Líbano, ¿chaleco antibalas? Mejor uno "anti-frío"

La visita de nuestro equipo al Líbano estuvo marcada por la experiencia compartida con los militares españoles destinados allí y también por el frío intenso que padecimos en todas partes: en el hotel, en la base y en un vuelo de helicóptero con las puertas abiertas. En la base vivimos fuertes emociones (un coronel hasta lloró) y apreciamos con orgullo la ingrata labor de nuestros militares. Un destino duro, impactante y difícil en una de las zonas más peligrosas del planeta.

Jorge Salvador

Primer día:
El hotel de la guerra
Cuando dije en casa que me iba de viaje a Beirut, de entrada no hizo demasiada gracia, más cuando dos días antes los telediarios abrían sus titulares con incidentes en Beirut con el saldo de siete muertos en un tiroteo. Cuando llegas a Beirut la sensación no es muy agradable: alambradas, controles policiales, militares armados..., de hecho, sólo al entrar al hotel el coche es revisado a fondo. Y en el hotel hay un control como el de los aeropuertos, con detector de metales incluido. La cosa no termina ahí porque desde la habitación lo primero que se ve es el edifi cio destrozado donde asesinaron de un bombazo al ex presidente del país y las ruinas del hotel Holiday Inn, donde las milicias entraban en las habitaciones y tiraban por las ventanas a los clientes que no fueran de la religión del miliciano en cuestión. El Holiday Inn está aún agujereado por los impactos de balas y metralla.

Segundo día:
Un paseo espléndido
Todo este mal rollo inicial contrasta con la primera salida del hotel. Me levanté pronto y decidí pasear un poco. En cuestión de minutos me encontré caminando por un paseo espléndido al borde del mar, repleto de gente tomando el sol, niños jugando, vendedores ambulantes y afi cionados a la pesca tirando sus cañas. Pero bueno, ¿esto es Beirut? Pero si parece el paseo de Torremolinos. Te das cuenta cómo los países con confl ictos bélicos tienen otra vida que no se ve en los telediarios y la gente aprende a convivir con la guerra con la mayor normalidad posible.

Tercer día:
Hacia "territorio comanche"
Por la mañana nos vienen a buscar para acompañarnos a la base española de la ONU que el ejército español tiene al sur del Líbano. De repente aparece un convoy de coches blindados del que bajan ocho cascos azules españoles armados. Tras los saludos pertinentes nos entregan a cada uno un chaleco antibalas y un casco azul de Naciones Unidas. Glups, "¿es necesario?", pregunté con un tonito de acojono importante. "Sí, es obligatorio, vamos a entrar en territorio de Hizbulá y la situación es ahora muy tensa", me contestó un guardia civil. En ese momento me acordé de la frase de mi mujer antes de salir -"pero, ¿se puede saber qué necesidad tenéis de ir a Beirut? ¡Son ganas de jugar a soldaditos!"- pues tenía razón: cuando uno se pone un chaleco antibalas, inmediatamente te preguntas "¿pero qué coño hago yo aquí?". Lo que nadie se puede imaginar es lo incomodísimo que es llevar dentro de un coche un chaleco antibalas y un casco: la placa de acero del chaleco al sentarte te llega hasta la barbilla, con lo que no puedes girar el cuello, y el casco hace que vayas tocando constantemente el techo del vehículo con la cabeza. Si a eso le añades una carretera llena de baches por culpa de la metralla de tantos años de guerra, todo eso se convierte en un auténtico infi erno. Tan incómodo pasé las dos horas de viaje que eso me hizo olvidar la zona que recorríamos, auténtico "territorio comanche". Cada kilómetro que nos acercábamos a la frontera con Israel el camino estaba más plagado de carteles propagandísticos de Hizbulá.

Cuarto día:
Con náuticos en la nieve
Llegamos a la base Miguel de Cervantes que el ejército español ha montado en Marjayun, un lugar estratégico en donde convergen las fronteras de Israel y Líbano, casi nada. Primer problema: no habíamos calculado que en el Líbano puede nevar y es que aquello parecía Stalingrado, la nevada fue tan bestia que hasta el Príncipe Felipe anuló ese mismo día su visita a la base. Y ahí estábamos nosotros como gilipollas, porque llegar a una base militar con medio metro de nieve y con unos zapatos náuticos es de gilipollas. A los diez minutos mis calcetines estaban absolutamente empapados, al cabo de veinte minutos estábamos haciendo cola en el almacén de la base comprando botas, guantes y gorros. En la base hay más de 1.100 soldados españoles. Nuestra llegada fue como la de Marilyn en los campamentos de la Segunda Guerra Mundial, bueno, mejor dicho, como la de Carmen Sevilla en Sidi Ifni. El agradecimiento de los soldados españoles al ver una cara conocida que se acordaba de ellos era fantástico. Allí los españoles hacen un trabajo ingrato y desconocido, pero que es ejemplar, patru llan bajo la bandera de Naciones Unidas por la frontera israelí evitando que ambos bandos se líen a tiros. Tuvimos momentos muy emocionantes, como cuando visitamos el monumento que han erigido en memoria de los siete españoles que murieron en un atentado con coche-bomba pocos meses antes. Visitar esa zona en un vehículo blindado igual que el que atentaron y escoltados por un convoy de más de diez carros blindados pues acojona, la verdad. Otro momento intensísimo fue conocer a un matrimonio que están de misión en la misma base. Les llevábamos un mensaje gra- bado el día que su hijo cumplía 4 años, hijo al que hacía 6 meses que no veían. Sólo os diré que en ese momento lloró hasta el apuntador, y os aseguro que ver a un coronel y a varios mandos del ejército llorando a lágrima viva deja huella. La emoción fue tal, que la madre cuando acabó la grabación le prometió a su marido un segundo hijo, ese momento queda exactamente refl ejado en la fotografía de la derecha.

Quinto día:
El vuelo sobre la base
La vida en la base es un no parar. Por la mañana ves a todo el mundo con una bolsa blanca en el hombro dirigiéndose a un mismo barracón; mi curiosidad me pudo, fui a chafardear, era simplemente la lavandería. Los soldados llevan su ropa en esas bolsas que tal cual se meten directamente en gigantescas lavadoras. El trabajo es duro, no paran de entrar y salir convoyes de carros blindados, y encima es un trabajo sin fi nes de semana porque desde el atentado del verano pasado la ONU ha prohibido a los soldados salir fuera de la base. Otro día se empeñaron en que viésemos la base desde el aire, y hay que decir que los helicópteros militares vuelan con las puertas abiertas, como en las pelis, pero claro, en el cine el frío no se siente. Pues hay que decir que fue horroroso: si en la base estábamos a 2 ó 3 grados, volando podíamos estar a menos 10, ¿qué necesidad teníamos de ver la base desde el aire?

Otra curiosidad es una tienda que un libanés ha montado a las afueras de la base. Le ha puesto a su almacén "El corte inglés": "Aquí hay de todo, como en el de allí", nos justifi có el propietario, que, por cierto, estaba indignado porque desde el atentado a los soldados no les dejaban salir a comprar y eso se notaba en la cantidad de polvo que tenían todos sus artículos. Para terminar, sólo comentaros como en esos días entendí la indignación del pueblo libanés con los cortes de energía eléctrica que provocaba el gobierno israelí. Hacía tanto frío en la habitación del hotel que por primera vez en mi vida dormí vestido con abrigo y botas dentro de la cama. En fi n, como bien dijo mi mujer, "son ganas de jugar a soldaditos".