#yoviajoconVIAJAR: el Louvre, de misterio en misterio

De no haber sido por una batalla, no existiría el Louvre.

Mariano López
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Foto: orpheus26 / ISTOCK

El museo acababa prácticamente de abrir sus puertas al pueblo cuando Napoleón dispuso sus cañones frente a un ejército de 40.000 mamelucos a las afueras de El Cairo. Las tropas francesas eran menores en número pero, al parecer, se inflamaron de valor y de fuerza cuando Napoleón pronunció su famosa frase: “Soldados, desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos de historia os contemplan”. Los cañones hicieron el resto.

Pirámide del Museo del Louvre, París | AndreyKrav / ISTOCK

Los franceses solo tuvieron 40 bajas y los mamelucos, más de 5.000. Napoleón llegó hasta la base misma de las pirámides y quizá fue allí donde decidió que había que llevar los 40 siglos de historia de regreso a París. Durante dos años, un grupo de arqueológos, geógrafos e historiadores reclutados por el propio Napoleón, recorrieron Giza y el Valle de los Reyes bajo la dirección del barón Vivant Denon, quien sería el primer director del museo del Louvre. Cuando terminaron su trabajo, lamentaron no haber podido llevarse las pirámides, los colosos y la esfinge. El resto, todo lo que entraba en sus maletas, partió para París.

Museo del Louvre, París | Daniel Gregoire

La primera vez que visité el Louvre, hace más de 40 años, las salas de arte egipcio eran un laberinto de momias, estatuas, adornos y filigranas dispuestas sin ningún criterio aparente, sin más orden que el necesario para habilitar un par de pasillos. Era un almacén. Recuerdo que recorrí parte de sus abigarrados y oscuros rincones con más miedo que interés en la historia del Alto y el Bajo Egipto. Todavía sacudían mi memoria las imágenes de una famosa serie de terror que se emitió durante años en televisión: Belphegor, el fantasma del Louvre. Juliette Greco era la protagonista. Luego, años después, la historia se convirtió en película, con una chica Bond, Sophie Marceau, en el papel de la joven que se enfrenta a la momia asesina.

Pirámide del Museo del Louvre, París | Mark

Con los años, el Louvre ha ido ganando en orden y en explicaciones. A cada poco hay estanterías que guardan textos en varios idiomas, plastificados, en los que se informa sobre los tesoros de cada sala. Con todo, el Louvre sigue estando abierto a los misterios. Dan Brown situó no menos de diez claves de su célebre Código Da Vinci en el museo. Entre ellas, el medallón de Arago, el único monumento de París tan cierto como invisible, o el cuadro de La Virgen de las Rocas, de Leonardo, que ya solo llama la atención por la extraña posición de una de las manos de la Virgen.

Cuadro 'La Virgen de las Rocas', de Leonardo da Vinci. | D.R.

Claro que, para algunos, el principal misterio se encuentra en la sala que acoge La Gioconda. El cuadro más famoso del mundo, una de las obras más excelsas de la historia de la Humanidad, se expone detrás de un cristal acorazado por temor a la sinrazón de algunos elementos de esa misma Humanidad. El miedo a un posible atentado, como el que hirió La Piedad, esconde la sonrisa de la Gioconda detrás de un cristal blindado. Hasta hace poco, así era como la contemplaban, a diario, miles de personas que elevaban los móviles sobre sus cabezas para tener un recuerdo digital de la sala, el cristal y la Mona Lisa.

Cuadro 'La muerte de la virgen', de Caravaggio. | D.R.

En 2019, el Louvre vivía, como nosotros, ajeno a los contagios. Recibió diez millones y medio de visitantes, la mitad de ellos jóvenes con menos de 30 años. Ninguno podía saber quién fue la momia viviente, residente en el museo, pero seguro que sentían cerca otros misterios: por ejemplo, los que explican que ya esté echando de menos volver a París para pasar, al menos una mañana, bajo la pirámide, siguiendo la línea que nace de la tercera sala a la derecha del pasillo donde se encuentra la Victoria Alada, descubriendo más y más personajes en Las bodas de Caná, de Veronese, mirando, de reojo, a todos los que pasan más de cinco minutos en el Salón Cuadrado, el escenario que ha inspirado, según se cuenta, los peores crímenes. Amo este museo, que expone solo una pequeña parte de lo que llegó con Napoleón. Algún día volveremos a recorrer sus salas y quizás a visitar sus almacenes, donde, estoy seguro, aún sonríe Belphegor.

Cuadro 'Las bodas de Caná', de Veronese. | D.R.