Los viajes por el mundo de Miguel de Cervantes

Todos conocen las andanzas de "Don Quijote de La Mancha" y de su fiel "Sancho Panza" por tierras de España, pero pocos saben del bagaje viajero del autor de esta obra universal que celebra este año el IV centenario de la publicación en Madrid de su segunda parte. Luis García Jambrina, autor de "La sombra de otro" (Ediciones B, 2014), que narra parte de la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, cuenta en estas páginas la faceta viajera y los destinos que marcaron la vida y la obra del "manco de Lepanto".

Luis García Jambrina

Miguel de Cervantes fue un viajero impenitente. Se pasó la vida de un lado para otro, por muy diferentes motivos, razones o sinrazones. La cosa le venía un poco de familia, pues su padre no hacía más que cambiar de ciudad, huyendo de las deudas que lo asediaban o buscando algún empleo con el que alimentar a los suyos, hasta que por fin los Cervantes acabaron instalándose en Madrid. Pero lo bueno comenzó cuando el joven Miguel tuvo que abandonar la Península y poner tierra y mar de por medio para no ser detenido por la Justicia, ya que en la Villa y Corte había dejado gravemente herido a un tal Antonio de Sigura como resultado de un duelo o pelea por una cuestión en la que se mezclaban la envida, la rivalidad y los celos. Meses después, Cervantes fue a parar a Roma y allí descubrió con arrobo la gran urbe por excelencia de la Cristiandad. Durante un tiempo trabajó como ayuda de cámara de Julio Acquaviva. El resto de su estancia lo dedicó a vagar por sus calles y las de otras ciudades cercanas, empapándose de su vida y de su arte. Allí tuvo la oportunidad de entrar en contacto con la cuna de la Rinascitá y beber directamente de las fuentes italianas, que tanta huella dejaron en él, junto a los grandes maestros de la Antigüedad grecolatina. Como un turista avant la lettre, aprendió con interés la lengua toscana, devoró con placer los libros que allí se publicaban, visitó con arrobo sus edificios y templos y, desde luego, admiró la grandeza de las ruinas que había dejado el Imperio Romano.

A continuación pasó al Reino de Nápoles, que por entonces pertenecía a la Corona española y cuyo territorio abarcaba toda la mitad sur de la Península Itálica, hasta que un día se alistó como soldado en la compañía de Diego de Urbina, en la que también estaba su hermano Rodrigo. Lo más seguro es que, en su repentina decisión, pesara mucho su anhelo de aventuras y de emular a su admirado Garcilaso de la Vega, que, amén de gran poeta, había sido un valeroso soldado. En aquel tiempo, además, la milicia era una forma de conocer mundo. Su alistamiento coincidió con la constitución de la llamada Liga Santa y Perpetua contra el Turco y sus reinos tributarios Argel, Túnez y Trípoli, que fue fruto de un acuerdo del Rey de España con la Santa Sede y Venecia, para, bajo el mando de don Juan de Austria, hacer frente de una vez por todas al enorme poder del Imperio turco. Cuando llegó el momento de entrar en liza, nuestro hombre partió del puerto de Mesina en la galera La Marquesa, y, tras hacer escala en Corfú, conocida como "la isla inexpugnable", se dirigió al Golfo de Lepanto, frente a la ciudad del mismo nombre (llamada originalmente Naupacto), en el Peloponeso, para combatir contra la Armada turca. La batalla naval tuvo lugar el 7 de octubre de 1571, y en ella ("la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros") Miguel deCervantes recibió tres arcabuzazos, dos de ellos en el pecho -uno, además, cerca del corazón- y el otro en la mano izquierda, que le quedó inservible y sin movimiento. Tras su convalecencia en Mesina, se reincorporó al servicio enCalabria. Para entonces, la Liga Santa ya había desaparecido. Aun así, llegó a participar en varias campañas, entre ellas la defensa de Túnez y del presidio o fuerte de La Goleta, en 1574, que acabó mal. Después de pasar un breve tiempo en Palermo para recuperar el ánimo perdido, nuestro hombre volvió a su amada Nápoles, donde permaneció cerca de un año, un tiempo que luego añoraría y con el que soñaría el resto de su existencia, de lo que cabe deducir que fue la época más dichosa de su vida, tan rica, como es sabido, en tribulaciones y adversidades. Seducido por el gran esplendor de la Corte napolitana del momento, frecuentó los círculos de humanistas y gentes de letras y cultivó la amistad de algunos gentilhombres que por ella pululaban. Por supuesto, también disfrutó de los placeres de la dolce vita italiana e, incluso,tuvo amores con una bella donna napolitana llamada Silena, a la que, al parecer, dejó embarazada y con la que acabaría rompiendo por sentirse traicionado.

Así las cosas, Cervantes decidió regresar a España. Por entonces, la República de Venecia había firmado, por su cuenta y por razones estrictamente comerciales, un tratado de paz con el Imperio otomano. Esto había permitido que los turcos pudieran fortalecerse de nuevo y que los reinos berberiscos tutelados por ellos, como el de Argel o el de Túnez, volvieran a controlar el Mediterráneo y los corsarios reemprendieran sus correrías a lo largo de las costas bañadas por este, saqueando territorios, abordando barcos y apoderándose de toda clase de bienes y personas, que enseguida trasladaban a sus correspondientes guaridas africanas. Con este fin, sus embarcaciones solían ser pequeñas y ligeras, aunque con poderosas velas, lo que les permitía moverse con gran celeridad, sembrando el terror en aquellas naves que tenían la desgracia de cruzarse con ellos. Si era de noche, navegaban a oscuras y en silencio, con el fin de sorprender a sus víctimas en pleno sueño y echarse sobre ellas como un ave de rapiña; y, si el viento no soplaba, obligaban entonces a sus galeotes a remar con tanta fuerza que muchos morían de agotamiento y, luego, eran arrojados al agua sin ningún tipo de ceremonia.

El caso es que en septiembre de 1575, pocos días antes de que Cervantes cumpliera veintiocho años,la galera en la que Cervantes viajaba junto a su hermano, llamada Sol, fue capturada frente a las costas de Cataluña por una partida de piratas berberiscos, al mando de un renegado llamado Arnaut Mamí, que los condujo de inmediato a Argel. Según la Topografía e historia general de Argel, escrita por el erudito Antonio de Sosa durante su cautiverio y publicada luego bajo el nombre de fray Diego de Haedo, esta ciudad era entonces un conjunto abigarrado de casas blancas escalonadas sobre el mar. Sus calles eran estrechas y empinadas y formaban una especie de triángulo, bañado por un cielo siempre resplandeciente, en el que se veían numerosas mezquitas, edificios civiles y un animado zoco cerca del puerto. Naturalmente, estaba rodeada por una sólida muralla con muchos torreones. Y, sin duda, lo que más destacaba era la Casba o ciudadela y el palacio de Djenina, con su fanal de oro sobre el tejado, que, además de residencia del rey -allí llamado aga, bey o bahá-, era la sede del gobierno y el lugar en el que se impartía justicia.

En su conjunto, Argel estaba poblada por unos sesenta mil habitantes, a los que había que añadir más de veinticinco mil cautivos, algunos de ellos prisioneros de guerra, pero en su mayoría procedentes de los asaltos de los piratas berberiscos a las naves y costas cristianas. La mayoría eran comprados para negociar luego un buen rescate, según fuera la calidad de la persona y las posibilidades de la familia. Y es que, en ese tiempo, en Argel se comerciaba y traficaba con toda clase de vidas y bienes robados. Se trataba de un mercado floreciente; de ahí la multitud de barcos que entraban y salían del puerto a diario, salvo en los meses de invierno, y muchos de ellos partían con regularidad hacia el Bósforo, cargados con sacos y cofres llenos de oro para el sultán. Tras cuatro intentos de fuga y cinco años de cautiverio, Cervantes fue al fin liberado por los frailes trinitarios en el mes de septiembre de 1580.

Una vez en España, trató de conseguir algún empleo público, alegando para ello sus méritos como soldado y su condición de ex cautivo. Pero, al ver que sus ruegos no eran atendidos, decidió ir al encuentro de Felipe II, que en ese tiempo se había instalado en la ciudad lusa de Tomar con motivo de la reciente anexión del reino portugués a la Corona española. Al final, tanto porfió y removió que en mayo de 1581 le encomendaron por orden del rey una oscura misión en Orán. Desde hacía varias décadas, el presidio o plaza fuerte de Orán formaba parte de la Corona española. Allí estaba la frontera terrestre entre la Cristiandad y el Islam, el único baluarte defensivo que impedía los progresos del Imperio otomano hacia tierras de Marruecos. Hacía unos diez años el corsario Barbarroja había intentado por todos los medios expulsar a los españoles de allí, pero no lo había conseguido, por lo que Orán adquirió fama de territorio inexpugnable, si bien la realidad era muy distinta; de hecho, la supuesta plaza fuerte se había convertido en una especie de islote olvidado y en ruinas en medio de los territorios enemigos del norte de África.

En principio, Cervantes iba como mero correo de avisos, para llevar cartas secretas al gobernador de esa ciudad, don Martín de Córdoba y Velasco, marqués de Cortes, en las que, entre otras cosas, se le comunicaba que acababa de ser nombrado caballero de la Orden de Santiago. Sin embargo, todo parece indicar que su misión era ejercer como espía al servicio de Su Majestad, tal y como ya había hecho por su cuenta y riesgo durante su estancia en Argel. Por lo visto, la idea era aprovechar las buenas relaciones de Cervantes con algunos ciudadanos argelinos y su buen conocimiento de la región para intentar recabar información sobre la posible llegada de galeras o movimientos de tropas en la zona, lo que iba en contra de la tregua de tres años firmada por el Turco y la Corona española.

Después de cumplir su misión, Cervantes se embarcó rumbo a Cartagena, para luego trasladarse a Lisboa, donde había establecido su corte Felipe II. Allí permaneció un tiempo en espera de un empleo o una nueva misión, hasta que, frustrado y desencantado, decidió regresar a Madrid a comienzos de 1582. A partir de ahí todos sus viajes, que fueron muchos, tuvieron lugar por el interior de la Península, que conocía bastante bien, como se puede comprobar leyendo el Quijote, que no en vano está protagonizada por un caballero andante e itinerante. Intentó por dos veces, eso sí, viajar a las Indias en busca de fortuna. La primera, tras regresar de Orán, cuando tuvo a bien solicitar al secretario del Consejo de Indias en Lisboa un puesto de los que hubieran quedado vacantes en los reinos de ultramar, pero este no se le concedió. La segunda se produjo diez años después; en esta ocasión, la petición fue rechazada con esta lacónica y disuasoria respuesta:"Busque por acá en qué se le haga merced". Esto hizo que no pudiera conocer el Nuevo Mundo; si lo hubiera logrado, lo más probable es que no hubiera escrito su gran obra, pero quién sabe qué otras hazañas habría llevado a cabo.

Por último, también intentó volver a Nápoles cuando contaba ya 63 años de edad. Al parecer, le había afectado mucho el hecho de no haber sido incluido en la legación de poetas y escritores propuesta por Lupercio Leonardo de Argensola para acompañar al conde de Lemos a la ciudad de Nápoles, adonde este último iba destinado como nuevo virrey; se trataba con ello de impulsar y sostener las academias literarias y las representaciones poéticas que el virrey tenía pensado establecer en aquella Corte. Enterado del rechazo, Cervantes se dirigió a toda prisa a Barcelona, donde la escuadra en la que viajaba el conde de Lemos con su nutrido séquito iba a hacer escala durante varios días, antes de poner rumbo a Nápoles. Su intención no era otra que volver a aquella ciudad en la que tan feliz había sido de joven, con el fin de reencontrarse con su amada Silena, que podría haber muerto ya o que, en el mejor de los casos, se habría convertido en una matrona venerable, y buscar las huellas de su hijo Promontorio, que, a esas alturas, rondaría la cuarentena. Pero eso poco importaba; al fin y al cabo, se trataba de una quimera. Y, además, Cervantes llegó tarde. Para entonces, el barco ya había zarpado, nunca mejor dicho.

A pesar de ello, Cervantes no renunció a su espíritu viajero, como puede verse con claridad en la que él consideraba su mejor obra y, de alguna forma, su testamento literario, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada póstumamente en 1617. Se trata de una novela de aventuras en la que los protagonistas viajan por medio mundo, desde el lejano norte de Europa hasta llegar a la Ciudad Eterna, donde contraen matrimonio y se cierra el ciclo de su largo y agitado peregrinaje, que, sin duda, simboliza la vida del propio autor.

// Outbrain