Madrid acoge la gran exposición impresionista de la temporada

La Fundación Mapfre muestra, hasta el 22 de abril, 90 cuadros procedentes del museo de Orsay, en los que se realiza un recorrido por los orígenes del grupo impresionista: Renoir, Manet, Monet, Degas, Sisley, Pissarro y Cézanne.

Juan Altable

En 1874, París comenzaba a reponerse de los sucesos ocurridos tres años antes, cuando el ejército prusiano cercó y bombardeó la ciudad durante cuatro meses llevándose por delante a Napoleón III y el Segundo Imperio. A continuación, la Comuna puso en evidencia que los generales franceses podían ser más crueles con sus compatriotas que los cañones mandados desde Berlín.

La ciudad recuperaba el aliento y pronto proseguirán las grandes obras urbanísticas que desde hacía 25 años la estaban transformando en la urbe más cosmopolita del mundo, con grandes bulevares, imponentes perspectivas y decenas de locales dedicados al ocio: restaurantes, cafés, teatros, hipódromos y un nuevo edificio para la ópera. El precio pagado estaba en consonancia con el desafío: el derribo del viejo París y la expulsión de decenas de miles de ciudadanos humildes. Los acontecimientos políticos habían impuesto un pequeño paréntesis en la vida artística, pero rápidamente se volvió a convocar el mayor acontecimiento anual para los pintores de todo el mundo: el Salón. La antigua disputa entre el arte académico, con nutrida representación en el jurado, y los artistas más renovadores volvía a ponerse en evidencia de nuevo.

Una década llevaba Manet pugnando con los defensores de un arte poblado por ninfas, nubes y angelotes, en medio de tumultuosos escándalos, y con la sola ayuda de escritores como Baudelaire y el joven Émile Zola. Ese año de 1874 el jurado admitió un trabajo de Manet, pero rechazó los de sus compañeros más jóvenes. Y éstos decidieron plantarse.

En el antiguo taller de un fotógrafo organizaron una exposición paralela que pasaría a la historia: Renoir presentó siete obras; Monet, cinco; Degas, diez; Cézanne, tres obras; Sisley, cinco, y Pissarro, otras cinco. Había nacido el grupo impresionista. Los impresionistas pintaban paisajes al aire libre, y ese método condicionaba sus objetivos, ya que los cambios de luz alteraban continuamente los colores de los objetos, y también su técnica: había que trabajar deprisa, con pinceladas rápidas que quedaban a la vista sobre el lienzo. Monet, Sisley y Pissarro se dedicarán a plasmar la naturaleza con una inmediatez como nunca antes se había alcanzado.

El otro tema favorito del grupo son las escenas de la vida cotidiana, que expresan el avance impetuoso de la modernidad. Renoir pinta medias figuras, especialmente femeninas, en el palco de la ópera o del teatro, construidas con colores complementarios y revestidas de una sensualidad delicada y exquisita. Degas, por su parte, ofrece el lado oculto de los grandes espectáculos mundanos: en sus lienzos sobre el hipódromo los caballos no suelen participar en la carrera sino que pasean antes de la competición, y las bailarinas son captadas sobre todo en los duros ensayos que preceden al espectáculo rutilante del ballet. La renovación impresionista se había puesto en marcha, dando lugar al nacimiento del arte moderno.