El lugar más místico del mundo

Se llama Borobudur, está en la isla de Java y es el mayor monumento budista de todos los tiempos. Visitarlo es hacer un viaje cargado de espiritualidad

Noelia Ferreiro
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Foto: Ekix / ISTOCK

Dicen que recorrer este gigante de piedra es emprender un paseo por enseñanzas místicas que marcan el camino a la iluminación. También que su visita, indefectiblemente, despierta la emoción, paraliza los sentidos, evidencia la pequeñez del ser humano. Porque nadie que lo descubre puede permanecer ajeno a su grandiosidad. Ni tampoco escapar a su misterio.

Borobudur es, más que la gran joya de la isla de Java, la atracción más visitada de toda Indonesia. Nada extraño puesto que se trata del mayor y más impresionante monumento budista de todos los tiempos. Un tesoro casi desconocido que, sin embargo, compite con Angkor y Bagan por erigirse en el rincón más majestuoso del sudeste asiático.

Templo de Borobudur. | rmnunes / ISTOCK

Emplazado a cuarenta kilómetros de Yogyakarta, en la confluencia de dos ríos y al abrigo de un cuenco de montañas, todo en este templo, declarado Patrimonio de la Humanidad, goza de espiritualidad. Incluido su origen incierto. Porque aunque se sabe que fue construido sobre el año 750 de nuestra era, probablemente durante la dinastía Sailendra, no existe constancia alguna de quien pudo hacerlo, ni por qué, ni para qué fin. Como tampoco se conocen las razones por las que fue abandonado allá por el siglo XV, cuando el volcán Merapi lo sepultó bajo toneladas de ceniza para condenarlo al olvido.

Así, esta maravilla universal permaneció durante siglos en la sombra, alejada del mundo, devorada por la selva. Su redescubrimiento, en 1814, a cargo de Sir Thomas Stamford Raffles, gobernador británico de Java y fundador de Singapur, fue todo un triunfo para la humanidad. Hubo que limpiar la vegetación para dar con esta joya escondida que no sólo había sobrevivido a las erupciones sino que lograría hacerlo también a varios atentados y a un potente terremoto. A los ataques del hombre y de la naturaleza.

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Hoy, decenas de miles de personas lo visitan cada temporada, dispuestas a conocer, más que una bella construcción arquitectónica, todo un símbolo de las enseñanzas budistas. Debido a ello, Borobudur no podía dejar de ser un famoso lugar de peregrinaje. Desentrañar sus misterios pasa por concebirlo como un instrumento en sí mismo para la transformación espiritual: el viaje por sus distintas plataformas invita a llegar al último estado de la perfección para alcanzar el Nirvana. De ahí que su forma sea la de un mandala, es decir, un círculo dentro de un cuadrado. Éste es el diagrama que representa el universo.

La visita al templo consiste en ir superando las distintas plataformas hasta llegar a la cima. Un recorrido de aproximadamente cinco kilómetros en el sentido de las agujas del reloj y a través de escaleras de piedra. En cada uno de los pisos habrá que ir leyendo las esculturas en relieve que, con un sentido narrativo, recorren la vida de Buda, sus distintas encarnaciones, la misión que tienen encomendadas las almas para deshacerse de las necesidades materiales.

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Así, mientras se asciende, y como si se tratara de las páginas de un libro, unos 2.600 paneles en cada planta van descifrando el mundo de los deseos, las leyes del karma, el largo y agotador camino hacia la iluminación. Y cuando se llega al último extremo de la estupa principal, después de contemplar 500 estatuas de Buda resguardadas en nichos, se habrá logrado alcanzar (simbólicamente, claro) el culmen de la correcta vida, la perfección absoluta según los parámetros místicos que sugiere esta religión.

Más allá de su espiritualidad, Borobudur es un lugar de apabullante belleza. Nada es comparable a su división desde lo lejos, según aparece en la distancia envuelto por la selva y la bruma. Una mole imponente que se va desvelando poco a poco hasta mostrarse en todo su esplendor.