Luang Prabang, un diamante en bruto en el sudeste asiático

Apacible y cautivadora, la ciudad que constituye el corazón histórico de Laos es un reducto de autenticidad protegido por la Unesco

Noelia Ferreiro
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Como las propias aguas del Mekong, Luang Prabang discurre a un ritmo melancólico. Ajeno a los dictados de la prisa, silencioso y discreto, como sin molestar. Así es esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad y considerada el corazón histórico de Laos. Un destino adormilado, casi puede decirse que atemporal. Un oasis de serenidad dentro del trasiego sobresaturado del sudeste asiático. 

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Emplazada en el centro del norte del país, Luang Prabang es una joya única donde no hay cabida para el turismo masivo, ni la vida nocturna estridente, ni la circulación desmedida. Custodiada por montañas salvajes y acomodada en el recodo que dibuja la confluencia del Mekong con su afluente, el Nam Khan, aquí todo es sencillo y reconfortante como el aroma a croissant horneado que desprenden sus panaderías a primera hora de la mañana.

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Influencia francesa

Destruida y reconstruida a lo largo de los siglos, esta ciudad de marcado sabor colonial conserva el bello entramado urbano de aquellos tiempos de dominación francesa en que el país formaba parte de Indochina. Las calles en cuadrícula, las fachadas adornadas con flores, las mansiones antes ruinosas que hoy son restaurantes con encanto y atractivos hoteles boutique. Todo, en un conjunto armonioso e impecable dirigido a un viajero exigente con el arte de la buena vida: deliciosa cocina occidental, vinos selectos, galerías de arte, tiendas sofisticadas…

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Pese a este perfil internacional, pese a esta vena un tanto sibarita, Luang Prabang mantiene intacta su esencia, una contagiosa espiritualidad que comienza con el ritual milenario que acontece con las primeras luces del alba. Todavía hoy, cuando el mundo se mueve a un ritmo trepidante, la ciudad asiste cada madrugada al tak bat o ceremonia de las almas: apenas despunta el sol, cientos de monjes de cabeza rapada y túnicas color azafrán salen a recorrer las calles en ordenada procesión para recibir de los fieles sus ofrendas de arroz glutinoso. 

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Merece la pena asistir a esta ceremonia, que es una de las tradiciones budistas más sagradas. Como también merece la pena explorar los 33 templos desperdigados por el casco viejo. Son templos al más puro estilo laosiano, con tejados curvos, fachadas doradas, paneles de teca y columnas bermellón. 

Templos por aquí y por allá

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Cuentan que la ciudad llegó a acoger hasta un millar, aunque hoy son muchos menos los que dan cobijo a los casi 3.000 monjes que forman parte del paisaje humano como presencias llamativas y silentes. Algunos, como Wat Xieng Thong, figuran entre los más hermosos de Asia: un conjunto de capillas, stupas y viviendas monacales, con tejados que descienden hasta el suelo e impactantes interiores. 

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A pie o en bicicleta, se puede emprender una apacible ruta entre estas bellas joyas históricas. Descubrir, por ejemplo, el Wat Wisunarat, con su colección de Budas dorados que extienden los brazos para llamar a la lluvia. También el Wat Aham, pequeño y colorido. O el Wat Mai, profusamente decorado. O el Wat Choumkhong con su bello jardín de poinsetias o flores de pascua. 

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Pero sobre todo, ha de visitarse el Palacio Real, el mayor hito arquitectónico. Un complejo de estilo laosiano-francés, que incluye el Museo Nacional, el Teatro Real y el magnífico Wat Ho Pha Bang, un templo aupado sobre una escalinata y diseñado para albergar una de las imágenes de Buda más reverenciadas del mundo.

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Compras a la luz de la luna

Más allá de la carga espiritual, en Luang Prabang se pueden practicar otros muchos placeres mundanos. Como asistir a un atardecer de postal desde las achocolatadas aguas Mekong, a bordo de un barco de madera, o desde el monte Phu Si, a cien metros de altura, dominando la inmensidad del valle. 

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O como entregarse a las compras en el Night Market o mercado nocturno de artesanía. Emplazado en la calle principal, a los pies del Palacio Real, se trata de un paraíso para para probar la comida callejera y adquirir bonitos recuerdos como pañuelos de seda, lámparas de bambú o mantas del pueblo hmong.

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