Los carnavales del Rey Momo

Una fiesta incontenible a ritmo de samba. Según el Libro Guinness de los Récords el Carnaval de Salvador de Bahía es la mayor fiesta callejera del planeta. Dura seis días y en él participan más de dos millones de personas.

El rey Momo se ríe a carcajadas cuando decreta el estado de euforia general y recorre Salvador otorgando licencias para que cada cual haga lo que le venga en gana. Momo, el monarca irreverente expulsado del Olimpo, se reencarna cada año, desde 1961, en un gordo bahiano de más de 100 kilos para adueñarse de las llaves de la ciudad durante los seis días del carnaval (este año se celebra del 23 al 28 de febrero). Dos millones de personas le rinden pleitesía sambando por 19 kilómetros de rúas.

El centro de Salvador, amurallado tras una valla de madera desmontable para encauzar la marabunta humana, huele a alcohol y desenfreno. No hay manera de condensar, en palabras, lo incontenible. "¡Axé!" ("energía"), grita la gente. Todas las fuerzas ancestrales negras, atronadoras, orgullosas, baten repiques, timbaus, surdos. La tromba blanca y azul formada por los 14.000 Filhos de Gandhi baja la Avenida 7 de Septiembre en trance colectivo. Sus movimientos y sus cantos son sosegados: bailan a ritmo de ijexá para los orixás. Los estibadores del puerto crearon este bloco (comparsa) afoxé en 1949, reuniendo a hombres de distintas casas de candomblé, y lo convirtieron en el más famoso de Bahía. Los afoxé producen un curioso efecto balsámico en la gente. "Todos los orixás vienen danzando con ellos", apunta una anciana.

Gilberto Gil, actual ministro de Cultura, miembro de los Filhos y compositor emblema de Brasil, invita en una de sus canciones a los dioses africanos y al católico Cristo de Bonfim a acompañar el paso místico de la agrupación. Los de Gandhi han esparcido perfume entre la gente. Los blocos afro se encargan de que desaparezca. El público enloquece con Olodum, Muzenza, Ilê Aiyê, auténticos cocteleros musicales. En la virtud de mezclar está el vicio de crear: samba-reggae, por ejemplo. El sonido emblema de Olodum desciende paralelo al mar. Mil percusionistas descargan truenos sobre los tambores con ímpetu ensordecedor, mientras los extranjeros se esfuerzan en imitar el movimiento brasileño de caderas. Michael Jackson propagó el estilo Olodum por el mundo, en un vídeo con el grupo, y desde entonces es el preferido de los turistas, aunque el bloco más antiguo y respetado sea Ilê Aiyê. Sus integrantes -exclusivamente negros- son los únicos que inician su recorrido desde Liberdade, el barrio afro por excelencia de Salvador. Capitaneados por la mae de santo Hilda Jitolu, "guardiana de la fe y la tradición africana", los Ilê Aiyê reivindican "la resistencia negra y el poder negro en la política" al son guerrero de sus tambores, instrumentos de protesta.

Menos implicado en la lucha política y más efectivo en la divulgación de la pobreza social, Carlinhos Brown capitanea la explosión de alegría callejera, encaramado a un trío eléctrico. Miles de españoles saborearon algo del carnaval bahiano el verano pasado, cuando Brown -famoso por la película de Trueba El milagro de Candeal- colapsó las calles de varias ciudades de nuestro país, arrastrando una multitud feliz tras su plataforma musical rodante.

El más curioso invento del carnaval de Bahía, el trío eléctrico, nació en 1948, cuando los músicos y técnicos de radio Dodô y Osmar se subieron a un Ford del 29 pilotado por un amigo y amplificaron el sonido de sus guitarras con unos rudimentarios altavoces ante la sorpresa general. Poco después, los bahianos encumbraban a sus artistas en escenarios montados sobre grandes trailers para que, literalmente, la música rodara por las calles. Con dos billetes de cien dólares se compra el derecho a bailar tras el cordón que rodea un trío eléctrico y la camiseta que atestigua el privilegio. La mayoría prefiere guardarse ese dinero y hacer de pipoca (palomita), bailando libremente entre los tríos, los blocos y los afoxés de la que es, según el libro Guinness, la mayor fiesta callejera del planeta.