El legado soviético en Budapest: recorriendo los rincones en los que dejaron su huella
Budapest es una clase al aire libre de historia del siglo XX y sus habitantes un recordatorio de la huella que dejó en ellos el comunismo soviético impuesto tras la II Guerra Mundial.

Satélite en vez de periferia. Órbita en lugar de alrededor. Términos espaciales, interestelares, a los que recurrimos cuando hablamos de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Un país con dimensiones de continente. De exoplaneta. La huella que dejó el régimen de la estrella, la hoz y el martillo en Budapest, la capital de Hungría, tras el final de la II Guerra Mundial, le pasa como a la que dejó el astronauta Neil Armstrong en la Luna, que no se borra. De la huella lunar hay quien duda, de la huella del comunismo soviético, por mucho que se quiera ocultar, olvidar, por el dolor que infligió a los húngaros, está muy presente y escuece, a pesar de que el régimen de la estrella roja cayó con el derrumbamiento del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.
Esa huella en Budapest se manifiesta en la arquitectura, en la estética, y en el diseño. También en la forma de ser y estar de la gente. Como ese guía turístico local que contaba a un grupo de personas occidentales muy abrigadas la historia de la Plaza de los Héroes a cero grados centígrados con el abrigo abierto, con varios botones de la camisa sin abotonar, con la suela de los zapatos como unos neumáticos de un vehículo de la Fórmula 1 después de una carrera y fumando un cigarro tras otro. La Plaza de los Héroes y sus esculturas intercambiables al son de la ideología imperante, es un relato. Una película, El crepúsculo de los dioses. Ese guía turístico sin concesiones a la frivolidad, como el grueso de una generación que vivió y padeció el delirio expansionista de Stalin, es un testimonio. Es historia.

No hay transición sin su correspondiente monumento conmemorativo. Alegorías de la victoria y de la paz, estatuas de próceres a caballo, de soldados y de obreros e imágenes en forma de estrellas, hoces y martillos. Figuras de hierro, bronce y hormigón de grandes dimensiones colocadas en lugares estratégicos de las ciudades. Dianas en las que las palomas defecan y orinan. En Budapest a este tipo de monumentos solemnes también se les acumula la nieve en inverno; en la Plaza de la Libertad se encuentran los antagónicos Monumento a la Ocupación Soviética y una escultura de Ronald Reagan a modo de referencia de la Guerra Fría, en el Monte Gellért, cerro rocoso de 235 metros de alto que lleva el nombre de un obispo, San Gerardo, quien trató de cristianizar a los majiares, sin éxito y con consecuencias letales para él, se eleva el Monumento de la Liberación, levantado primero en honor a los soldados soviéticos, en los años 90 se quitaron los caracteres cirílicos y la estrella roja, y se consagró a los luchadores húngaros.

En el cementerio Fiumei hay un sector en el que están enterrados los soldados soviéticos y en otro los héroes de la revolución de 1956, en Memento Park están las esculturas rescatadas que durante el régimen comunista se exhibieron en las calles de Budapest, como una enorme de Lenin, así como otra de un par de botas que simbolizan la desaparición de Stalin tras la Revolución de 1956. Aunque para pares de botas los que hay instalados a orillas del Danubio a modo de recuerdo de todas esas personas asesinadas por ser judías a manos de los nazis durante la ocupación de Hungría por parte del Tercer Reich.

Tras la II Guerra Mundial quienes liberaron a los húngaros también les ocuparon y convirtieron al país en un territorio gobernado por un títere controlado desde la URSS. La bella Budapest del antiguo y bicéfalo Imperio Austrohúngaro enmudeció y quedó taciturna. El poso de aquel periodo, en el que los dirigentes adoptaron como excusa la frivolidad y la vida burguesa de Occidente para imponer la obligación, la censura y el fanatismo, es el estilo grunge que parece haber adoptado la ciudad y sus habitantes. En Budapest toca rascar para ver algo que no sea desilusión y apatía. Quién sabe si la luz se apagó cuando los tanques de la Unión Soviética acabaron de manera brutal la insurrección que surgió de manera espontánea en la Plaza Bem József el 23 de octubre de 1956 en la que intelectuales, estudiantes, obreros y campesinos clamaron por un socialismo nacional, libre y reformista. Además de la cruel represión que sufrieron algunos de los rebeldes, János Kádár, quien fuera Primer Ministro de Hungría y Primer Secretario del Partido Comunista de Hungría, convenció a la URSS de que una vez sofocada la revuelta retirase sus tanques del país y permitiera a Hungría un mínimo de independencia interna.

Entre 1945 y 1989 se impuso el comunismo filosoviético y se acometió una reconstrucción y transformación urbana tan práctica como simbólica que a día de hoy es visible si se está atento, se pasea por la periferia y se hace uso del metro, del tranvía y del trolebús. Aquel lavado de cara lo hicieron a través de una arquitectura imponente que combinó la sobria y austera monumentalidad con la funcionalidad y que empleó materiales de construcción modernos y baratos, como el cemento y el plástico, además de seguir recurriendo al hierro. Aunque el objetivo era desmarcarse de Occidente, las modas del lado Oeste no les eran indiferentes. La geometría, la disposición de los espacios, la tipografía y los colores primarios que luce la línea azul M3 de metro, en funcionamiento desde 1976, hace las veces de una gran galería de arte pop subterránea de estética soviética.

Dicha línea tiene una parada en la estación de tren de Nyugati. Estación construida con hierro, vidrio y ladrillo, así como detalles en madera, a mediados del siglo XIX. Durante la etapa soviética el interior de la misma se redecoró, de ahí la colorida sala de espera y las sillas amarillas de fibra de vidrio. Hace no mucho en sus andenes llegaban trenes con pasajeros procedentes de Ucrania. Familias a medias que huían de la guerra provocada por Rusia al invadir aquel país. Cuanto daño hacen los estados que se autoproclaman madres patrias de otros.

Menos atractivos, pero visualmente impactantes, son los grandes bloques de viviendas de cemento que se pueden ver en los alrededores de la estación de metro de Kelenföld, en el lado de Buda. Unas construcciones tan económicas como rentables al optimizar al máximo el espacio alojando a muchas personas. Construcciones bastas, monótonas y repetitivas que parecen enormes cajas de cerillas. Entre todas ellas llama la atención, como si de un oasis se tratase, la presencia de un supermercado. Una imagen que recuerda a la película Goodbye Lenin.
Una estatua del que fuera el primer líder de la Unión Soviética, Vladímir Ilích Uliánov, más conocido como Lenin, no falta en Memento Park. Un recinto al aire libre inaugurado en 1993 en el que se exhiben las efigies rescatadas y conservadas tras la caída del Telón de Acero. La colección está compuesta principalmente de imponentes estatuas de Lenin, Stalin, Marx, Engels, así como de líderes comunistas húngaros y las clásicas esculturas de campesinos, obreros y soldados. Esta especie de fosa común ordenada e inventariada solo es posible en una democracia, régimen maleable que hace hueco y escucha a quien tiene una ideología que no la reconoce. En la actualidad el primer ministro de Hungría es Viktor Orbán. Un ultraconservador amigo de Putin y aplaudido por Santiago Abascal y Javier Milei. Estatuas como las de Memento Park representando a deportistas se pueden ver en los alrededores del nuevo estadio de fútbol Ferenc Puskás. El antiguo estadio era una imponente construcción de hormigón que parecía que se había esculpido solo para que en su interior tuvieran lugar grandes gestas deportivas. En la oficina de venta de entradas de Memento Park también es posible comprar postales, imanes e insignias con estampados soviéticos de políticos, astronautas, naves espaciales, estrellas rojas, hoces y martillos. Desde Memento Park se ve la brutalista torre de agua de Budafok de casi 50 metros de alto.

Algo parecido ocurre en el gran y artístico cementerio Fiumei, al que se puede ir desde el Parlamento en el tranvía 23. Los tranvías amarillos en Budapest son lo que los instrumentos de viento en una orquesta sinfónica. Dentro del cementerio hay un sector reservado para las tumbas de los soldados soviéticos sin más decoración que una estrella y el nombre del difunto, en otro sector descansan los héroes de la fallida Revolución de 1956 y esparcidos por todas partes mausoleos en los que reposan los restos de ínclitos personajes de la historia de Hungría, como el mencionado János Kádár, enterrado aquí en 1989.

Más bullicioso es el Parque Városliget. Al mismo se puede llegar haciendo uso de la histórica y modernista línea de metro amarilla M1, la más antigua de la Europa continental (1896). Es corta, como sus trenes, que parecen de juguete, con paradas en algunos de los lugares más icónicos de la ciudad de Budapest, como los Baños Termales Széchenyi. Un complejo arquitectónico neobarroco y neorrenacentista de 1913 en el que destacan sus tres piscinas exteriores (una es para nadar, con el agua entre los 26 y 28 grados centígrados, y las otras dos son para relajarse, con el agua a más de treinta grados) rodeadas de esculturas.

En estas piscinas han sido fotografiados muchas veces señores mayores jugando al ajedrez. El sitio lo abastece un manantial natural del que emana agua con propiedades terapéuticas. En este palacio termal uno se puede bañar mientras la temperatura fuera del agua es de 0 o menos grados centígrados. Del interior del Monte Gellért, en el que se encuentra el mencionado Monumento de la Liberación, brotan tres manantiales termales que abastecen a otros tres baños a orillas del Danubio: Gellért, Rudas y Rácz. En el primero de los tres el espacio y su estética van más allá de su función. En su interior hay mosaicos, vitrales y esculturas. Unas columnas de mármol sostienen la estructura, fácil de reconocer por su cúpula de cristal. Bajo bóvedas decoradas con motivos naturales y geométricos están las piscinas. Esta cultura vigente del baño no es un legado soviético, sino de los romanos (quienes se instalaron en Óbuda, al norte de Buda) y de los otomanos. Una concesión que siguen dándose los húngaros en Budapest.
Si aquel guía turístico local, el que estaba contando la historia de la Plaza de los Héroes a aquellos occidentales y abrigadísimos turistas, en 2025 o en 2026 o en 2027 se concede la licencia de abotonarse un botón más de su camisa, habrá dado un paso con una relevancia similar al que dio Neil Armstrong en la Luna.
GUÍA PRÁCTICA PARA VIAJAR A BUDAPEST
CÓMO IR
Dos opciones, con la aerolínea Iberia o con la de bajo coste Wizz Air.
DÓNDE DORMIR
A la hora de dormir, por ubicación, junto al Parlamento y al Danubio, en la zona de Pest, y por servicios, el Hotel Aurea Ana Palace es una buena opción. Ocupa un doble edificio histórico del siglo XIX, cuando la ciudad hacía parte del Imperio Austrohúngaro, muy cerca del Parlamento. El primer edificio data de 1847, es de estilo neoclásico y se diseñó como residencia. Función que desempeño hasta los años 20. El segundo edificio se construyó entre 1894 y 1896, es de estilo historicista y se construyó para ser la sede de la Delegación Austríaca bajo el reinado de Francisco José I. A lo largo del siglo XX albergó instituciones políticas, fue sede, entre otros, del partido nacionalsocialista gobernante (1938-1939) y del partido comunista (1945-1956), además de empresas y bancos.
Hoy los dos edificios, después de procesos de restauración, se han convertido en el Aurea Ana Palace. Un hotel que como elementos destacados de su glorioso pasado conserva la escalera, los detalles en las barandillas, los marcos de las puertas, el suelo hidráulico y las lámparas de araña. Lo que en el pasado fue el salón de baile hoy es el espacio en el que se desayuna, bajo el balcón desde el que la realeza disfrutaba de los conciertos. Entre sus instalaciones destaca el spa. En Budapest la cultura del baño está muy presente y hace parte del día a día de la gente.

DÓNDE COMER
Para comer sin dejar de salir de la época del Imperio Austrohúngaro se puede probar a ir a IDA Bistro. Un local de techos altos y abovedados, un espacio elegante e informal. En su carta se mezclan platos clásicos en los que se combinan las influencias húngaras y vienesas con sabores propios de hoy en día: goulash, paprikás de pollo con ñoquis de patata caseros, filete de pescado de los Cárpatos con cangrejo de río, champiñones, eneldo y patatas al perejil. La especialidad de la casa es el Tafelspitz, un caldo de res con dumplings de sémola, verduras, carne cocida, espinacas, puré de manzana, salsa remoulade, rábano picante, tuétano y tostadas.

A modo de colofón el día en Budapest se puede acabar en uno de sus varios bares de ruinas. Este tipo de bares se encuentran en algunos de los edificios abandonados del siglo XIX que hay en el barrio judío de la ciudad. La idea de convertirlos en bares y discotecas surgió en el 2000, cuando se pensó qué hacer con todos aquellos inmuebles vacíos, abandonados y destartalados. Hoy son un reclamo de la noche, cada vez más entre los turistas. Los más populares son Szimpla Kert e Instant-Fogas. Este último es muy grande, 1.200 metros cuadrados de pasillos y patios, en los que se suceden varias salas, cada una con su propio género musical (rock, pop, metal, drum&bass, techno, punk y música urbana), en diferentes plantas, varias barras de bar, tienda con productos temáticas del local y de venta de comida.

QUÉ LEER, QUÉ PELÍCULA VER Y QUÉ MÚSICA ESCUCHAR
En cuanto a libros, la obra literaria de Imre Kertész, Nobel de Literatura en 2002. Y La sublime locura de la revolución, de Indro Montanelli, publicado por Gallo Negro.
Una película: La caja de música.
Un grupo de música: The Carboonfools y las composiciones de Franz Liszt.
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