Lima, la ciudad sin lágrimas

Herman Melville, autor de "Moby Dick", definió así, por su sequedad, a la capital del Perú cuando arribó a ella en 1843. Hoy Lima sigue sin lágrimas (lluvia), pero es un ejemplo de modernización y vitalidad, y un destino turístico de primera, gracias, también, al éxito internacional de la gastronomía peruana.

Kike del Olmo
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Foto: Álvaro Arriba y Kike del Olmo

Lima se ha modernizado y se ha lavado la cara para reivindicarse como destino turístico. Los últimos años de bonanza económica se notan en todo. Mejor dicho, en casi todo, porque las enardecidas micros (pequeños autobuses) siguen siendo el transporte público fundamental en este hormiguero de diez millones de personas. La actividad de las micros ha creado de la nada uno de los empleos más originales que se conocen: el datero, un personaje que apunta las horas y los minutos de las micros que pasan por su lado.

Gracias a la información del datero, los conductores de las micros saben si tienen que acelerar o ir más despacio, según su competencia esté más lejos o más cerca. Es una buena manera de entender la mentalidad del limeño, que ha sabido sobreponerse a la eterna precariedad. Aquí nadie espera mucho del gobierno, toca buscarse la vida, recursearse es la palabra inventada para salir adelante. Pero, claro, esta parte del caos, cierto desorden, algunos edificios centenarios todavía en ruinas, también forma parte del sabor de Lima. En estos tiempos en que todas las grandes ciudades tienden a ser asimiladas por la cultura única, el filtro limeño está dotando a la ciudad de una personalidad que lo invade todo.

Herman Melville, autor de la novela Moby Dick, pasó por Lima en 1843 y la usó en su famoso libro diciendo que era "la ciudad sin lágrimas, la más extraña y triste ciudad que usted pueda ver". La ciudad sin lágrimas se refería a que nunca llueve, dada su situación geográfica, porque está rodeada de un arenoso y seco desierto. Lima tiene además una luz triste, un velo blanco perenne que casi no deja ver el sol a lo largo del año. Es también una ciudad extraña, llena de controversias, de matices y de un sincretismo peruano que la convierte en un microcosmos del país, aun viviendo casi de espaldas al resto del Perú.

Su gente es una mezcla absoluta de todos los puntos cardinales y posiblemente por eso no existe un sentimiento de pertenencia a la ciudad en sí. Como decía un famoso periodista peruano, Eloy Jáuregui, "a esta ciudad no se la quiere", y sigue: "Cuando Lima tenía dos millones de habitantes, los miraflorinos se saludaban cuando se cruzaban por la calle; hoy nadie se conoce". Pero es que hoy tiene diez millones. Esta urbe, gigantesca, que sufrió la migración de millones de peruanos, desplazados de sus lugares de origen por los efectos en el país del terrorismo de Sendero Luminoso, ha mutado de la quiebra absoluta a un auge de la clase media que no tiene competencia entre sus vecinos. Sumó su antigua arquitectura colonial al paisaje creado por millones de chozas mal desparramadas por las lomas y las arenas y ahora intenta volver a cambiar con nuevas construcciones que aprovechan el buen momento económico. Todala pluralidad y diversidad peruana está aquí, mezclada como un gran cóctel.

Joyas del tiempo

Lima es conocida también como La ciudad de los Reyes, porque así la fundaron los españoles. El nombre de Lima viene del antiguo nombre que los indígenas le daban a esta región agrícola: Limaq. Y si hay una fecha en la que se puede dar inicio a su recuperación es a partir de la toma de posesión de Ricardo Andrade como alcalde en 1995. Durante sus dos mandatos realizó grandes obras públicas como la Vía Expresa Javier Prado, que conectó numerosos barrios de la ciudad. Remodeló parques y plazas y recuperó el centro histórico.

Gracias a aquella reforma se conservan, hoy en día, auténticas joyas del tiempo, como el bar Cordano, en una calle lateral del Palacio de Gobierno. El Cordano es uno de esos establecimientos que se ha sabido mantener con sabor a viejo. Todo ayuda a darle personalidad: sus paredes de madera donde reposan fotografías de lo que fue y los espejos que cuelgan en ángulo oblicuo permitiendo el espionaje desde la enorme y noble barra del bar. El Cordano ya forma parte de la historia. Se fundó en 1905 y, desde entonces, casi no ha cambiado el mobiliario. Sus mozos, que por cierto regentan el bar desde 1978, cuando les fue traspasado por sus dueños, parecen sacados de esas fotografías en blanco y negro que ocupan la paredes por su porte y su impecable uniforme y, sin embargo, ya tiene página de Facebook. "Por aquí han pasado todos los presidentes del país", cuenta orgulloso uno de esos camareros de pajarita y chaleco. También el bar Queirolo, otro histórico, ejerce de vieja taberna y añade toda una galería llamada Hora Zero en homenaje a uno de los movimientos poéticos más importantes del continente. Hasta el día de hoy los jóvenes poetas de este movimiento usan la galería para leer poemas, inflamar manifiestos o, simplemente, emborracharse a base de pisco y cerveza y soñar con un futuro mejor.

En Lima la historia convive con centros comerciales novísimos, con las marcas internacionales del momento y sus versiones peruanas. Al lado de Burger King está invariablemente Bembos, la réplica peruana de las hamburgueserías rápidas. Y en los estantes de bebidas de todos los bares destaca Inka Kola, una bebida gaseosa hecha a base de hierbaluisa que es una de las dos marcas en el mundo que, en el mercado local, supera ampliamente en ventas a Coca Cola; la otra es la irlandesa Irn-bru. El éxito de Inka Cola llevó a Coca Cola a comprar en 1999 el 49% de la empresa peruana rival por 300 millones de dólares. Toda una historia, como la de la gastronomía peruana, que por sí sola merece reportajes y libros por todo el mundo.

Las migraciones de chinos, japoneses, españoles y africanos han construido una serie de platos únicos por la singularidad y variedad de sus sabores y absolutamente adaptados a los menús principales de la ciudad. También ha influido, al menos en la internacionalización de la fama de la cocina peruana, un nombre propio: Gastón Acurio, el hombre que ha dado a conocer Perú al mundo a base de ceviches, lomitos saltados, papas a la huancaína, parihuelas y tantos y tantos platos. Gastón Acurio es, sin duda, el Ferran Adriá del otro lado del Atlántico, tiene restaurantes por todo el planeta y es un embajador incansable. Hace unos veinte años abrió en Lima su primer restaurante, Astrid y Gastón, junto con su esposa, Astrid Gutsche, y acaba de trasladarlo a una nueva ubicación con el nombre de Astrid Gastón Casa Moreyra. El nuevo restaurante se sitúa en una antigua casa colonial y pretende ser una auténtica experiencia culinaria adaptada a los últimos tiempos.

Pero la buena comida de Perú no vive solo en los grandes restaurantes ya que cada limeño parece tener su cevichería preferida. En cada barrio, en cada calle, brotan restaurantes que intentan dar su toque especial porque saben de la importancia que tiene ese acento personal para el disfrute de sus clientes. Mi cevichería preferida es el Canta Rana, así que mi primer día completo en Lima me dirijo a esta antigua casona colonial en pleno barrio de Barranco, el más bohemio de la ciudad. Vicente, argentino de nacimiento, levantó este local con 600 dólares y siempre ha mantenido el mismo sabor familiar, decorado a su gusto con posters de Maradona, el Che Guevara, músicos locales, muchas camisetas de equipos de fútbol y fotos de sus amigos y su familia. El gran éxito del Canta Rana es que sigue manteniendo los mismos cocineros y camareros que cuando empezó. Rómulo, uno de los camareros, se acuerda de mí y me comenta que lo único que ha cambiado es que ahora también abren de noche. De día o de noche, la cocina no para. Los platos de ceviche y tiradito, las jaleas y los tacu tacus se distribuyen por las mesas de madera. Rómulo me pide el número, esto es nuevo, que me había dado para guardar turno. He quedado con antiguos amigos y compañeros para hablar de la situación en el país, así que me preparo para unas horas de charla, cerveza Cuzqueña y todas las maravillas de la comida peruana.

El despegue de la clase media

Cuando mi taxi recorre el circuito de playas de Costa Verde, que traza una línea perfecta en la ciudad de Norte a Sur, es fácil ver el ritmo de las construcciones. Barrios enteros como San Miguel se están modernizando, las casitas unifamiliares, incluso las endebles construcciones que la gente había levantado con la ayuda de vecinos y amigos, van mutando a nobles edificios de apartamentos. Los carteles publicitarios prometen un estilo de vida moderno, con caras sonrientes y grandes espacios. La economía viene creciendo desde hace una década y lleva una proyección envidiable en estos años de crisis internacional. Pero el gran logro de lo que hoy día se respira en Lima está en la clase media, una clase media que ahora llena centros comerciales, conduce coches nuevos y reúne, en su seno, una amalgama única de ciudadanos, descendientes de chinos, japoneses, europeos, mestizos e indios de la sierra y de la selva.

El mejor espejo que tiene el tiempo en Lima son sus antiguas casonas coloniales. En estos últimos años se han recuperado unas cuantas (una ley reciente no permite su demolición) y otras lloran, ruinosas, suplicando por un mecenas que las devuelva su estatus. Miraflores, uno de los distritos con más fama de adinerados, es un buen ejemplo de lo que está pasando en la ciudad. Su centro comercial más famoso es Larco Mar, un impresionante espacio, colgado sobre el acantilado, en el que los bares y restaurantes se mezclan con multicines, teatros, discotecas y las tiendas más modernas. Inaugurado en 1998, abarca 45.000 metros cuadrados de puro entretenimiento. Hace unos años casi todos sus clientes eran blancos de clase alta, pero hoy la mezcla es absoluta. Caras mestizas, indígenas y orientales se codean con absoluta normalidad en el antiguo reino de los privilegiados. Es de nuevo la clase media la nueva reina de Lima. El triunfo de millones de personas que durante años han ido trabajando, creando sus empresas, y ahora empiezan a disfrutar el momento.

Dar saltos en el tiempoes algo con lo que el ser humano ha soñado desde siempre y, aunque todavía no tenemos la tecnología para hacerlo, planificando bien, Lima nos permitirá por lo menos soñar hacia delante y hacia atrás. Desde una visita a las antiquísimas huacas (palabra quechua que designa todas las sacralidades incaicas y que se remonta también a la cultura preincaica) de la ciudad, hasta el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), o conocer la historia de lo que fueron los tenebrosos años del terrorismo de Sendero Luminoso en la fascinante exposición permanente del Museo de la Nación llamada Yuyanapaq, y todo eso, no nos olvidemos, disfrutando día a día de la variadísima gastronomía de una cocina que está llamada a ser una de las mejores del mundo. Todos los sabores de Lima, la ciudad sin lágrimas.

La ruta Vargas Llosa

La ciudad de Lima está presente en la obra de Mario Vargas Llosa desde su primera novela, "La ciudad y los perros". A partir de ahí, la capital peruana ha formado parte de numerosas obras del escritor y Premio Nobel de Literatura, entre ellas "Conversación en la Catedral", donde se crea una simbiosis entre la ciudad y el autor. Hoy día se pueden visitar los lugares en los que los personajes de "Los cachorros", "Travesuras de la niña mala" o "La tía Julia y el escribidor" llenaron las páginas del Nobel de Literatura. La municipalidad de Miraflores, el distrito más importante en la vida limeña del autor, ha puesto en marcha Literatour, un circuito turístico gratuito que está inspirado en la vida y en la obra de Mario Vargas Llosa. La ruta comienza en el Parque Kennedy, centro neurálgico del barrio de Miraflores, y se desarrolla mezclando lugares de Lima con detalles de la vida del autor y personajes de sus novelas.

"Yuyanaq": Una exposición para no olvidar

Es imposible entender la Lima de hoy sin conocer lo que sucedió entre 1980 y el año 2000, cuando millones de campesinos llegaron a la capital escapando de la violencia de Sendero Luminoso, un grupo terrorista que intentó crear una sociedad maoista a través de la violencia. Para controlar el brote, el ejército mandó una serie de escuadrones especiales a la provincia de Ayacucho, lugar en el que la guerrilla empezó sus actividades. Las técnicas militares no fueron mucho mejores para la población que las de los terroristas, y entre unos y otros dejaron 60.000 víctimas, de las cuales, según la Cruz Roja Internacional, hay todavía 16.000 desaparecidos. El Museo de la Nación ofrece sobre esta tragedia una excepcional y gráfica exposición permanente con el nombre de "Yuyanapaq". Creada por la Comisión de la Verdad, muestra 182 fotografías recogidas y seleccionadas de hasta 80 archivos de todo el país (Av. Javier Prado Este, 2465. San Borja).