Macedonia: un país, dos mundos

La República de Macedonia vive entre dos mundos, Oriente y Occidente, Europa y Asia. Perteneció a Yugoslavia y, mucho antes, a Alejandro Magno. La capital, Skopie, ciudad natal de la madre Teresa de Calcuta, es el punto de partida de este viaje por un país casi desconocido.

Thierry Maliniak
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Foto: ISTOCK

La República de Macedonia cuenta con un millar de castillos y fortalezas (hoy vestigios en su mayor parte) desperdigados por una superficie inferior a la de Galicia, lo que da fe de su importancia estratégica y militar. Y es que por más que sea un país muy joven –nació en 1991 del desmembramiento de Yugoslavia–, está asentado en una región con una historia convulsa. Constituye una verdadera encrucijada entre Oriente y Occidente, un lugar de paso obligado entre Asia y Europa. Eso es, precisamente, su gran atractivo: transporta al visitante en un cerrar y abrir de ojos de un mundo a otro. Como en la capital, Skopie, donde, al atravesar de sur a norte el río Vardar, uno tiene la sensación de pasar de repente del corazón de los Balcanes a la Anatolia profunda. O en estos pueblos montañosos donde iglesia (ortodoxa en este caso) y mezquita compiten para guiar espiritualmente a los lugareños, en una coexistencia que no siempre fue pacífica. Visitar Macedonia es pasar continuamente de Europa a Asia, como si se estuviera siempre cruzando algún Bósforo.

Al desembarcar en Skopie, empecemos por Oriente: por el barrio de Carsija (“sitio del mercado”, en turco), en la orilla norte del Vardar, empapado de las huellas de cinco siglos de dominación otomana. Aquí, unas mujeres con hiyab y abrigo largo se mueven sigilosamente por un dédalo de callejuelas peatonales donde, desde cualquier ángulo, siempre se observa la silueta de algún minarete. Los hombres beben té y fuman el narguile mientras juegan al dominó en las terrazas de los cafés. Los baklavas y los kebabs son omnipresentes en los restaurantes. La voz del muecín llamando a la oración se sobrepone a los sonidos de música turca o árabe que sale de las tiendas. Todavía se puede pasear por algún que otro han, los antiguos caravasares donde se concentraba antiguamente la actividad comercial. Como el Kursumli Han, con sus dos pisos de arcadas armoniosas que le dan un aspecto de claustro. O el Kapan Han, donde uno descubre un sorprendente mestizaje cultural, por lo demás típico por estos lares: en su planta alta, frente a una madraza se ha instalado el bar de copas Mogambo.

La “movida” macedonia

Mestizaje cultural, también, en la vecina Gradiste, la callejuela que se ha convertido en el centro de la movida de Skopie. El Malasaña macedonio. Aquí, grupos de chicos y chicas (algunas con el hiyab puesto) apuran, en medio de un nivel de decibelios que bien podría ser madrileño, los tés o los más impíos gin tonics en las terrazas de los cafés que se suceden a lo largo de las aceras. Cuesta recordar que todavía estamos en el barrio turco. Aunque encima de la calle Gradiste encontramos una primera avanzadilla de otra cultura: la iglesia Sveti Spas, parcialmente enterrada para sortear la obligación impuesta a los edificios de culto cristiano de no ser más altos que las mezquitas. Y es que había que empezar bajo el nivel del suelo para que cupiera su impresionante iconostasio de diez metros sobre seis, cuya madera tallada es un prodigio de fineza.

Después de esta primera incursión cristiana, entremos de lleno en Occidente. Hace falta, para ello, acercarse al río Vardar. Se puede atravesar por el Stonebridge, el Puente de Piedra, que constituye el centro neurálgico, siempre abarrotado, de la capital. Sus trece arcadas han sobrevivido desde su construcción en el siglo XV por los otomanos (todavía se pueden ver los restos de un mirhab como empotrado en la barandilla). El Stonebridge es el mejor punto de observación para calibrar los efectos, cuando menos dudosos, del Skopie 2014, el ambicioso plan de renovación de la ciudad (el segundo, ya que el primero fue ejecutado tras el terrible terremoto del año 1963) emprendido en 2010. Se tradujo a orillas del Vardar por una sucesión de edificios oficiales (museos, ministerios, sedes judiciales) de una inspiración neoclásica pomposa, por no decir francamente kitsch. Una arquitectura historicista que pretende hacer revivir los fastos del pasado, pero cuyos resultados se aproximan más a Las Vegas que al Partenón. El fervor nacionalista impregna el lugar, como en los dos puentes paralelos al Stonebridge, cada uno con su colección de estatuas de bronce: de artistas macedonios en un caso, y de “personajes significativos de la historia de Macedonia y del mundo”, en el otro. Personajes más bien desconocidos en su mayoría, todo hay que decirlo, por el visitante.

El nacionalismo exacerbado también domina en el Museo de la Lucha por la Independencia y la Soberanía de Macedonia, a orillas del río, inaugurado en 2011. Su visita es importante para entender las susceptibilidades de un pueblo al que sus vecinos, especialmente Grecia y Bulgaria, se niegan hoy a reconocer como nación. Macedonia sí existe, quisieron demostrar los promotores del museo. Y para ello, durante una visita guiada de una hora y media, el visitante zigzaguea entre enormes pinturas murales y estatuas de cera recordando, a veces con una afición evidente hacia lo sanguinolento, todas las batallas de los macedonios para conseguir la soberanía. Justo enfrente, otro museo, de tono mucho más comedido, recuerda el Holocausto de los judíos macedonios: 7.215 sefardíes, es decir, la casi totalidad de la comunidad, fueron deportados a Treblinka en 1943 por las tropas del gobierno búlgaro, aliado del Tercer Reich. Ninguno volvió.

Más patrioterismo en medio de la Plaza Macedonia, al lado del Stonebridge, donde reina una estatua grandilocuente de 15 metros de un “guerrero a caballo”. Aunque el pedestal no lo precisa, es un secreto a voces que está dedicada a Alejandro Magno, por cuya herencia rivalizan hoy griegos y macedonios. Estos últimos optaron por no enconar la polémica al no precisar explícitamente la identidad de dicho guerrero al inaugurar la estatua en el año 2011.

Recordando a Teresa de Calcuta

Para alejarse de esta estética nacionalista, nada mejor que pasear por el peatonal y apacible bulevar Makedoniya, el eje de la ciudad moderna, con sus tiendas de moda y sus amplias terrazas de cafés. Aquí se puede visitar el memorial dedicado a otro personaje emblemático de Macedonia, aunque mucho menos polémico: la madre Teresa de Calcuta, que nació en Skopie en 1910. Su recuerdo está por todas partes: a la entrada de muchos edificios oficiales se puede observar una placa con alguna frase que le es atribuida, y diversas obras públicas (¡hasta una autopista!) llevan su nombre. El memorial fue construido en el sitio de la iglesia donde fue bautizada, y contiene una profusión de documentos (fotos, cartas) relatando su vida.

Para tener una visión de conjunto de Skopie hace falta subir. Primero hacia el kale, la fortaleza que domina la capital, algo decepcionante en su interior, exceptuando su línea de murallas restauradas. Pero también se puede trepar mucho más alto: hacia el Monte Vodno, que, con sus 1.060 metros, domina la ciudad tendida 800 metros más abajo. Desde 2010, una línea de teleférico de 1.700 metros de largo lleva a la cumbre. Allí, la vista, de 360 grados, abarca Skopie y su valle, así como un impresionante circo de picos nevados. Un paisaje de ensueño... si no fuera por la horrorosa estructura metálica de la cruz de 66 metros inaugurada a principios de este siglo, en la misma cumbre, para conmemorar “2.000 años de cristiandad (una iniciativa muy criticada por la minoría musulmana). Antes de abandonar las alturas, el visitante puede seguir hasta el vecino monasterio de Pantelejmon, construido en el siglo XII, en la época bizantina, y que ofrece magníficos frescos de un sorprendente realismo, con armoniosos colores en los que predominan los azules.

Tras la capital, la primera etapa es la cercana ciudad de Tetovo, baluarte de la turbulenta minoría albanesa, musulmana en su mayor parte. Y se nota paseando por las siempre abarrotadas calles del centro: aquí son claramente mayoría las chicas con hiyab y abrigos oscuros extendiéndose hacia los pies. Por más que contrasten con el atuendo a la última de los chicos, con una predilección manifiesta hacia el tupé, que parece haberse convertido en la gran moda por estos lares. La visita a Tetovo tiene por eje la sorprendente mezquita Sarena, que significa en turco “mezquita pintada”. Un nombre apropiado ya que, en contraste con la habitual sobriedad de los lugares de culto musulmanes, tanto dentro como fuera la Sarena está decorada de manera exuberante. Las coloridas pinturas de su exterior evocan unos naipes, mientras las volutas recargadas de su arquitectura interior contribuyen a crear una atmósfera más cercana a la Belle Époque francesa que a la religiosidad islámica. Más sobrio es el cercano tekke (lugar de culto de los sufíes) Arabati Baba Bektasi, un apacible espacio ajardinado donde predominan hombres barbudos y mujeres herméticamente cubiertas. Si llega a la hora de la llamada a la oración, el visitante se siente de repente transportado en algún lugar lejos de Europa...

El Parque Natural de Mavrovo

Al sur de Tetovo, la carretera conduce al Parque Natural de Mavrovo, con sus paisajes alpinos y sus picos nevados. Es el hogar de los mijaks, un grupo étnico que habla su propio dialecto y conserva sus antiguas costumbres, recordadas en varios festivales folclóricos. En un mismo pueblo, e incluso en una misma familia, coexisten aquí la fe cristiana y musulmana. Lo reflejan los pueblos encaramados, de manera a veces acrobática, en las laderas de las montañas, donde dominan las siluetas gemelas del campanario y del minarete. En varios pueblos se han construido hoteles en casas antiguas para atraer un turismo, tan nacional como extranjero, centrado en el senderismo y el esquí. Por las sinuosas carreteras, uno se cruza de repente con un pastor guiando su rebaño de cabras, o con unas mujeres con el pañuelo y el vestido tradicional albanés. En medio del Parque, en un paraje paradisiaco, se esconde uno de los más impresionantes monasterios del país, Sveti Jovan Bigorski (San Juan Bautista). Construido en 1020, desmantelado por los otomanos y reconstruido, alberga un espectacular iconostasio de madera tallada, que representa escenas religiosas de la Macedonia antigua, con medio millar de personajes.

La carretera prosigue hacia el sur hasta llegar al lago Ohrid, que se reparten Macedonia y Albania. Para quien quiera conocer ambas orillas, cruzar de un país a otro se ha vuelto hoy muy fácil, casi informal (el policía de fronteras albanés se disculpa porque su sello no funciona). El lado albanés del lago, poco concurrido, ofrece magníficas vistas de la orilla opuesta, con los picos nevados reflejándose en el agua. De vez en cuando se divisa uno de estos pequeños bunkers esparcidos por toda la geografía del País de las Águilas y que recuerdan la paranoia de la época de Enver Hoxha. El viajero que quiera dormir una noche en territorio albanés puede hacer parada y fonda en el balneario de Tushemisht, abarrotado los fines de semana por las familias llegadas para mojarse los pies en el agua y pasear por la cercana zona lacustre.

La vuelta a tierras macedonias empieza con más monasterios: esta vez el de Sveti Naum, al lado de la frontera, construido en el siglo IX en recuerdo del misionero y escritor búlgaro Naum, allí enterrado. Impresionan sus dos salas totalmente cubiertas de frescos relatando la historia del santo. El lugar es muy frecuentado por los visitantes nacionales, que se sacan fotos por los jardines adyacentes por donde pasea una colonia de pavos reales. Es la última etapa antes de llegar a la ciudad de Ohrid, que se extiende en torno a una bahía del lago. Es el lugar preferido por los turistas de este país sin acceso al mar, que lo abarrotan en verano. De allí que la primera impresión sea algo decepcionante, cuando uno desembarca en lo que parece un balneario más, lleno de hoteles, pensiones, restaurantes y bares. Pero basta con adentrarse en el pintoresco dédalo que conforman las callejuelas empedradas del casco viejo, con sus casas blancas y sus tejados rojos todas idénticas, para disipar rápidamente esta primera sensación.

El recorrido es un verdadero peregrinaje entre iglesias: Ohrid reivindicaba tener antaño tantas como días del año. Como la gran Sveta Bogorodica Perivlepta, con sus magníficos frescos donde dominan los azules y que cubren todas las paredes y la cúpula. Al lugar se le atribuye haber sido uno de los primeros museos del mundo: en esta tierra de batallas entre religiones, aquí se ponía a resguardo objetos sagrados rescatados de otras iglesias del entorno amenazadas por los otomanos. La cercana iglesia de Sveti Sofia es la única en el país que todavía conserva frescos originales del siglo XI. En cuanto a la fotogénica Sveti Jovan Kaneo, debe su atractivo a su localización, encima de unos acantilados que caen abruptamente hasta el lago. También merece una visita el Museo Nacional, instalado en una casa señorial típica de una familia acomodada del siglo XIX. Más allá de su mobiliario de madera tallada, lo más fascinante es su cuarto de oro: contiene la sepultura de una princesa de la época de los ilirios, en el siglo IV antes de Cristo, con máscara de oro y herramientas.

Bellos lagos y montañas

Ciudad turística por excelencia, Ohrid es por ello la ciudad más occidentalizada del país. Sea porque las iglesias, en esta ciudad, han ganado claramente la batalla a las mezquitas, sea por los atuendos: hiyab y abrigos largos son la excepción, y la tónica es más bien el bañador. La atmósfera, aquí, es relajada. Como en un restaurante a orillas del lago, donde una orquesta toca música zíngara: uno se sorprende al ver a un grupo de mujeres cincuentonas, con aspecto de apacibles amas de casa, arrancarse a bailar en círculo con entusiasmo mientras los comensales baten palmas.

Unido a él por una carretera vertiginosa, el lago Ohrid tiene un hermano menor: el lago Prespa, más al Este, menos concurrido y más salvaje, aunque también con sus picos nevados reflejándose en el agua. Aquí también los lugareños han tomado la iniciativa para atraer el turismo aprovechando el entorno grandioso de las montañas. Como este paisano del pueblucho de Podmocani que ha montado un Museo del Traje en su casa. O como en Braicino, donde los habitantes de este pintoresco pueblo al lado de la frontera griega han puesto en pie un ambicioso proyecto de ecoturismo. Han restaurado sus casas antiguas y han abierto unos bares y pensiones, aprovechando que el lugar es el punto de partida de varios senderos que conducen a unos lagos glaciares. El viajero en busca de misticismo podrá alojarse en un pequeño monasterio cercano, Sveta Petka, solitario en una pequeña explanada en medio de un circo de montañas nevadas. El libro de visitas atestigua que viajeros del mundo entero se han recluido en este lugar de fin del mundo.

Ya es hora de volver a entornos más urbanos para dirigirse hacia la segunda ciudad del país: Bitola. Si su calle principal, la peatonal y siempre muy animada Sirok Sokak, abunda en opulentas casas señoriales del siglo XIX, es que Bitola tuvo una intensa vida diplomática. Aquí abrieron consulados ante el entonces poderoso imperio otomano, a partir de los años 1850, varios países europeos: Francia, Inglaterra, Rusia, Austria, Italia. La ciudad se convirtió entonces en gran centro de intercambios comerciales entre Occidente y Oriente, mientras bailes y recepciones se sucedían en el seno de la colonia extranjera. Era una ciudad culta, donde las escuelas ofrecían enseñanzas en varios idiomas. Y algo de esta atmósfera elegante se percibe todavía en torno a la ciudad. Este cosmopolitismo explica que encontramos aquí una de las pocas iglesias católicas del país. El guardián está encantado de oír hablar español ya que, explica, sus dos hermanas son carmelitas en Ávila.

Bitola tuvo también otro huésped ilustre: en su academia militar completó sus estudios, de 1896 a 1899, Mustafá Kemal Atatürk. Hoy el lugar ha sido transformado en museo para mayor gloria del fundador de la Turquía moderna, con fotos (coloreadas), retratos, uniformes, condecoraciones, bustos. Y, menos militarista y más humana, la reproducción de una bonita carta de amor que le dirigió una joven de la ciudad.

País de grandes monasterios

Antes de emprender viaje de vuelta hacia Skopie conviene rendir un último homenaje a lo que constituye la principal riqueza cultural de Macedonia: sus monasterios. Y es que a pocos kilómetros de Bitola, la pequeña ciudad de Prilep cuenta con dos de los más espectaculares del país. El de San Miguel Arcángel, que alberga a media docena de monjas y muestra frescos del siglo XIV mal conservados, pero su gran atractivo reside en su entorno: colgado en la ladera de una montaña, su localización le da un aspecto casi propio de los Himalayas. Más remoto todavía está el monasterio de Treskavec, al que se accede por una sinuosa carretera de montaña que sube en su tramo final 700 metros en pocos minutos. La iglesia central fue construida en el siglo V, aunque lo que subsiste hoy de ella es posterior. Muros y cúpula están totalmente cubiertos de frescos espectaculares, aunque algunos necesitan una restauración urgente. Y en este emplazamiento realmente único, en esta pequeña plataforma al pie del monte Zlatovrv y con una vista panorámica a la llanura de Pelagonia, el viajero tiene la sensación de encontrarse en el corazón de uno de los países culturalmente más diversos del Viejo Continente.

Los herederos de Alejandro Magno

Oficialmente, el país que tiene a Skopie por capital no tiene derecho a llamarse República de Macedonia. Forma parte de Naciones Unidas con el nombre de FYROM, las siglas en inglés de Antigua República Yugoslava de Macedonia. Esta apelación alambicada, que se supone provisional, es fruto de una imposición del gobierno de Atenas en el momento del desmembramiento de Yugoslavia. Y es que Grecia tiene también en su territorio, en torno a Salónica, una región llamada Macedonia. Y teme –aunque lo niega– que sus habitantes puedan algún día soñar con una reunificación con sus hermanos de Skopie. Para justificarse, el gobierno de Atenas asegura que los macedonios no existen como nación, ya que son simplemente búlgaros. Paradójicamente, el gobierno búlgaro, por su parte, también niega que los macedonios constituyan una comunidad nacional y los considera… como griegos. Las escaramuzas entre Grecia y Macedonia son habituales: así, la primera obstaculiza la adhesión de la segunda a los organismos internacionales, como la Unión Europea y la OTAN. A nivel de símbolos, la batalla por la herencia de Alejandro Magno (que da su nombre al aeropuerto de Skopie y a una autopista) refleja esta rivalidad: aunque el ilustre personaje nació en una ciudad hoy griega, Pella, los macedonios recuerdan al visitante que sus primeras batallas, antes de la campaña triunfal que lo llevó en Asia hasta el río Indo, fueron para someter las ciudades griegas rebeldes a la autoridad del rey de Macedonia.

La cuestión albanesa

Que sea en materia de lengua, de religión, de vestimenta o de origen étnico, Macedonia es un país de (por lo menos) dos culturas. La mayoritaria (unos dos tercios del total de la población) es la eslava, y la minoritaria la albanesa. Sin contar otras pequeñas comunidades como los zíngaros, los turcos o los rumanos. Mientras los eslavos están anclados en una religión ortodoxa a la que ven como su señal de identidad por excelencia, los albaneses, por su parte, son en su mayoría (pero no todos) musulmanes. Y por más que hoy todos los letreros sean estrictamente bilingües, conjugando los caracteres cirílicos de los primeros con los caracteres latinos de los segundos, la coexistencia entre iglesias y mezquitas no siempre fue fácil. Tras la independencia de Macedonia en 1991, las protestas de los albaneses, que se sentían discriminados, fueron constantes, y se convirtieron a partir de 1998 en acciones violentas. La secesión de Kosovo echó leña al fuego de la rebelión: alentado por los kosovares nació en 2001 en Macedonia un Ejército de Liberación Nacional albanés que empezó a atentar contra la Policía. Los enfrentamientos interétnicos que siguieron llevaron a una intervención internacional con participación de la OTAN para apaciguar el conflicto, y condujeron al Acuerdo de Ohrid, que reconocía a la comunidad albanesa mayor participación en las instituciones. Desde entonces la situación se ha tranquilizado progresivamente, aunque se producen de vez en cuando rebrotes de violencia, el último en Kumanovo, la tercera ciudad del país, en mayo de 2015.