Londres: caótica, inabarcable... pero profundamente placentera

Londres es inacabable. Museos, monumentos y parques son el escaparate de un laberinto urbano y humano que nunca deja de sorprender. Porque Londres es lo que es, la mayor metrópolis europea, la antigua capital de un imperio que duró hasta hace muy poco, pero es también un territorio onírico en el que vagan las sombras de Sherlock Holmes o Harry Potter. El periodista Enric González, corresponsal a lo largo de su carrera en París, Nueva York, Roma y Londres, destila la esencia de la capital británica.

Enric González
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Foto: Gonzalo Azumendi

La anatomía de Londres es caótica y casi inabarcable: una infinidad de edificios acumulados en un laberinto de avenidas, calles, callejuelas, pasajes, plazas, escaleras, patios, túneles y puentes. Esa es la parte visible. Dentro del laberinto (que cambia casi a diario, como un organismo vivo) fluye otro Londres, el que cada uno imagina. Esa ficción transforma la mayor urbe europea en algo abrumador y fabuloso.

La estación de King’s Cross ofrece un ejemplo. Ahí uno puede soñar con el pasado remoto. La estación se alza sobre el Puente de la Batalla, una pasarela sobre el río Fleet (hoy subterráneo) donde la mítica Boudica o Boadicea, reina de la tribu icena, lideró, 20 siglos atrás, un fallido alzamiento contra los invasores romanos. Dice la leyenda que Boudica permanece enterrada bajo los raíles.
Uno puede también observar el presente y disolverse entre la multitud que viene y va en una estación como cualquier otra, aunque más populosa y complicada. Y, dando unos pasos, puede adentrarse en lo imaginario: el mágico andén 9 ¾, de donde parte el tren hacia Hogwarts, la escuela de Harry Potter.

Piccadilly Circus, una de las zonas más importantes de Londres
Piccadilly Circus, una de las zonas más importantes de Londres | Gonzalo Azumendi

Desde lo imaginario, el paseante es empujado de vuelta a la realidad más prosaica: en torno al viejo muro de ladrillo tras el que se oculta el andén ficticio hay montado un gran negocio, un exprimidor de turistas. Londres es la ciudad más visitada del continente. Lo siento, hay que pechar con ello.

¿Otro ejemplo? Vaya al pub White Hart, en el número 1 de Mile End Road. Es un pub antiguo, fundado hacia 1750 y reconstruido a principios del siglo XX. Junto al pub (muy recomendable) se abre un pequeño túnel que conduce a una callejuela de edificios monótonos. El aficionado a las historias morbosas tiene ante sí el paisaje urbano donde Jack el Destripador, un asesino ignoto convertido casi en leyenda, cometió sus crímenes en 1888. Whitechapel, la iglesia blanca que da nombre a este barrio del este londinense, y el pub Ten Bells son otros vestigios de aquel otoño sangriento. Si no apetecen esas cosas, Whitechapel y el East End en general exhiben la realidad contemporánea de Londres: razas, acentos, actividad, pobreza, riqueza, arte, vida.

Árbol de Navidad en Covent Garden 
Árbol de Navidad en Covent Garden  | Gonzalo Azumendi

Ahí cerca se congregan los tenderetes del antiquísimo mercado de Spitalfields, parcialmente cubierto por una hermosa estructura victoriana. Es el mercado más hermoso de la ciudad y en él se pueden adquirir millones de cosas, viejas o nuevas, perfectamente prescindibles y sin embargo irresistibles. Tiene, como el mercado de Camden o, en menor medida, el muy turístico mercado de Portobello, una autenticidad que otros centros comerciales, como el de Covent Garden, perdieron hace muchos años.

Acabamos de mencionar la palabra “autenticidad” y eso, hablando de Londres, constituye un gesto arriesgado. Por lo que decíamos antes. Sherlock Holmes nunca existió, y sin embargo Londres es la ciudad del detective más célebre de todos los tiempos. Lo mismo ocurre con James Bond. Tanto Holmes como Bond tienen sus rutas turísticas, muy reales, sobre todo en el momento de pagar el billete.

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Situémonos en un lugar inevitable, la zona cero de la fotografía turística: el puente de Westminster, que cruza el Támesis desde el Big Ben. La torre del reloj y el enorme palacio del Parlamento exhiben la grandeza del pasado imperial y transportan al observador hasta ese Londres que, en su apogeo, decidió parecer eterno. Hubo ahí un palacio medieval donde vivieron reyes y quedan algunos vestigios, pero tanto el Big Ben como el nuevo palacio (más gótico que el antiguo) son obras del siglo XIX y tienen la misma edad, más o menos, que el Palacio de las Cortes madrileño.

Los Almacenes Harrods se llena de la magia de la navidad durante estos días del año
Los Almacenes Harrods se llena de la magia de la navidad durante estos días del año | Gonzalo Azumendi

La autenticidad ambigua, como siempre, contiene elementos fascinantes. El palacio de Westminster, un hormiguero con más de mil estancias y las dos salas, relativamente pequeñas, donde se reúnen diputados y lores, es propiedad del rey. Igual que el terreno. El rey y el duque de Westminster son dueños eternos de las zonas más caras de la ciudad. Quien compra un apartamento o un edificio en el centro está alquilando un pedazo de tierra por, digamos, cien años; pasado ese tiempo, se renueva el contrato. Esta mezcla de arcaísmos (siempre favorables a la aristocracia) y de pujanza contemporánea es uno de los rasgos que caracterizan Londres y lo hacen distinto a cualquier otra ciudad.

Merienda con el Sombrerero Loco en el mercado de Camden
Merienda con el Sombrerero Loco en el mercado de Camden | Gonzalo Azumendi

Ya que estamos sobre ese puente, adentrémonos hacia el otro lado. Hacia la mitad sureña de Londres que, salvo en la ribera del río (la enorme noria llamada Big Eye con sus impresionantes vistas, la estación de Waterloo, el centro South Bank, el horrendo y desmesurado edificio donde trabajan los espías del MI6), constituye un territorio casi ajeno al turismo. El epicentro de esa región urbana vendría a ser Elephant and Castle, cuyo nombre ha perdido un poco de lustre. Hasta hace menos de 10 años se creía que Elephant and Castle era una deformación cockney (en un momento nos extenderemos con los acentos locales) de Infant of Castle o Infanta de Castilla. Resulta que no. Un investigador descubrió que ahí hubo un pub cuyo propietario, quizá tras pasar un tiempo en el dominio imperial de la India, se trajo a Londres el recuerdo de las expediciones para cazar tigres, realizadas desde lo alto de elefantes con una pequeña torreta en el lomo. El pub se llamaba, claro, Elephant and Castle, y dio nombre al barrio.

Una metrópolis de acentos

El actor Michael Caine nació por aquí y es capaz de hablar un cockney purísimo, con su pronunciación endiablada y sus rimas incomprensibles para el profano. Se trata de una jerga surrealista. Un cockney no dirá que sube las escaleras (stairs), dirá que sube las manzanas (apples), por una contracción de apples and pears. Y la jerga se renueva. No es raro escuchar que alguien en un pub pide un par de britneys para que le sirvan cerveza: de Britney Spears a beers.

El Puente de Londres es uno de los iconos de la capital
El Puente de Londres es uno de los iconos de la capital | Gonzalo Azumendi

El cockney es el acento y la jerga de las clases más populares. En el otro extremo, en lo más alto de la jerarquía social, aparece la received pronunciation, o pronunciación recibida, muy parecida al Queens english y al BBC english. Ese acento, el más confortable para el oyente extranjero, es el propio del sureste inglés, con algunas correcciones establecidas en las universidades de Oxford y Cambridge. Se calcula que menos del 10 % de la población británica es capaz de pronunciar así su idioma. Lo normal son los acentos regionales, en algunos casos muy característicos: para que se hagan una idea, las series televisivas escocesas se emiten con subtítulos para que los sureños puedan comprender los diálogos.

Pub The Anchor en Bankside
Pub The Anchor en Bankside | Gonzalo Azumendi

Que nadie se espante por la cuestión de los acentos. En la metrópolis se hablan más de 300 idiomas distintos. Cada uno se explica y se entiende como puede. Londres fue hasta hace poquísimo la capital del mayor imperio de la historia, un imperio que teñía de rojo (el color de las posesiones de la monarquía) gran parte del mapamundi, y para lo bueno y para lo malo es una ciudad habituada a ejercer como rompeolas de lenguas, pigmentaciones cutáneas, religiones, ideas y tradiciones. No hay nada más británico que el curry indio.

Entre parques silenciosos y zorros rojos

Volvamos al infinito laberinto urbano con que empezaba este texto. El área metropolitana de Londres tiene 9,5 millones de habitantes, cuenta con ocho aeropuertos y supone el 25 % de la economía británica. La densidad es tremenda y uno (lo del uno, por cierto, es jerga monárquica: la realeza no pronuncia el pronombre yo y lo sustituye por uno) se ve frecuentemente arrastrado por la multitud que abarrota las aceras. Pero siempre queda a mano un espacio de paz.

Luces de Navidad en Oxford Street 
Luces de Navidad en Oxford Street  | Gonzalo Azumendi

Supongamos que el visitante acude, como es obligación, a los grandes almacenes Harrods, tan dorados por dentro que nadie con un mínimo de resaca puede recorrerlos sin gafas de sol. Harrods y los museos cercanos, el Victoria&Albert y el de Historia Natural, significan gentío. Pero muy cerca, entre el comercio y los museos, en la misma Brompton Road y escondido tras la iglesia católica llamada London Oratory, se oculta un pequeño parque silencioso. Por supuesto, a 10 minutos de paseo se extiende la formidable combinación de Hyde Park y Kensington Gardens. Lo que queremos subrayar es que además de los grandes parques existen los pequeños, los que solo se conocen callejeando.

La naturaleza es lo que es. Además de flora, fauna. Se estima que en Londres viven más de 10.000 zorros rojos, además de millones de ardillas y, en el relativamente cercano parque de Richmond, todos los ciervos que uno sea capaz de contar. En un sentido menos bucólico y más subterráneo, abundan también ratas, ranas y serpientes. Bajo la superficie, en los túneles del metro y en los ríos cubiertos por la corteza urbana, viven bichos rarísimos. Londres ha crecido en pugna contra la naturaleza y contra ese clima húmedo que produce musgo en los rincones más inverosímiles. Conviene recordar que hace tres o cuatro siglos el Támesis era cinco veces más ancho que ahora. La ciudad ha ido encajonándolo con muros y diques, ha soterrado sus afluentes y ha saneado las marismas que se extendían junto a sus riberas. Por debajo de todo eso, sin embargo, la vida se abre paso.

Lowlander Grand Cafe en Covent Garden
Lowlander Grand Cafe en Covent Garden | Gonzalo Azumendi

Ya que estamos en ello, hasta hace poco florecía la vida salvaje (humana, pero salvaje) en torno a los estadios de fútbol, que no son pocos: Londres cuenta ahora mismo con siete equipos en primera división, la Premier League, y otros 10 en segunda y tercera. El salvajismo de los hooligans ha desaparecido casi completamente, sustituido por el salvajismo de los precios: hay tronos más baratos que un asiento en tribuna.

Londres y el conjunto del Reino Unido viven en gran medida gracias a la City, que es al mismo tiempo una ciudad dentro de la ciudad, con su Lord Mayor y su propia policía, y un ente incorpóreo cuyos tentáculos electrónicos se extienden por el planeta. Sí, Wall Street es Wall Street. Pero la City londinense mantiene la supremacía en cuanto a finanzas internacionales.
Las oficinas de la City, donde se manejan divisas, bonos, acciones y algunos activos financieros tan complejos que ni sus inventores los entienden (de vez en cuando les estallan en las manos y el contribuyente debe hacerse cargo de sufragar los daños), ya no están en la City, sino más arriba siguiendo el Támesis, en los rascacielos de Canary Wharf.

Negocios con solera

En cualquier caso, algunos restos casi arqueológicos de la City resultan aún perceptibles en Threadneedle Street. Ahí sigue el Banco de Inglaterra, con miles de toneladas de lingotes de oro en sus sótanos. Ahí sigue la sede londinense (la central está en Hamburgo) del Berenberg Bank, el más antiguo banco de negocios, fundado en 1590. Ahí estuvo la sede de la South Sea Company, creada en 1711, que disfrutaba del monopolio en el negocio del tráfico de esclavos africanos hacia las colonias occidentales y orientales. En Threadneedle Street, dicen, se entonó por primera vez, en 1607, God save the King, el himno británico.

Luces en el Chinatown de Londres
Luces en el Chinatown de Londres | Gonzalo Azumendi

Cerca, en Fleet Street, se alojó tradicionalmente la prensa. No está de más señalar que mientras la prensa continental europea surgió para promover causas políticas y requería de mecenas para subsistir, los diarios londinenses nacieron en el siglo XVII ya como negocios: informaban, como la London Gazette, sobre las actividades de la realeza y el gobierno (que venían a ser lo mismo) o sobre horarios portuarios, llegada de mercancías y precios de acciones y materias primas, como el Lloyd’s News, creado por en 1702 por Edward Lloyd al mismo tiempo que la aseguradora del mismo nombre, hoy en día el mayor mercado mundial de seguros y reaseguros.

Quien ande por esa zona hará bien en acercarse al 145 de Fleet Street y tomar algo en alguno de los recovecos de Ye Olde Cheshire Cheese, un pub de origen remoto reconstruido en su actual forma tras el gran incendio de 1666. El lugar es turístico, claro. No importa: aquí bebieron tipos como Charles Dickens, Gilbert Keith Chesterton o el estadounidense Mark Twain. ¿Cómo no sumarse a la insigne lista?
Ya puestos en antigüedades, madrugue y asegúrese un puesto (hablamos de la tribuna pública, no del banquillo de los acusados) en alguno de los diversos juicios que se celebran cada día en la Central Criminal Court, más conocida como Old Bailey. Verá jueces con pelucón empolvado. Y eso, como tantas otras cosas, solo se ve en Londres.