
Madeira a toda velocidad: la experiencia con más adrenalina que vivir en las calles de Funchal
Este curioso oficio centenario se ha convertido en una de las mejores propuestas para tomarle el pulso a la isla portuguesa.
Bañada por las aguas del Atlántico, la isla de Madeira es un vergel de jardines tropicales que cuelgan sobre acantilados. Con elevaciones de hasta 1.871 metros, cuenta con una orografía bastante accidentada que deja estampas de extrema belleza. Elevaciones que, a lo largo de la historia, han supuesto un verdadero desafío en la vida local.
De esta forma surgió el arduo oficio de los 'carreiros do Monte', una de las tradiciones más singulares del mundo que aún se mantiene viva a pesar de que su finalidad principal haya cambiado. La labor de estos señores consiste en conducir enormes cestas de mimbre, adecuadas para dos personas, cuesta abajo por las empinadas calles del barrio Monte, ubicado en la parte alta de Funchal, la capital madeirense.

No hay motores, ni pedales, ni ruedas. Tan solo se sirven de su fuerza y técnica. Para ello, caminan o corren junto a las cestas valiéndose de la gravedad como acelerador y de las suelas de su calzado, hechas con neumático, como freno. El resto del trabajo, a la hora de tomar curvas, esquivar obstáculos y controlar la velocidad y la dirección, es parte de su pericia y experiencia, avalada de generación en generación, ya que este oficio es hereditario.
La tradición de los 'carreiros do Monte'
Todo comenzó a mediados del siglo XIX, cuando los habitantes de las zonas altas de Funchal, especialmente del barrio Monte, buscaban una forma rápida y funcional para llegar al centro de la ciudad. Los caminos, adoquinados y demasiado empinados, no eran aptos para carruajes de ruedas y los animales tampoco resultaban eficientes para subir y bajar con frecuencia.
De esta forma, surgieron las cestas de mimbre montadas sobre patines de madera con base curva que facilitaban deslizarse por las pendientes. Un transporte práctico para los residentes que con el tiempo ha acabado transformándose en una atracción para los turistas que llegan a la isla ávidos de experiencias.
Una experiencia imprescindible en Madeira
Dos hombres con sombrero de paja y vestidos de blanco aguardan, en lo alto de la calle, junto a la enorme cesta que ejercerá como mi medio de transporte para regresar al centro de la capital.

Ahí dentro, las cuestas se ven aún más empinadas y largas y los nervios afloran. El descenso empieza lento, pero la adrenalina se acelera a medida que avanzamos hacia pendientes cada vez más considerables. El camino zigzaguea por curvas cerradas entre casas que mezclan encalados con piedra volcánica. A lo lejos, el mar.
Miro a los 'carreiros do Monte' que me acompañan a cada lado de la cesta, con la intención de intuir muestras de esfuerzo en su rostro, pero tan solo veo sonrisas y alegría antes de tomar cada curva o cada rampa. Más que una forma de vida, para ellos su profesión es todo un orgullo y pura pasión. Muchos aprenden el oficio desde jóvenes, heredándolo de sus padres o abuelos.

El trayecto, que dura entre 10 y 15 minutos, cubre unos dos kilómetros aproximadamente hasta el barrio de Livramento, la meta. Sí, parece una carrera, pero aquí el único propósito es el de disfrutar de una perspectiva diferente de Madeira a través de una tradición centenaria.
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