Llanes, el ombligo del mundo

Jesús Torbado

Aunque ahora Llanes parece un descubrimiento, una novedad de "tendencia de ocio" entre los hallazgos turísticos, su empaque y su hermosura le vienen de muy lejos. Es decir, de antes de la idolatría por las playas (el Sablón, Cué, Toró, hasta treinta y ocho en sus casi cincuenta kilómetros de litoral), antes del hallazgo que suponen los fantásticos cubos del espigón central pintados por Ibarrola, antes de las peregrinaciones gastronómicas. Desde el promontorio por donde circula el ameno paseo de San Pedro, construido no hace mucho más de cien años, se puede contemplar un resumen de larga y de corta mirada que explica por qué esta villa asturiana es lo que es: en primer término, el casco histórico y un verde alfoz rural, prados y colinas enriquecidas de árboles; por el norte, el Cantábrico en persona y su furia o su sosiego; a la derecha, la arrugada costa, incluso hasta el cabo Machichaco de Vizcaya; al sur, una especie de muralla gris de unos seiscientos metros, que es a su vez mirador formidable, la sierra de Cuera. "Una de las más originales topografías de la región", escribió un experto.

Llanes, su núcleo, ha crecido muchísimo y en verano es casi un hervidero. Pero dentro del anillo de construcciones modernas se mantiene viva la gloriosa ciudadela histórica y marinera, con muchos de sus tesoros del pasado bien vivos, casonas viejas y palacios nobles -en uno de ellos dicen que pernoctó Carlos I en su primer y sufrido primer viaje a Castilla-, e iglesias de renombre, como la parroquial del siglo XV o las de la Magdalena, San Roque y la Guía, más el cauce del pequeño Carrocedo que divide en dos a la villa y crea una modesta ría mágica. Pérez de Ayala escribió una novela titulada El ombligo del mundo. Era Llanes.