Los Cabos, donde cantan las ballenas

En el estado mexicano de Baja California, el corredor turístico entre Cabo San Lucas y San José del Cabo –"Los Cabos"–, ocupa cerca de 40 kilómetros de costa y recibe un millón de visitantes al año. Llegan atraídos por la pesca, las ballenas y el desierto, pero también por los hoteles, sus servicios, las compras, las actividades, las diversiones y el golf. Y el aura de romanticismo que envuelve la costa del mar que Cousteau llamó "el acuario del mundo".

Mariano López

La mayoría de los clientes del hotel One Only Palmilla de Los Cabos llega en avión privado. Una limusina les espera, o una "suburban" europea o un Hummer H3. El traslado en limusina cuesta 120 dólares estadounidenses por persona; en el Hummer, el doble. Pero está de moda el Hummer y los "vips" prefieren el todoterreno a las "limos". Antes, al realizar la reserva, la dirección del hotel les ha preguntado cómo les gustaría que fuera su almohada, si desean algún CD o DVD en particular, si van a necesitar que su dieta sea alta en proteínas o baja en carbohidratos y si requieren información anticipada para reservar cuanto antes el campo de golf que mira al Mar de Cortés, un masaje watsu en la alberca, una cama tántrica en la playa, pasear a caballo, nadar entre los delfines, bucear junto a las rayas gigantes, comprar diamantes, conducir por el desierto o navegar, en un yate privado, para avistar las ballenas.

Cuando descienden del Hummer, todo está preparado. Les espera un baño ritual de pies, con limón y jengibre, para descansar del viaje, un tequila reposado de bienvenida y una habitación enorme, luminosa, con un telescopio. Las suites (la mayor ocupa 500 metros cuadrados) poseen mayordomo propio; el resto, mayordomo común, uno por cada villa de tres plantas, con seis a ocho cuartos en cada planta. Hay 1.200 empleados, que saludan llevándose la palma de la mano derecha al corazón.

El mayordomo suele encargarse de proponer y reservar plaza en el spa, el gimnasio, el restaurante o la capilla. Está acostumbrado a los "vips" habituales del hotel: políticos, empresarios y estrellas de Hollywood. John Travolta celebró aquí su 50 aniversario. Barbra Streisand le cantó el "cumpleaños feliz". Las chicas de Friends, Jennifer Anniston y Courtney Cox Love, son huéspedes habituales, y han llegado a coincidir con George Clooney, Sean Penn, Scarlett Johannson, Gwyneth Paltrow o el ex presidente George Bush, hijo. Carly Simon, Nathalie Cole y Patti Austen actuaron en la fiesta de reinauguración del hotel, que estuvo cerrado por una reforma que ha costado 90 millones de dólares. El hotel quiere empezar el año 2009 preparado para los nuevos tiempos, porque no es el único hotel de gran lujo que recibe estrellas de Hollywood y clientes de 1.000 euros la noche en Los Cabos, el destino más caro y exclusivo de México.

Si el fundador del Palmilla, Abelardo Rodríguez, levantara la cabeza, estaría contento con la nueva cara de su hotel, pero no reconocería nada de cuánto se contempla más allá de su puerta. En tan sólo 15 años, Los Cabos han pasado de ser un destino casi desconocido a figurar en la lista de los 10 más famosos y preferidos por los turistas estadounidenses, su principal mercado. El eco de sus afamados y selectos huéspedes ha tenido mucho que ver en ese desarrollo.

Abelardo Rodríguez, hijo del presidente de México del mismo nombre, fue el gran pionero del turismo en Los Cabos, hace 50 años. No había más hotel que el suyo y para llegar hasta el Palmilla se construyó su propio aeródromo. Abelardo era piloto y llevaba en su avión a los huéspedes del Palmilla, todos atraídos por la pesca del marlin. John Wayne bajó hasta Los Cabos con su yate, el Wild Goose, y contribuyó a que se extendiera la voz de que en la punta más al sur de la península de California el mar era un hervidero de marlines.

Poco a poco se añadieron nuevos atractivos a su fama. Los buceadores también tenían su espectáculo: docenas de peces martillo y nubes de mantas raya. Y en la superficie, entre las olas, abundaban los delfines y las aves marinas, se dejaban ver tortugas y resoplaban ballenas. Los españoles que viajaron con Hernán Cortés fueron los primeros que llamaron a este mar el "canal de las ballenas". El oceanógrafo Jacques Cousteau fue más lejos y dijo que el Mar de Cortés era "el acuario del mundo". Un clima único, su elevada temperatura, los vientos y las fuertes corrientes consiguen que haya tanto plancton que casi puede verse y que atraiga a cientos de especies marinas que lo buscan para alimentarse. En el Mar de Cortés se encuentran el 82 por ciento de las especies del Pacífico y el 35 por ciento de las especies de todo el mundo, además de algunos animales únicos, endémicos, como la extraña vaquita marina, y 25 especies de cetáceos, entre ellos la ballena azul, el animal más grande del planeta.

Junto al mar está el desierto. Desde las ligeras estribaciones de la sierra occidental se divisa un terreno seco y pedregoso, amarillo, salpicado por la figura de los cactus gigantes, verdes. Detrás del último cactus, aparecen las playas, las olas y el azul del mar.

El desierto de Baja California Sur es otra maravilla ecológica en la que abundan formas de vida únicas, especializadas en sobrevivir con unos días de lluvia torrencial al año. Como el cardón, una de las plantas más voluminosas del mundo. El cardón crece con la forma de un candelabro a partir de un tallo de un metro de diámetro, del que surgen más de 60 ó 70 ramas que miden, cada una, unos 15 metros y alojan, cada una, 25 toneladas de agua. La presencia de los cardones y otros cactus gigantes, como las pitahayas, llega casi, casi, hasta la orilla del mar. En ningún otro lugar del mundo puede verse este fenómeno: la conjunción de un mar con ballenas, un desierto con cactus gigantes... y un corredor turístico que ya suma 12.000 camas de hotel.

Los Cabos ha acumulado también fama como "destino romántico". Al fin y al cabo, es el lugar al que viajan las ballenas para enamorarse. Y, además, está el Arco. Cada atardecer, la marina de Cabo San Lucas hierve de actividad. Decenas de barcos y enormes yates zarpan, llenos de turistas, para ver ponerse el sol junto al Arco. ¿Qué tiene el Arco que atraiga tantas miradas? Apenas nada. El Arco es un agujero en la roca creado por la erosión del mar, un puente natural que en ocasiones descubre una playa sepultada por la marea. Poca cosa, pero es todo un símbolo. Un símbolo de amor. Y el emblema del punto donde se unen el acuario del mundo, el Mar de Cortés, con el Océano Pacífico.

Bajo el agua, junto al Arco, hay cascadas de arena que desembocan en un gran cañón submarino. Frente a la bóveda se yergue una roca estilizada, vertical, conocida como El Dedo de Neptuno, cuyos fondos sirven de hábitat a pulpos, barracudas y tiburones. Cuando cae el sol, suele ser frecuente que algún lobo marino se encarame sobre el pico del Dedo de Neptuno, para solazarse con los últimos rayos. A veces, las ballenas grises entran dentro de la bahía. El pasado mayo se vio también una orca.

Dicen que los primeros días del rodaje de la película "Troya", localizado en la playa del Torreón, al noreste de Cabo San Lucas, pasado el faro, Brad Pitt se acercó al Arco para verlo al atardecer. No quería perdérselo. Iba a lomos de una Honda 300, vestido de Aquiles, su uniforme de trabajo. El Arco es, también, el símbolo de un fin del mundo: el land''s end, el finis terrae de California. Hay 1.480 kilómetros desde Tijuana a Los Cabos, por la carretera Transpeninsular. Muchos estadounidenses encuentran razonable la idea de que el grupo musical Eagles se sintiera atrapado por la magia de Los Cabos y compusiera su famoso Hotel California en el hotel del mismo nombre que se encuentra casi al final de la Transpeninsular, en un pueblo mágico: Todos Santos.

Todos Santos se levanta al oeste de Cabo San Lucas, en la zona más fértil del extremo sur californiano. Nació como una misión subsidiaria de La Paz, en 1724, prosperó gracias a la abundancia de agua y al auge de la caña de azúcar y llegó a tener ocho trapiches, de los no quedan restos. Néstor Agúndez, profesor, poeta y caballero, maestro jubilado, conserva la memoria del pueblo en un museo dispuesto sobre su vieja escuela: cinco salas que exhiben piezas arqueológicas y fotografías antiguas, y un jardín en el que ha plantado adelfas, cardones y garambuyos y levantado una casa de palo como las que habitaban los vaqueros de cuera (casaca) y gamuza (el sombrero).

Néstor Agúndez no se explica por qué Todos Santos ha entrado hace tres años en el programa nacional de "pueblos mágicos". "Ahora que ya no es mágico", dice. La magia existía, afirma el profesor, cuando el pueblo vivía de la caña y del ingenio de personas como Agustín León, el pájaro azul, que afirmaba haber viajado a la luna para fumarse unos cigarritos: "Neil Armstrong -decía- vio la colilla de uno de mis cigarros, pero no lo quiso decir en público para no dejar a los yanquis en ridículo".

El "Macondo" del Sur californiano que recuerda Néstor Agúndez está siendo transformado por unos artistas enamorados de la luz que fecunda el pueblo. Todos Santos cuenta con más de una docena de galerías de arte, un número sorprendente para un municipio que apenas tiene habitantes. La galería más famosa es la de Jill Logan, situada cerca de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Todos Santos, que guarda en su interior dos imágenes de la Pilarica. Logan se instaló en Todos Santos en 1995, cuando descubrió, dice, la inmensa energía del pueblo. No es la única. En el año 2000, Todos Santos contaba con 15 artistas; ahora hay 40.

Todos Santos fue fundado por los misioneros casi al mismo tiempo que San José del Cabo. Se cree que San José del Cabo fue bautizado en 1730 por el jesuita Nicolás Tamaral, quien, cuatro años después, moriría a manos de los indios pericúes. Los indios se rebelaron y quemaron vivo al sacerdote cuando éste intentó proscribir la costumbre de la poligamia. A pesar de éste y otros terribles desencuentros con los indígenas, los jesuitas mantuvieron su fe en el desarrollo espiritual de la Baja California. Durante casi dos siglos, la corona española apoyó la conquista de California hasta que se convenció de que no tenía sentido el empeño y desistió. Cuando la corona canceló su apoyo a las expediciones, los jesuitas vieron el cielo abierto para su utopía. Y comenzaron a extender sus misiones junto al mar que primero se llamó Bermejo, luego Mar de California y más tarde sería nombrado por los propios jesuitas como "Lauretano", en honor de la Virgen de Loreto, patrona de las californias, antes que definitivamente se llamara "Mar de Cortés".

El primer intento de colonización de la península se dio el 3 de mayo de 1535. Hernán Cortés desembarcó en la playa de la actual Bahía de La Paz, que bautizó como "Bahía de la Santa Cruz". Cortés estaba convencido de que aquella bahía era la puerta de la "isla de California", la isla de las amazonas y de las perlas de la que hablaban los libros de caballerías. Cortés fue quien sugirió que California rebosaba oro y perlas, pero los expedicionarios que siguieron su rumbo no hicieron fortuna. En 1596, el navegante Sebastián Vizcaíno desembarcó en el mismo lugar que Cortés y tampoco halló oro ni perlas en abundancia, pero fue tan bien recibido por los indios pericúes que rebautizó la bahía con el nombre de La Paz. Su viaje alentó nuevas exploraciones que resultaron un fracaso.

La Paz es, hoy, el principal puerto de salida para el avistamiento de ballenas y el lugar al que hay que ir para escapar del bullicio de Cabo San Lucas, las boutiques de San José del Cabo o las galerías de arte de Todos Santos. En La Paz aún es posible pasear como hace un siglo. Los coches frenan en los pasos de cebra. Los pelícanos se posan en los postes del muelle. Las parejas caminan por el malecón, frente al mar, o se sientan en los bancos de hierro del parque Máximo Velasco para escuchar a la orquesta que toca frente a la catedral. En el malecón, junto a una pintura mural de ballenas, rayas y tortugas, hay un pequeño quiosco donde un funcionario municipal ofrece sus servicios como escribano público, con una antigua máquina de escribir. Cerca hay un gran cartel, que dice: "Bienvenidos a La Paz, puerto de la ilusión".

En la plaza principal, el zócalo, se venden deliciosos dulces de mango relleno de cajeta y de piloncillo con naranja. También hay una franquicia de La Michoacana que ofrece nieves y glorias, jugos y helados por menos de un euro. En la disco de El Cheve suena la música norteña y, sobre todo, la sierreña. Al atardecer, el malecón se inunda de rojo y amarillo; de noche, huele a pescado frito: un pargo o un huachinango, bañado en salsa, que se voltea muy despacio en la parrilla.

La Paz es tranquila y relajada. El vertiginoso desarrollo hotelero y turístico de Los Cabos aún no la ha alcanzado. O casi, porque el mogote de tierra que se extiende frente al malecón sufre la construcción de varios condominios. Los turistas resultan aún escasos y se desperdigan por las playas cercanas: Coromuel, el Tesoro, Caimancito o Pichilingüe. Más lejos, a 25 kilómetros, está Balandra, con su enorme piedra con forma de hongo, que es el verdadero símbolo de La Paz. Unos kilómetros más y se llega a la playa del Tecolote, enclavada frente a la isla de Espíritu Santo; luego vienen El Coyote, La Ventana, El Sargento y, por fin, la Bahía de los Sueños o de los Muertos, que de las dos formas se llama.

La Paz es también la mejor puerta de entrada a Baja California Sur, con sus llanuras radiantes de sol y sus territorios aún vírgenes. En las sierras de Baja California Sur hay cuevas con pinturas rupestres y cerca de las elevaciones extrañas mezclas de bosques y desierto, palmeras y pinos, musgos y cardones. En este estado de México hay más de dos mil kilómetros de costa con cientos de playas totalmente ignoradas por el turismo, tanto al este como el oeste, frente al Mar de Cortés o en el Océano Pacífico. Las ballenas conocen bien el litoral de Baja California Sur. Viajan 20.000 kilómetros, desde los mares de Bering hasta las lagunas Ojo de Liebre, San Ignacio y Bahía Magdalena, al norte de La Paz, donde se aparean y dan a luz. Dicen que asoman sus ojos y curiosean siempre que pasan frente al malecón de la Paz y la roca del Arco. De regreso a Alaska, alguna se ha llevado un recuerdo imborrable: la música de la sierra, el olor de los mangos o la silueta de Aquiles, el de los pies alados, acelerando su motocicleta para entrar en Troya. Todas cantan, según se cuenta, cuando divisan Los Cabos. No hay que ponerlo en duda. Cualquiera que haya visto atardecer en el malecón de La Paz puede afirmar que aquí las ballenas cantan. Tienen sus motivos.