León, dos mil años por la calle Ancha

Ciudad cultural y cosmopolita. En los apenas trescientos metros que mide la calle Ancha de León se concentra una buena muestra de la vida de esta ciudad de ciento veinticinco mil habitantes (que se acercan a los doscientos mil si se incluyen algunos municipios limítrofes, ya parte de la misma área metropolitana). Residentes de toda edad y condición, turistas y peregrinos del Camino de Santiago se cruzan formando una mezcla variopinta que le da un aire cosmopolita desconocido hasta hace bien pocos años. Esta es la nueva cara de León.

Epigmenio Rodríguez
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Foto: Gonzalo Azumendi

La calle Ancha sigue casi con exactitud el trazado de la Via Principalis del campamento romano que dio origen a la ciudad. También el nombre proviene de entonces: León es un derivado de Legión. La Legio VII Gemina se estableció aquí en el año 74 d.C. Antes, entre los años 10 y 15 d.C., lo había hecho la Legio VI Victrix. En el extremo oriental de la calle, donde en su momento estuvieron las termas (junto a la Porta Principalis Sinistra), se alza, hermosísima, la catedral. Orgullo de los leoneses, la llamada Pulchra leonina es una maravilla gótica cuya construcción empezó en el siglo XIII y en la que destacan la gran cantidad de vidrieras (junto con, aunque quizá sería mejor decir a consecuencia de, la ligereza de los muros) y, sobre todo, la belleza sin parangón de las mismas. Siempre vale la pena dedicar un buen rato a su contemplación y disfrute, aunque es recomendable hacerlo en los días soleados: el final de la mañana y el mediodía para la fachada sur, y la tarde para la principal, al oeste, y su rosetón. 

Al contrario de lo que ocurre en muchas otras catedrales españolas, la de León está prácticamente despejada en todo su contorno, lo que permite admirar sus formas casi desde cualquier punto de vista. Por el este, bordeando el ábside en dirección norte, se puede recorrer la calle de los Cubos, caminando junto al tramo oriental de la muralla, primero, y el septentrional después. En este, junto al llamado Arco de la Cárcel (la antigua Porta Decumana del campamento), se encuentra el Centro de Interpretación del León Romano, una referencia obligada para los amantes de la época y los interesados en el origen de la ciudad.

Si la catedral es la máxima expresión del gótico, San Isidoro lo es del románico. La basílica, muy cerca también del Arco de la Cárcel (y junto al tramo occidental de la muralla), es el resultado de numerosas obras, ampliaciones y modificaciones que arrancan del siglo X. Junto a su sobriedad extrema, tan propia del románico, destaca el Panteón de los Reyes, cuyas pinturas al fresco en sus muros y bóvedas (que, según algunos expertos, contienen elementos de la liturgia mozárabe) son reconocidas en todo el mundo como unas de las más valiosas en su género.

Al sur de la basílica, siguiendo la muralla hasta el extremo oeste de la calle Ancha, junto a la Porta Principalis Dextra, un conjunto de plazas (San Marcelo, Santo Domingo) y rincones forman el que se viene considerando centro geográfico de la ciudad. En la primera se encuentran el Palacio de los Guzmanes, del siglo XVI, y la Casa Botines, uno de los tres únicos edificios del arquitecto Antoni Gaudí situados fuera de Cataluña (otro de ellos se halla también en la provincia, en Astorga).

En la de Santo Domingo, que marca el límite entre la ciudad amurallada y el ensanche, tiene su sede el Museo Provincial. Su visita, obligada, permite adentrarse en el conocimiento de la provincia a través de la exposición permanente, que abarca desde la prehistoria hasta la actualidad, así como disfrutar de su magnífica colección de lápidas y monedas.

El nuevo reino

Si Roma tuvo tanta importancia en cuanto a la existencia misma de la ciudad, no menos habría de tener, para su desarrollo, el establecimiento en León de la capital del nuevo reino, en el año 912. Su impacto, a lo largo de los siglos siguientes, se vio reforzado por el impulso del Camino de Santiago. Siglos en los que, como se ha dicho, se construyeron San Isidoro y la catedral. Los artesanos empezaron a instalarse al sur de la ciudad, hacia donde esta inició un proceso de crecimiento; se construyó una nueva muralla, que pervive casi en su totalidad, y se llevó a cabo una primera urbanización de la ciudad.

Desde la plaza de Santo Domingo, primero hacia el sur, siguiendo la calle Independencia, después hacia el este, y finalmente hacia el norte, se puede caminar bordeando casi toda la muralla medieval hasta terminar en la Plaza Mayor, junto a la esquina sudeste del campamento romano. Esta plaza, del siglo XVII, aunque desprovista de la carga ornamental presente en otras similares, es un conjunto sencillo y armonioso de gran belleza. En ella sigue teniendo lugar, los miércoles y los sábados, un mercado tradicional heredero de los que se celebraban en distintos puntos cercanos ya en la época medieval.

Al sudeste de la Plaza Mayor, y a no más de tres o cuatro minutos caminando, hay otro enclave que a ningún visitante primerizo deja indiferente. Y más si se detiene, toma asiento y se deja impregnar por la quietud que impera a cualquier hora del día y que, a poco que se deje, le trasladará al pasado. Se trata de la plaza del Grano, cuyo pavimento tradicional es, al menos hasta el momento presente, único en España en un espacio urbano como este. En uno de sus lados se encuentra el ábside de la iglesia del Mercado, con una mezcla de estilos que incluye algunos elementos románicos de la obra original, que se remonta al siglo XI. Por delante de la iglesia pasan los peregrinos, camino de Santiago, recién franqueada la puerta más meridional de la ciudad, la Puerta Moneda, y aliviados ante la certeza de que solo unos cientos de metros les separan ya del merecido descanso tras una etapa dura, una más de las que se recorren por tierras de la meseta.

Entre ambas plazas, la del Grano y la Mayor, el laberinto de callejuelas, inequívocamente medievales (y cuyos nombres no dejan lugar a duda en cuanto a su origen: Azabachería, Zapaterías, Cascalería, Platerías...), incluye algunas de las que formaron en su tiempo la judería de la ciudad. Y contiene un gran número de palacios y edificios señoriales, testigos mudos de los tiempos de gloria de esta urbe, tan entrada en años, que fuera capital del viejo reino. Cabe mencionar, de entre todos ellos, el palacio de Don Gutierre, a escasos metros de la plaza del Grano, y el del Conde Luna, junto a la calle Ancha, en el límite del campamento romano y la ciudad medieval.

Nuevos Tiempos

Al periodo de gloria le siguieron tiempos de ostracismo. Siglos en los que León apenas vivió cambios, alejada (no necesariamente en el sentido físico) y aislada del progreso que modernizó otras ciudades, algunas de ellas nada lejanas. La llegada del ferrocarril, a finales del siglo XIX, junto con la influencia del ascenso de la burguesía en toda Europa, propició, aunque tarde, el ensanche de la ciudad, al oeste de las murallas y a ambos lados del eje formado por la nueva calle Ordoño II, que partiendo de la plaza de Santo Domingo, y tras atravesar el río Bernesga, llegaba, y llega, al lugar donde se ubicó la estación.

Gonzalo Azumendi

De este modo, la calle se convirtió, casi de un día para otro, en la más importante de la ciudad. En la actualidad conserva aún cierto aire de gran señora, tal vez un poco decadente, y es transitada por personas que siempre parecen de paso, cuando no con prisa. De vez en cuando, como contraste, una pareja de señoras entradas en años pasean cogidas del brazo y luciendo sus abrigos de pieles. Da la impresión de que no van a ningún sitio. Quizá vuelven de oír misa en la iglesia de San Marcelo, en la plaza del mismo nombre.

En el extremo noroccidental del barrio que se desarrolló al norte del eje citado se encontraba el que fue, en origen, convento de San Marcos. A él se puede llegar desde la plaza de Santo Domingo, siguiendo la calle que lleva su nombre, en poco más de diez minutos a paso tranquilo. Construido entre los siglos XVI y XVIII en el lugar donde existía un hospital de peregrinos desde el XII, el edificio, cuya fachada plateresca es magnífica, conoció multitud de usos (entre ellos el de prisión, de la que fue sufridor el mismo Quevedo; también lo fueron, siglos más tarde, gran cantidad de personas represaliadas durante y después de la guerra del 36) antes de convertirse en Parador Nacional en la segunda mitad del siglo XX. El lugar tiene gran interés, ya sea como monumento a visitar o como alojamiento. En el momento de escribir estas líneas acaba de ser cerrado al público para acometer obras de modernización. La previsión es que abra de nuevo en los primeros meses de 2019.

En la segunda mitad del siglo XX, especialmente al final del mismo, la ciudad conoció el mayor desarrollo urbanístico de su historia. Algunos de los nuevos barrios albergan instituciones de interés. En el de La Palomera, al noreste, creció el campus universitario. En el de Eras de Renueva, al noroeste (justo a partir de San Marcos), se ubican el Auditorio de la ciudad, muy cerca del Parador (prácticamente al otro lado de la calle), y el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, conocido como MUSAC, que abrió sus puertas en el año 2005 y está a no más de cinco minutos caminando.

Gonzalo Azumendi

Barrio Húmedo Vs Barrio Romántico

Prácticamente sin industria, León es, en esencia, una ciudad de servicios. La hostelería, que siempre fue importante, ha conocido un desarrollo notable, en cantidad y calidad, en los últimos tiempos. Hasta hace poco era el popular barrio Húmedo, que ocupa buena parte de la ciudad medieval, el que albergaba muchos de los establecimientos, tanto bares como restaurantes y locales de copas. Y donde se concentraba, por ello, gran parte de la vida social de la ciudad. En los últimos años, el auge del sector ha propiciado el surgimiento de nuevos locales en un barrio cercano, al norte de la calle Ancha.

En el conocido como barrio Romántico, cuya pujanza llama la atención tanto de leoneses como de visitantes, conviven establecimientos tradicionales con otros innovadores y de comida internacional. Lo que no parece es que el barrio emergente haya supuesto un quebranto para el Húmedo, que sigue teniendo gran actividad. De este modo, la calle Ancha se ha convertido también, y casi sin quererlo, en el eje que separa (o une, pues solo hay que cruzarla para ir de uno a otro) lo viejo y lo nuevo que, a su manera, representan los dos barrios. Con un denominador común del que los leoneses se enorgullecen y que a los visitantes, ya sean peregrinos o turistas (que cada vez son más), les encanta: con cada consumición siempre se ofrece una tapa. Gratis.

El entierro de Genarín

En la Semana Santa de 1929, el primer camión de la basura de León atropelló, y mató, a Genaro Blanco mientras orinaba junto a la muralla, muy cerca del Arco de la Cárcel. Genarín, nombre con el que pasaría a la posteridad, era un pellejero amante del orujo, las mujeres, los burdeles y el juego, muy conocido en los ambientes golfos de la ciudad. Tras su muerte, cuatro amigos, suyos y de la bohemia, decidieron celebrarla cada año, la noche de Jueves Santo, bebiendo orujo y recitando poesía en su honor en los locales de la plaza del Grano y aledaños en los que tantos ratos habían compartido con el difunto.

La procesión (como narra Julio Llamazares en su obra El entierro de Genarín, publicada en 1981) fue creciendo con los años hasta tal punto que en 1957 las autoridades la prohibieron ante el escándalo que produjo en la sociedad leonesa comprobar que el número de participantes en la misma era superior al de la marcha religiosa con la que se cruzó en su recorrido. Con la democracia, y tras la publicación de la obra de Llamazares, en vida aún del último de los cuatro evangelistas (el poeta Francisco Pérez Herrero, quien había mantenido viva la llama), la liturgia recobró, hasta superar con creces, la pujanza de los viejos tiempos.

Gonzalo Azumendi

En la actualidad, fieles y devotos del pellejero, no solo de León sino del resto de España y hasta del extranjero, acuden a la llamada de la Cofradía de Nuestro Padre Genarín para celebrar esta fiesta pagana única e incomparable. Cuarenta mil asistieron en la edición de 2017.

El museo Sierra Pambley

En la plaza de Regla, frente a la catedral, se ubica una de las instituciones más prestigiosas e interesantes de la ciudad. La Fundación Sierra Pambley, fruto de la filantropía de su fundador, e inspirada en las ideas de la Institución Libre de Enseñaza (Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y Bartolome Cossío fueron miembros del primer patronato), ha venido realizando, desde su nacimiento a finales del siglo XIX, una labor impagable en pro de la educación y la cultura.

En la sede de León, además del centro educativo, el salón de actividades y la valiosísima Biblioteca Azcárate, abre sus puertas desde 2006, en forma de museo, el caserón del siglo XIX que fuera residencia del fundador. Dicha apertura supuso la materialización del sueño que, junto con otros, siempre tuvo el poeta y Premio Cervantes Antonio Gamoneda (quien reside en una vivienda aneja), quien fue gerente de la Fundación durante muchos años.

Además del interés de la propia casa (cuya decoración, incluyendo el papel de las paredes, así como el mobiliario, traído de toda Europa, son únicos en la ciudad), que el dueño vistió con la esperanza de cautivar así a su amada, aunque con poco éxito, el museo alberga el archivo de la Fundación y su ingente obra cultural y educativa