Leyendas de Cuenca

El paisaje y la historia transfigurados por la pasión de una leyenda. Tal es el nuevo producto que Castilla-La Mancha acaba de lanzar al mercado turístico. Un libro con formato de cómic y un manojo de leyendas para recorrer las cuatro provincias manchegas en "20 Escapadas de Leyenda". Las referidas a Cuenca nos conducen a los más hermosos escenarios de esa provincia.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Llevar un leitmotiv en la mochila es siempre un estímulo. Y más cuando se trata de bellas historia ligadas, para colmo, a los más hermosos parajes. El libro20 escapadas de leyenda, editado por Castilla-La Mancha y que se distribuye de manera gratuita, adopta un gesto salomónico para repartir argumentos por todo el territorio autonómico -pues son muchos, y con padrinos de lujo como Bécquer o Zorrilla, los referidos singularmente a Toledo-. Pero en todas partes cuecen fábulas. En Cuenca el libro localiza cuatro, aunque en este recorrido nos van a salir al paso muchos otros relatos o pretendidos sucesos verídicos de brumosos contornos.

Iniciamos la aventura en la localidad de Priego (cada leyenda puede justificar un viaje, o bien se pueden ensamblar varias en un periplo continuado). Hay en Priego una puerta, la de Molina, que dicen es el umbral exacto entre la Alcarria y la Sierra. Así que es pueblo bilingüe, geográficamente hablando, no muy grande (1.200 vecinos, que se doblan en verano), bañado por el río Escabas, y otros dos algo alejados del casco urbano, el Trabaque y el Guadiela; en los bares de la plaza se exhiben truchas embalsamadas de hasta cinco kilos y más de medio metro. Por el Escabas sacaban madera los gancheros; los hubo hasta los años 50, salieron en el NO-DO y lucen fotos suyas por los bares. Desde hace cuatro años se les dedica una fiesta, por agosto.

Otra de las señas de identidad del pueblo son los alfares. Hubo hasta cuarenta, por aquellos mismos años; ahora sólo quedan cuatro. También queda un artesano del mimbre (se están promocionando en la comarca la Ruta del mimbre), y ninguno que siga tejiendo mantas. Esos cuatro oficios están evocados en el discreto Museo Etnológico, en una casa de noble portada. Hay varias fachadas con escudos y timbres heráldicos, y un palacio renacentista, el de los Condes de Priego, que es ahora Ayuntamiento. Pero la estampa más pintoresca es la del castillo, o lo que de él queda, situado sobre un espolón rocoso en cuyas faldas se abre la Covacha del Moro, ligada a la leyenda de La Mora encantada.

Es una historia típica de frontera: la joven Zobeya, enamorada del apuesto cristiano del castillo, es la víctima de un hechizo propiciado por su propio padre, que la convierte en una sierpe aherrojada a esa gruta inaccesible. No es la única leyenda. A las afueras de este pueblo conquense, sobre un risco que se abre como un balcón sobre la hoz del río Escabas, se alza el Monasterio de San Miguel de las Victorias (abandonado, qué espléndido Parador u hotel de encanto podría ocupar ese edificio). La cresta que tiene enfrente se llama el Pico de la Degollá, por otra historia a la que aluden también algunos blasones en el pueblo: al parecer, el conde ejercía con ahínco el derecho de pernada, así que los súbditos varones se alzaron en armas contra el señor; éste pidió a Cuenca una partida de corchetes, que hicieron una degollina de aldeanos precisamente en ese risco, donde antes se alzaba señera la Cruz de la Degollá, y ahora campa un bosque de antenas gigantescas: los nuevos amos.

El Estrecho de Priego, que es como llaman a esa hoz fantasmagórica, es sólo un amuse-gueule de lo que espera a quien se avenga a prolongar la escapada hasta Beteta. La Hoz de Beteta es un territorio mágico, oblongo y sanguino, donde cada roca o crestería, cada arroyo o manantial (Solán de Cabras está allí) vale por una leyenda. Si en lugar de hacia el norte buscamos el oriente por la Boca del Infierno (CUV-9031), llegaremos entre pinos y praderas a otro enclave mágico, declarado Monumento Natural: el nacimiento del río Cuervo. No sé qué leyendas se ocultan allí, pero seguro que las hay. Aquellos calares y tremedales embebidos de agua y musgo suelen ser hábitat de ninfas, lamias, gnomos y otras criaturas traviesas y esquivas.

Pastos altos y aserraderos nos acompañan, por Tragacete, hasta Uña, donde el libro citado sitúa otra leyenda o creencia popular: que la laguna a los pies del pueblo está infestada de sierpes y monstruos anfibios dedicados a dar sustos a los pobres lugareños. Al menos hasta hace poco; ahora la laguna está domesticada, con pasarelas y telescopios para observar aves nada maléficas, pobres. Es un paraje hermoso, aunque no tanto como el cercano embalse de La Toba, con un río Júcar represado que tiene pintas de canadiense.

Cuenca está ya a un paso, pero antes hay que atravesar la Ciudad Encantada. El nombre lo dice todo, y su fama, también. Cada pedrusco, cada extraña formación o recoveco podría amparar una leyenda como un liquen. Manuel Tirado (en Historias y leyendas de Cuenca) recoge una referida al Tolmo Alto, una de las rocas más célebres. Según la tradición, sobre ese hongo de piedra habría sido quemado el cuerpo de Viriato, cumpliendo la voluntad expresada en vida a una joven conquense con la que anduvo en amores, cuando hacía la guerra a los romanos por estos pagos. Las danzas y los gritos guerreros en torno al túmulo podían escucharse en ciertas noches, a través de los siglos.

Cuenca es en sí misma una ciudad encantada. La magia de su emplazamiento la arrastra como un torbellino al sumidero de los tópicos, así que la ciudadanía se alerta, reacciona y se inventa de continuo nuevos artificios, retos o museos para estar viva, y poder competir en la carrera por ser Capital Cultural Europea en 2016. La leyenda propuesta por el libro que nos guía se refiere a la Cruz de los Descalzos, o Cruz del Diablo. Según cuenta la tradición, el demonio, queriendo seducir a un jovenzuelo, se disfrazó de mujer, y casi le camela. Pero el mozo observó a tiempo, bajo el pliegue de la enagua, una horrible pezuña, así que huyó despavorido y no paró hasta tocar con su mano la cruz de piedra del Convento de Descalzos; su mano quedó grabada, lo mismo que la pezuña del maligno (por supuesto, el chico se metió a fraile y fue bueno en adelante). La cruz ha sido rehecha (estaba la piedra carcomida) y se encuentra en la bajada a las Angustias, uno de los rincones más evocadores (y ariscos) en el friso que da a la Hoz del Júcar.

Pero Cuenca está llena de historias. Miguel Tirado recoge otras (Las brujas de Mangana, las Casas del Rey...), lo mismo que María Luisa Vallejo, en Leyendas conquenses; ahí se refieren unas cuantas, muy sabrosas, acerca del obispo y patrón de Cuenca, San Julián, y su fiel secretario San Lesmes, ambos ocupados en trenzar cestos de mimbre (milagrosos) en una cueva que sigue en la cima de la Hoz del Júcar, junto a la fuente del Santo (también muy curandera). Lejos ya de la serranía, al sur de la provincia, Alarcón constituye un verdadero oasis tan cargado de magia como los lugares precedentes. El castillo roquero, arropado por un triple paño de muralla, concita varias leyendas. Una alude a Fernán de Ceballos, que escaló a base de puñales la Torre del Homenaje cuando la conquista cristiana, en 1180. Otra refiere cómo la cautiva Elvira Ruiz entregó a los asaltantes cristianos las llaves de la fortaleza. Otra, en fin, atribuye el nombre del Pico de los Hidalgos al triste final de los nobles sarracenos asediados: cegaron sus corceles y los lanzaron a la carrera por ese precipicio.

Habría que sumar a esos fantasmas la sombra real del infante don Juan Manuel, que escribió en ese castillo parte de sus cuentos; o la del Marqués de Villena, alquimista y nigromante, se decía, urdiendo intrigas para hacer reina a La Beltraneja, en vez de a Isabel La Católica. Alarcón, como Priego, como Uña o como Cuenca, son, desde luego, villas dignas de atención por numerosas cosas, pero son además cofres repletos de historias y leyendas que pueden sazonar el viaje con altas cargas de emoción y aromas de fantasía.