Machu Picchu: la maravilla eterna

Da igual las veces que la hayamos visto retratada. Nada prepara al viajero para la sensación de rozar el cielo inca, para la contemplación de una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo.

Noelia Ferreiro
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El yacimiento arqueológico más famoso del planeta encarna uno de esos viaje épicos capaces de cambiar la vida. Mágico, misterioso, magnético, su perfil presidido por el pico del Huayna, enseñoreado sobre la ciudadela de piedra y en el marco de una vegetación selvática, es uno de los más retratados de la historia. Y sin embargo, es inevitable conmoverse cuando se le divisa de pronto, a 2.400 metros de altitud, envuelto tanto en niebla como en miles de enigmas.

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La ciudad perdida de los incas, emplazada en el flanco oriental de los Andes, justo donde da comienzo la Amazonía, es la huella más perfecta que dejó esta última civilización andina, una de las más avanzadas que se conocen. Hombres que fueron grandes planificadores urbanos y que sobresalieron en todas las disciplinas del conocimiento. 

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Por eso la elección de este lugar no fue gratuita. Machu Picchu fue un centro político, administrativo y religioso. Un centro multifuncional considerado sagrado por su emplazamiento en un cuenco de montañas. ¿Y por qué precisamente aquí? Pues porque encontraron las condiciones necesarias para la vida: agua, piedra para sus construcciones, seguridad y esa cercanía a las constelaciones que tanto significado tenía para su espiritualidad.

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El resto fue adaptarse a los designios de la naturaleza. Emplear su ingenio para desarrollar terrazas agrícolas donde cultivar papas, camote, mandioca… y que ejercían asimismo como muros de contención. Aprovechar una falla geológica para idear un sistema de drenaje. Alumbrar el mejor sistema hidráulico que se conoce en la antigüedad.     

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Más allá del valor de esta imponente ciudad que pasó inadvertida a los conquistadores españoles y permaneció en el olvido hasta los albores del siglo XX, su visita supone dejarse contagiar por la magia. Especialmente si la visión aparece tras cuatro días de trayecto por el Camino del Inca

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Esta famosa senda tocada por el mal de altura es, más que un rito iniciático para el viajero, una aventura milenaria con una recompensa incomparable. Un tramo de 43 kilómetros de la antigua red de calzadas que unía Cuzco con los confines del imperio inca, y que discurre entre bosques, desfiladeros, riscos nevados y ruinas a lo largo de varias jornadas de dura caminata. Al final, las vistas de la ciudadela desde las alturas de Intipunku, la Puerta del Sol, compensan todo el esfuerzo en una ruta que, al ser altamente demandada, obliga a hacer la reserva previa con mucha previsión: de seis meses hasta un año de antelación si queremos recorrerla en temporada alta.

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Menos aventurero pero no menos hermoso es acceder a Machu Picchu a bordo de un tren, pero no de un tren cualquiera, sino del inolvidable Hiram Bingham: el exclusivo ferrocarril que, con el nombre del descubridor de la ciudad perdida y el sello de Belmond, conduce al secreto mejor guardado de los incas.

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En esta joya art decò que rezuma el fasto de principios de siglo XX, adentrarse por el paisaje andino tiene el encanto añadido de degustar un exquisito menú gourmet, mientras por la ventana desfilan montañas verdes, coloridos pueblos, mosaicos de cultivos milenarios, ruinas...  y toda la belleza del valle del río Urubamba. La ruta va de Cuzco a Aguas Calientes y de aquí, en un pequeño autobús por una carretera sinuosa, la llegada a la ciudad perdida será, en sentido real y metafórico, tal y como rozar el cielo.