León, elegante y con aire renovado

Esta ciudad de piedras viejas ha renovado algunos de sus rincones más tradicionales. También ha visto nacer un puñado de edificios que se presentan como ejemplo de elegancia y modernidad. Así es León, arriesgada y tradicional, intensa y divertida, espiritual y lúbrica, capaz de combatir el frío de las montañas con el cálido aliento de sus tabernas.

Javier Prieto Gallego

Decido introducirme en la ciudad por su vía más histórica, la calle Barahona, por donde han entrado a León los millones de peregrinos que vienen recorriendo el Camino Francés desde el siglo IX. La prolongación de esa calle es Puerta Mo- neda, en la que se ubicaban los cambistas que esperaban aquí a los peregrinos para darles el cambiazo, si fuera menester, y proveerles de metálico con el que gozar de los placeres mortales en tanto realizaban su tránsito hacia el limbo de los indultados. No era mal lugar para apostarse: al otro lado de la cerca esperaba a los penitentes el más lúbrico de sus barrios, tan resbaladizo para las almas camino del purgatorio como para el suelo de unas zapatillas desgastadas ya en ese empeño. Tanto, que hasta hoy mismo es conocido como el barrio Húmedo, lo más de lo más en picoteo, garitos, tabernas, restaurantes, locales de moda, tiendas con gancho y rincones pintorescos.

El paseo jacobeo por el viejo León no tiene pérdida. Hace tiempo el Ayuntamiento estampó en el suelo de las calles por las que discurre un reguero de vieiras de bronce indicadoras. Siguiendo éstas entro en la Plaza del Grano, nombrada en los callejeros como de Santa María del Camino por ser la iglesia que le enseña su ábside. Para algunos, entre los que me incluyo, es la más coqueta de León.

El Camino de Santiago enlaza los principales rincones históricos, pero escaquea, supongo que adrede, la exploración detenida del Húmedo y el Gótico o Romántico, que es el otro barrio del viejo León. Así pues, alcanzo el edificio de Botines y me planto en la calle Ancha, principal arteria de esta ciudad en días de compra y paseo. Curioseo la Plaza de las Palomas, la de Santo Domingo, el Palacio de los Guzmanes, la remonto y me doy tiempo, a mitad de calle, para un café con hojaldre (0,90 €) en Alonso. Justo al lado, entro a ver la farmacia Núñez, fundada en el año 1827, con artesonado de madera y botamen de los que ya sólo se ven con cuentagotas.

Espectacular catedral gótica
El final de la calle Ancha es la explanada sobre la que se alza la Catedral, uno de los edificios más espectaculares de la España gótica, 1.800 metros cuadrados de vidrieras, portento de equilibrio y juego de luces... Para enterarse de lo que de verdad significa, lo mejor es unirse a uno de los grupos guiados que la recorren. La cita es todos los días a las 12 en la puerta de la Oficina de Turismo, frente a la Catedral (Plaza de Regla, 3. ?987 237 082). Como no es la hora, me decanto por una audioguía, cascos y narración grabada que se cogen a la entrada del templo. Me alegro infinito de los prismáticos que metí en la mochila. Sin ellos resulta imposible apreciar de verdad las vidrieras. Busco con empeño la del Cazador y descubro que es la quinta de la fachada norte, empezando a contar desde la puerta. Está al lado izquierdo del órgano y es más oscura que las demás. También es la más antigua de todas. Y, además, es en la que se inspiraron los arquitectos Tuñón y Mansilla para inventarse la cromática fachada del Museo de Arte Contemporáneo de León (Musac), que ha puesto a esta ciudad en la cabeza del diseño arquitectónico de vanguardia.

Completo el recorrido con la visita al claustro y su museo. Al salir fuera me veo obligado a modificar mis planes. Veo a un señor con un conejo en una caja y caigo en la cuenta de que hoy es sábado, día de mercado, junto con los miércoles, en la Plaza Mayor. Me acerco en tres minutos y descubro un remedo de lo que debieron ser los mercados medievales en su tiempo. Los de verdad, no los de teatro. Ceñirme de nuevo a lo previsto me empuja otra vez hacia la Catedral para retomar el reguero de vieiras en busca de San Isidoro, otro rincón del León imprescindible. Apabullantes son las pinturas románicas de su Panteón Real, únicas en el mundo por la fuerza de sus colores, su maestría en el dibujo, sus composiciones y, sobre todo, por admirarlas en las mismas paredes en las que fueron pintadas y no sobre las de un museo.

El reguero de conchas expulsa al peregrino fuera del recinto amurallado por los romanos y permite, al mismo tiempo, tomar conciencia de las dimensiones de una muralla ciclópea, repleta de cubos defensivos. En un raro tránsito por el León de calles y fachadas comunes a las de cualquier otra ciudad, se aboca al ancho espacio en el que se conjugan la tradición del plateresco y algunos de los edificios más rompedores del nuevo León: el Hospital de San Marcos, el Auditorio, el edificio Europa, otro de la Junta, algo más allá el Musac y, enfrente, el nuevo Tanatorio Municipal. Completo la mañana curioseando San Marcos. Nacido en el siglo XVI como casa de la Orden de Santiago y asistencia al peregrino, tuvo también función de cárcel -en la que penó Quevedo-, escuela universitaria, cuartel y, hoy, Parador. Se puede pasar libremente para ver el claustro. Fin del peregrinaje.

Diseño de vanguardia
Dada la hora y lo que me queda para la tarde, decido picotear algo. Me acerco al edificio Europa y compruebo que el tapeo no es exclusivo del barrio Húmedo. En tres cortos de cerveza y un café quedo listo para digerir las atrevidas vanguardias que se sirven en el Musac, a dos pasos del Europa. Además, la luz de la tarde es la mejor para gozar con el juego de colores que ofrece su fachada. Por dentro, la cosa va en gustos y sensibilidades. Lo mejor es informarse y valorar si apetece ver alguna de las exposiciones de turno. No quiero perderme otro de los edificios con más fama de León. Y eso a pesar de que ni es turístico ni -toco madera- tiene horario de visitas. De hecho, va a ser la visita turística más extraña que haya hecho nunca. Al otro lado de la avenida se sitúa el nuevo Tanatorio Municipal, otro de los edificios vanguardistas con firma. Su estética hace que sea casi invisible.

Por fuera no es más que un estanque a ras de suelo. La estructura del edificio está semienterrada, pero lejos de parecer la antesala de una tumba, su diseño lo asemeja mucho más con el vestíbulo de un hotel moderno. Me cuelo procurando no llamar la atención entre los velorios y constato que en verdad merece la pena acercarse en vida: al margen de su función social, es una obra hecha con tanta estética que hace olvidar de inmediato para lo que en realidad se usa. El camino de regreso hacia el casco viejo, donde aún queda mucha tela que cortar, implica una parada en otro puntal del León de vanguardia: el Auditorio. Como hay exposiciones en su interior puedo disfrutar de este espacio sin poner cara de pena ni justificar mi gusto por las cosas bien hilvanadas.

Tampoco defraudan las hechuras de esta obra, también de Tuñón y Mansilla, premio de la bienal de arquitectura española de 2003, cuya mejor forma de degustación es asistir a alguno de los conciertos y actuaciones que se programan de continuo. En la medida en que ha ido entrando la noche, las callejas del Húmedo han vuelto a su ser. Tras el paréntesis de la tarde, comienza el baile de tapas mientras el aire se impregna de aromas que hacen imposible resistir las tentaciones. Tampoco hay por qué.

Cumplida la peregrinación de la mañana y visitado el tanatorio, el cuerpo tiene bula para hacer de su capa un sayo. Además, tuve la precaución de coger el hotel en la misma Plaza Mayor. Así no corro el riesgo de perder también mi alma en este laberinto de noches sin fin.