaugurado en 2007, los propietarios han realizado una inteligente rehabilitación con constantes guiños al art decó. El bar de la primera planta, que ocupa el lugar de la antigua cafetería Manila, proporciona unas espectaculares vistas del segundo tramo de la Gran Vía. La laberíntica estructura del edificio otorga al hotel un halo de misterio que invita a perderse por sus irregulares pasillos. Además de disponer de todas las ventajas de un establecimiento moderno, el Vincci Capitol tiene la peculiaridad de contar también con un spa privado para dos personas.

Si el bolsillo lo permite, resulta aconsejable alojarse en una de las dos habitaciones Skylight del establecimiento, localizadas justo detrás del luminoso de Schweppes que popularizó el largometraje El día de la Bestia, dirigido por Álex de la Iglesia. Sin embargo, los cinéfilos no deben esperar una réplica exacta de aquel decorado. Lo que encontrarán es una estancia moderna, con una sugerente cama redonda desde la que dejarse hipnotizar por los reflejos de los neones.

En este punto, ya con la plaza de España en lontananza, la Gran Vía inicia su recta final. Aunque la personalidad de esta zona es más ecléctica que las anteriores, la pujanza de los modelos estadounidenses sigue siendo evidente. En la que se llamó originariamente calle de Eduardo Dato, los madrileños podían tomar un gimlet en la barra americana del desaparecido hotel Menfis después de ver una película de Humphrey Bogart o bien, a escasos metros, pedir un delicioso sándwich a la plancha y un batido a una de las camareras vestidas de rosa de la popular cafetería Nebraska.

El número 53, que hace esquina con San Bernardo, tiene el honor de alojar al hotel más longevo de la Gran Vía: el Emperador. Abierto en 1948 y hermano del Emperador de Buenos Aires, sus impecables habitaciones están decoradas de forma clásica y acogedora. Uno de los secretos mejor guardados del casco histórico es el impresionante ático de este hotel, que ofrece cafetería, restaurante, zona chill out y una amplia piscina con vistas de todo Madrid. Aunque no se esté alojado allí, es posible disfrutar de sus instalaciones tras el pago de una entrada. La experiencia lo vale.

Casi enfrente de este añejo hotel se encuentra el Senator Spa. Durante sus siete años de vida, este funcional alojamiento se ha hecho un hueco entre la abundante oferta de la zona con propuestas novedosas y efectivas. La más llamativa es la reconversión del clásico cine Pompeya en un amplio café-teatro que acoge actuaciones, de martes a domingo, de populares cómicos. Como su propio nombre indica, los bajos del hotel han sido reconvertidos en un completo spa balneario. La buena combinación de humor y relax ha resultado un negocio redondo para la dirección.

Los hoteles de la Gran Vía pasan desapercibidos tras la grandiosidad de su entorno. Sin embargo, su calidad media es alta. A la hora de hablar de precios, la cosa se complica. Las ofertas son numerosas y es posible alojarse a precios razonables. Las tarifas fluctúan de un día a otro. Los propios hoteleros hablan en broma de la Bolsa de la Gran Vía, que sube o baja en función de la temporada, la competencia, el clima... Hasta en eso, la Gran Vía es especial.