Los escenarios de "Obaba" en el Valle del Roncal

Los siete municipios del valle navarro del Roncal tienen en sus nobles casonas de piedra oscura, con su puerta de arco de herradura, sus señas de identidad. En ese escenario muelle, vallado por una naturaleza deslumbrante y dura, está la mítica "Obaba", un lugar de la memoria que se abre y cambia de acentos, de rostros y de historias.

Carlos Pascual

Todavía se habla en aquellas montañas el roncalés, el dialecto más antiguo del euskera. Dicen que el euskera nació en las cumbres navarras. Allí, los roncaleses te cuentan la película al revés de como la cuentan los vascos. Esa dialéctica de los orígenes es la que refleja de manera un tanto vaga y poética la película Obaba, de Montxo Armendáriz, sobre relatos de Bernardo Atxaga.

La obsesión por el origen y la definición colectiva conlleva algunos beneficios, como la recuperación de los posos de la memoria. En los últimos tiempos se han rescatado pozos de nieve, hornos de cal, carboneras y casas que no aguantaban más la humedad. Las casas del valle del Roncal son una de sus señas de identidad. Casas de piedra oscura, nobles, con su puerta de arco de herradura y un ramo bendito para ahuyentar a brujas y temporales, con un jardín que es un huerto, o viceversa, efímero en todo caso; porque sólo hay flores o berzas en verano y aledaños. Aquí hace frío, y también las chimeneas cilíndricas, con sus espantabrujas, son otra seña de identidad -aunque, seamos francos, al caer la tarde ya no huele a leña sino a gasóleo-. Todo cambia deprisa. Los siete municipios que integran el valle (con voz propia desde 1846: cada municipio, un voto en la Junta General) se han sustentado siempre sobre dos patas, la ganadería y la madera. Ahora es tan importante o más el turismo. Motoristas y ciclistas de Francia invaden calzadas y casas rurales de presunto encanto. En invierno, los esquiadores suben a las pistas de Belagua, y los escaladores, a la meseta cárstica de Larra.

Mestizaje y globalización
Isaba y su vecina Uztárroz, en la cabecera del valle, fueron los escenarios elegidos para rodar Obaba. Lo más aislado y auténtico. Así lo certifica el Museo Etnográfico de Isaba (de momento, en obras). Pero las cosas ya no son como en los museos o las películas. El escenario sigue ahí, con sus casas coquetas de piedra, sus geranios en cascada y su aire de distinción alpina, pero, de pronto, en la calle desierta escuchas salsa caribeña a toda pastilla, que sale de unas obras; entras en un bar o casa de comidas y la mitad de los parroquianos son de países o regiones lejanas, con acentos exóticos. El mestizaje y la globalización ya no son una cuestión de teorías tribales, son lo que hay.

No estará mal ojear la quesería de Uztárroz, que es a la vez un pequeño museo sobre los pastores roncaleses y sus costumbres. El queso de Roncal es otra de sus señas de identidad. El erronkari (roncal), el larra y el onki son de oveja; el urki mezcla la leche de oveja y vaca. ¿Caros? Cada pequeña pieza se lleva seis o siete litros de leche de oveja y una espera mínima de maduración de tres meses. Hay una quesería industrial en Roncal, y fábricas familiares en Burgui, Vindángoz y ésta de Uztárroz.

Entre Isaba y Roncal el valle se estrangula en una sinuosa garganta, guardada por el pueblo de Urzainqui -para el forastero, estos pueblos se distinguen sobre todo por su nombre: son casi clónicos-. El pueblo de Roncal sigue siendo el centro físico del valle, su referencia obligada. El Centro de Interpretación le pone al corriente de todo, en veinte minutos, con un magnífico audiovisual. Tal vez sean aquí las casas un poco más señoriales, algunas abiertamente palaciegas. Visita obligada es la Casa de Gayarre, y su mausoleo romántico, obra de Mariano Benlliure, que la reina María Cristina quería plantar frente al Teatro Real de Madrid, pero la familia del tenor se negó y, tras años de tira y afloja, vino a parar a la ladera del cementerio.

Garde y Vindángoz se parecen a sus hermanos; este último pueblo con una iglesia especialmente pomposa, lo mismo que el frontón. En los montes crece salvaje el boj, cuya madera sirvió a Cela para confeccionar su última novela y a los pastores locales para tallar cucharas que primero sirvieron para comer y después, de souvenir; ya apenas se encuentran. Burgui, con su puente de origen romano sobre el Esca, es una de las más bellas estampas roncalesas. De aquí partían las almadías, balsas de troncos atados con ramas frescas de avellano que los madereros sacaban por el río hasta el Canal de Aragón, que Pignatelli había construido en el siglo XVIII.

La memoria de los balseros se guarda en un pequeño museo creado por una asociación de almadieros, compuesta más por descendientes que por supervivientes, aunque todavía se puede pegar hebra con algún abuelo que hizo la almadía. Su visión es diferente a la de sus nietos y jóvenes entusiastas que en agosto reviven como fiesta lo que era una agonía (en sentido unamuniano y griego: lucha). Cuando en los años 50 se hizo el pantano de Yesa, aquello "fue mucho bueno", según estos viejos luchadores: antes se tardaba cuatro días en llegar a Zaragoza; con el pantano y los camiones, el tiempo se redujo a cuatro horas. Era un oficio duro. Sólo pueden añorar aquellos tiempos los novelistas y los cineastas.