Liberdade, el barrio de Sâo Paulo que es un pedazo de Japón

Un rincón para los amantes de la cultura nipona en la más intelectual de las ciudades brasileñas

Noelia Ferreiro
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Sólo la ciudad que se erige en el alma financiera y el sostén económico de Brasil podría albergar entre sus dimensiones brutales, entre su verticalidad infinita, un lugar en el que transportarse, sin demasiada imaginación, a un pedacito de Tokio. Sâo Paulo carga inmerecidamente la fama de patito feo, tal vez por su condición de gigante de asfalto en un país de playas tropicales. 

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Sin embargo, y pese a su supuesta seriedad, se trata de una megalópoli tremendamente interesante y barnizada de un cariz intelectual único. Más allá de su abigarrada arquitectura de acero y cristal, en la que figuran algunas pocas construcciones coloniales, bellas muestras de art nouveau y obras maestras postbrutalistas, su rendición a la cultura resulta abrumadora (música, teatro, exposiciones… se suceden todos los días) y su buen hacer en los fogones la convierte en la meca culinaria del continente americano. 

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Inmigración oriental

Además, muchos no saben que Sâo Paulo reúne la colonia de japoneses más numerosa del mundo y de ahí que exista este reducto oriental en la ciudad. Se llama Liberdade y todo en él (las tiendas, los restaurantes, los elementos urbanos…) tiene una clara influencia nipona, un ordenado look de bancos rojos, farolillos y bonsáis. 

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El barrio, que se encuentra a unos 400 metros del comienzo de la Avenida Paulista (el centro neurálgico que aúna la cultura con el negocio) tiene su origen en el siglo XIX. Fue entonces cuando centenares de inmigrantes japoneses partieron rumbo a Sudamérica para establecerse sobre todo en Brasil. Después, claro, se sumaron otros muchos inmigrantes asiáticos, especialmente chinos y coreanos, convirtiendo la zona en un espacio dotado de una identidad única.

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Origami y quimonos

En esta suerte de Japantown, que los fines de semana acoge un pintoresco mercadillo, se pueden adquirir productos orientales (pendientes de origami, quimonos y vajillas con samuráis) en cualquiera de sus múltiples comercios. También se puede dar un masaje shiatsu, curiosear por sus mercados (como Casa Bueno y Marutaka), entregarse a la espiritualidad en el templo budista Busshin-ji o visitar el Museo de la Inmigración Japonesa. Y todo ello, entre casas que todavía conservan la estética japonesa y curiosos elementos urbanos típicamente nipones como los emblemáticos toris rojos.

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También, por supuesto, existe el apartado gastronómico. Liberdade no sería Liberdade si en él no se pudiera degustar el más delicioso sushi, tempura y yakisoba de la ciudad. Para ello están las izakayas (tabernas tradicionales japonesas) que salpican el barrio y en las que se come estupendo por pocos reales. Especialmente en dos: Kintaro (Rua Thomaz Gonzaga, 57) e Issa (Rua Barão de Iguape, 89). Sencillas pero genuinas. Para un homenaje siempre quedará Kinoshita un afamado restaurante japonés con una estrella Michelin. 

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Flores y estrellas

Animado y cosmopolita, se trata de uno de los barrios con más personalidad de Sâo Paulo. Y aunque su visita no deja indiferente en cualquier época del año, existen son momentos de singular relevancia: la celebración del Festival de las Flores (en abril) y del Festival de las Estrellas (en julio), donde las calles engalanadas exhiben aún más atractivo si cabe.

Más allá de Liberdade, la influencia japonesa de la ciudad también se deja sentir en el arte. Por eso existe Instituto Tomie Ohtake otra gloria de la arquitectura paulista.

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Este rascacielos de rayas rojas, que parece recrear los bastoncillos de caramelo, lleva el nombre de una pintora de Kioto enamorada de la metrópoli brasileña. Muy novedoso es también el Japan House  abierto hace apenas unos años como centro de difusión principal de esta cultura milenaria: exposiciones, seminarios, shows, workshops, experiencias gastronómicas…