Lozoya: morada de monjes, nutrias y neandertales

Hace 200.000 años las aguas del Lozoya ayudaban a los neandertales a tragar la carne de uro y de rinoceronte. Viajamos a Peñalara, donde nace; al monasterio de El Paular, donde recibe su bautismo, y a pinilla del valle, donde el río calmó la sed de los primeros humanos.

Andrés Campos
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Foto: Andrés Campos

Lo suyo es empezar nuestro viaje donde lo hace el río Lozoya: en las lagunas glaciares de Peñalara, la cumbre más alta de Madrid (2.428 metros). En el centro de visitantes del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama (parquenacionalsierraguadarrama.es), en el puerto de Cotos, informan de la sencilla senda que conduce a la laguna Grande (dos hora y media, incluida la vuelta). Cuentan que Ortega y Gasset la contemplaba extasiado cuando una chica se le acercó y, con un mohín de decepción, le preguntó: “¿Y esta es la laguna Grande?”. A lo que Ortega, abarcando la sierra entera con un gesto circular, muy filosófico y torero, le contestó: “Señorita, aquí todo es grande”. Más lejana (cinco horas de camino), alta y bella es la laguna de los Pájaros, cuya orilla nororiental se funde visualmente con el cielo, como si fuera una piscina infinita.

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El Lozoya, que aún no se llama Lozoya, sino arroyo de la laguna Grande de Peñalara, se junta enseguida con el de la Angostura y atraviesa eso mismo, una angostura, una estrechura en la que se suceden los rápidos, las cascadas y las pozas profundas, más que muchas piscinas, a la sombra de los pinos silvestres, los robles y los abedules. Bañistas habituales son los martines pescadores y las nutrias, indicadores de la pureza casi química de estas aguas. El acceso más rápido es caminando por la pista forestal cerrada al tráfico que nace en el kilómetro 32,4 de la carretera M-604, entre el puerto de Cotos y El Paular, la cual lleva en media hora de paseo hasta el viejo puente de piedra de la Angostura y las grandes pozas que hay poco más arriba. Quien no quiera andar ni eso para bañarse, puede ir en coche a las piscinas naturales de Las Presillas, en El Paular. Allí el baño también es gratuito, pero el aparcamiento es de pago. Y tan naturales como las pozas no son.

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En El Paular, el Lozoya, que ya se llama Lozoya, atraviesa el puente del Perdón, que se llama como se llama porque un tribunal de última instancia se reunía aquí en la Edad Media para revisar los casos de los reos que iban a ser ajusticiados a la cercana Casa de la Horca y los perdonaba. O no. Junto al puente hay otro centro de visitantes del parque nacional y arranca la senda que lleva a las cascadas del Purgatorio, donde el arroyo del Aguilón, caudaloso afluente del Lozoya, interpreta, en versión acuática, las angustias de las almas atascadas entre el infierno y el cielo, con mucho salto (el mayor, de 15 metros), espumarajo, remolino y escandalera.

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A tiro de piedra del puente del Perdón, al otro lado de la carretera, se levanta el monasterio de Santa María de El Paular (monasteriodeelpaular.com), que fue fundado por cartujos en 1390, desamortizado en el siglo XIX y repoblado por benedictinos en 1954, y que siempre, incluso cuando estuvo desierto, fue un potente imán de turistas, pero más desde que en 2011 recuperó los 52 grandes lienzos de Vicente Carducho que decoran el claustro gótico. Las celdas, cuando estaban vacías, se las alquilaba en verano la Justa a los poetas Enrique de Mesa y Enrique de la Vega, Ramón Menéndez Pidal, los hermanos Baroja, los Troyano-De los Ríos y otras familias próximas a la Institución Libre de Enseñanza, que convirtieron El Paular, sin proponérselo, en un foco de cultura estival equiparable a la Magdalena o a El Escorial.

Dos kilómetros después de pasar por El Paular, el río atraviesa Rascafría (rascafria.org), la capital del valle del Lozoya, donde al viajero se le hace la boca agua con el olorcillo que emana de sus restaurantes: a judiones, a carne de la sierra de Guadarrama y, en otoño, a Boletus edulis. Comamos lo que comamos en Rascafría, de postre tomaremos los chocolates de San Lázaro (chocolatenatural.com), un obrador familiar donde hacen productos de primera calidad con pasta y manteca de cacao, sin colorantes ni conservantes, a la vista del público, detrás de una cristalera. En la plaza de España de Rascafría había un árbol viejísimo, un olmo de tres siglos, en cuyo tronco hueco se escondía el último bandolero de la sierra de Guadarrama, el Tuerto Pirón, y que el peso de la nieve tronchó en enero de 2000. “Mientras existan tocones,/le van a coger al Tuerto.../¡Por los cojones!”. Eso decían. Ahora hay un tilo de poco más de 20 años. Un tilín, vaya.

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Nuestro viaje continúa valle abajo, atravesando los prados y fresnedas de Oteruelo, Alameda y Pinilla: un paisaje de un verdor tan intenso, que parece trucado con Photoshop. En Pinilla del Valle, el Lozoya se remansa en un hermoso embalse, uno de los cinco que garantizan el suministro con las aguas dulcísimas de este río a los madrileños. Antes de 1858, cuando llegaron por primera vez a la capital, “Madrid no tenía de metrópoli”, según Galdós, “más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con casaca de gentilhombre y camisa desgarrada y sucia”. En ese Madrid de Fortunata y Jacinta, los 930 aguadores que había (la mayoría, procedentes de Asturias) eran parco remedio contra la mugre de “aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada de los pozos...; aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse”.

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Visitas con guía

Hasta hace poco, la orilla meridional del embalse de Pinilla era una perfecta desconocida para los madrileños, casi como la cara oculta de la Luna. Solo los pescadores se aventuraban por ella, más algún paleontólogo interesado en revisar el yacimiento de la Cueva del Camino, descubierta en 1979 al abrir un camino de servicio del Canal de Isabel II.

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Esto cambió a partir de 2002, cuando un equipo codirigido por Juan Luis Arsuaga, el sabio de Atapuerca, sacó a la luz otros cuatro yacimientos, uno de los cuales, el del Abrigo de Navalmaíllo, se ha revelado como uno de los campamentos de neandertales de mayor entidad de la península ibérica, testimonio de un amplio periodo del Pleistoceno Superior (entre 200.000 y 40.000 años antes de la actualidad), cuando a finales de verano subían manadas de uros, bisontes, équidos, cérvidos, cápridos y rinocerontes buscando los frescos pastos del valle del Lozoya y, tras ellos, los grandes depredadores: leones, leopardos, cuones o perros rojos, lobos, osos, hienas… Y, por supuesto, los mayores depredadores de todos, los neandertales, los primos madrileños de Miguelón. Los yacimientos del Valle de los Neandertales se visitan con guía, dando un buen paseo (dos horas y media, en total) por esta apartada orilla.

En la orilla contraria del embalse, la norte, está el pueblo de Lozoya. Y en Lozoya, el Horno (hornolozoya.es) donde Amador hace pan con masa madre, harina de cereales ecológicos y el calor de la leña de encina. También enseña a hacerlo en cursos de un día. A los senderistas, Amador les recomienda su pastel de montaña de chocolate y naranja, que es a las barritas energéticas lo que una pila de Duracell a una de bazar chino. Nosotros, que no vamos a andar hoy más por el monte, preferimos llenar el maletero de hogazas perfectas, como panes de catecismo, y comer con ellas en la orilla del río. Pan y agua de Lozoya. Qué poco cuesta aquí ser feliz.

El futuro museo de los neandertales

Las actuaciones en el Valle Alto del río Lozoya muestran cómo la naturaleza, la historia, la ciencia y el turismo, combinados de manera innovadora, propician excelentes oportunidades para el desarrollo sostenible. A la inicial declaración del Parque Natural de la Cumbre, Circo y Lagunas de Peñalara, hoy día incluido en el Parque Nacional Sierra de Guadarrama y origen glaciar del río Lozoya, se le ha unido recientemente la del Parque Arqueológico del Valle de los Neandertales cercano al embalse de Pinilla. Estos dos parques, junto al Monasterio de El Paular y la serie de bosques históricos que se asientan en el entorno, han generado un conjunto homogéneo e interesante para el turismo de cuya buena planificación se benefician localidades de la sierra como Rascafría o Lozoya. El proyecto El Valle de los Neandertales está impulsado por el Museo Arqueológico Regional y tiene como objetivo estudiar los yacimientos arqueopaleontológicos descubiertos en la localidad de Pinilla del Valle y divulgar sus resultados mediante las visitas turísticas pedagógicas. Debido al éxito de estas visitas se ha aprobado recientemente la construcción del Museo de los Neandertales, primer establecimiento del Centro de Difusión, Estudio e Interpretación del Parque Arqueológico del Valle de los Neandertales, que a buen seguro dinamizará aún mas el valle. El museo contendrá una exposición de piezas originales y réplicas representativas de los fósiles rescatados tanto de fauna como de los propios neandertales con un enfoque participativo, con herramientas divulgativas y elementos interactivos, para mostrar este lugar en el que se concentraron grupos de neandertales durante más de 200.000 años.