Las cicatrices de Francia

París, los castillos del Loira, la Costa Azul... Los enormes atractivos turísticos de nuestro vecino del norte, le convierten, año tras año, en el país que más visitantes extranjeros recibe de todo el planeta.

Carlos Hernández

En 2013, fueron más de 83 millones los turistas que disfrutaron de unos días de vacaciones en Francia. Sin embargo, para la mayoría de ellos pasó desapercibido un aspecto fundamental de la gran nación gala. Una parte de su historia sin la que es imposible entender su cultura, su sociedad y su realidad actual. La belleza deslumbrante que contemplamos hoy, oculta unas profundas cicatrices que siguen estando ahí. Cicatrices provocadas por las dos grandes guerras mundiales que convirtieron todo el país en un enorme campo de batalla. Dolorosas marcas que los franceses enseñan con orgullo a quienes deseen verlas, porque permiten recordar la grandeza y el heroísmo de quienes lucharon por la libertad. Pero, sobre todo, porque sirven para no olvidar el horror vivido y poder mostrárselo a las nuevas generaciones con el objetivo de que no se repita.

Son tantas esas cicatrices, que el viajero se topará con alguna de ellas a poco que las busque. Todo el territorio francés está salpicado de memoriales dedicados a las víctimas, museos en los que se recrean batallas históricas, cementerios de soldados estadounidenses, británicos o alemanes, escenarios naturales en los que se produjeron desembarcos, ocupaciones y liberaciones... Puestos a elegir, si nos ceñimos a la importancia histórica de las batallas, muchos optarían por acercarse hasta Verdún, donde tuvo lugar una de las contiendas más célebres de la I Guerra Mundial; o visitar las playas de Normandía en busca de restos del día ‘D'' que marcaron el comienzo del fin de la locura homicida de Hitler. Sin embargo, hay otros lugares menos conocidos, que no atraen tantos visitantes, pero que nos permitirán conocer mejor esas heridas, nunca curadas del todo, que sirvieron para construir la Francia que conocemos hoy.

Línea Maginot

Una de las mayores obras bélicas de la historia y, quizás, la más inútil de todas ellas se conserva en un sorprendente buen estado a lo largo de la frontera con Alemania. La famosa Línea Maginot permite al viajero retroceder en el tiempo y revivir los momentos previos al inicio de la II Guerra Mundial. Tras la nefasta experiencia de la anterior contienda bélica, los estrategas franceses decidieron, en los años 30, realizar una megaconstrucción defensiva que les protegiera de una posible invasión alemana. Cerca de 500 kilómetros de túneles, centenares de fortalezas y miles de búnkeres se plantaron como setas entre la frontera Suiza y las proximidades de la frontera belga. Un planteamiento estratégico anticuado que no supuso problema alguno para Hitler. El dictador alemán no atacó de frente, sino que prefirió invadir Francia desde el Norte, flanqueando la costosa e inútil ‘línea inexpugnable''.

Hoy pueden visitarse numerosos fuertes a lo largo de la frontera franco-germana. El mayor de ellos es el de Hackenberg. Su construcción se demoró durante cerca de 6 años en los que casi 2.000 trabajadores excavaron la montaña hasta construir una veintena de bloques de combate y diez kilómetros de galerías. Por este mundo subterráneo se movían miles de soldados franceses que, sin tener que salir al peligroso exterior, podían acceder directamente al interior de los búnkeres. Esos pequeños fortines asomaban unos centímetros en la superficie para poder observar y, si fuera necesario, repeler un ataque enemigo. Buena parte de esta faraónica estructura continúa en pie y puede recorrerse con guías de la zona.

Tras acostumbrarse a la escasa luz de los túneles, nos adentramos en los inmensos corredores por los que se desplazaban los combatientes. El frío y la humedad son intensos dentro de las instalaciones del fuerte durante todo el año. El óxido ha invadido los restos de armamento ligero y pesado que se conservan en su interior. Sin embargo, un pequeño tren recorre los mismos raíles por los que se transportaba a los efectivos hasta los puestos defensivos más alejados. A una sorprendente velocidad, el tren avanza kilómetros en la montaña hasta que se detiene bruscamente junto a uno de los mayores búnkeres. En él, pese a los lastimeros chirridos del hierro oxidado, continúa funcionando el sistema mecánico que permitía elevar y posicionar los cañones para repeler un posible ataque enemigo.

Tras recorrer una interesante exposición de recuerdos bélicos del ejército francés y también de la etapa en que el Fuerte estuvo en manos alemanas, el camino termina en una puerta de medio metro de grosor por la que se accede al exterior. Allí se ve la parte ‘visible'' de la Línea: una plantación de búnkeres de todas las formas y tamaños, separados los unos de los otros unos cuantos metros para no dejar ni un ápice de terreno sin vigilar. De una ladera de la fortaleza sobresalen varios cañones de artillería y los hierros de la estructura reventada por la guerra y por el tiempo. La montaña nos muestra sus propias cicatrices.

El pueblo mártir

Si nos alejamos de la frontera y, tal y como hicieron los ejércitos del Reich, nos adentramos hasta el corazón del territorio francés, encontraremos uno de los ‘museos de la memoria'' más conmovedores de toda Europa. Las calles y los edificios de Oradour-sur-Glane permanecen tal y como las dejaron las tropas nazis el 10 de junio de 1944. Las tropas aliadas acababan de desembarcar en Normandía y la Resistencia francesa multiplicaba sus acciones. El ejército alemán, herido de muerte, se convirtió en una fiera aún más peligrosa y realizó sangrientas operaciones ‘ejemplarizantes'' contra la población civil. La maldita casualidad quiso que el General Lammerding eligiera este pequeño pueblo de la región de Limousin, para dar uno de sus escarmientos. En sólo unas horas, una compañía formada por 200 SS obligaron a reunirse a todos los habitantes de Oradour con el objetivo de acabar con todos ellos. A las cuatro de la tarde comenzó una de las mayores masacres de toda la guerra. Ese día murieron asesinados 642 personas, entre ellas 193 niños. Los terribles detalles de la matanza, los hemos podido conocer gracias al relato de los 6 únicos supervivientes.

Tras la guerra, el general De Gaulle quiso que el tiempo se detuviera en Oradour y que los visitantes pudieran contemplarlo tal y como quedó tras la masacre. Pasear por sus calles es sobrecogedor. Permanecen intactos tanto la vía como el tendido eléctrico que utilizaba el tranvía que unía el pueblo con la vecina ciudad de Limoges. Los coches y las bicicletas descansan en el lugar en que los dejaron sus dueños aquella mañana, hace 70 años.

En el interior de las casas aún se pueden ver viejas máquinas de coser y otros utensilios personales. Las ruinas del taller mecánico y del antaño bullicioso café, nos permiten imaginar la tranquila y rutinaria vida que se llevaba en Oradour antes de aquel 10 de junio. Los restos parcialmente calcinados de la iglesia en la que perecieron las mujeres y los niños, transmiten todo el dramatismo que se vivió entre sus muros.

Unas placas rinden homenaje a las víctimas en los distintos lugares en que fueron asesinadas. A unos pocos metros, el cementerio en el que yacen y un memorial en el que se recuerdan todos sus nombres. Entre ellos encontramos apellidos familiares: Serrano, Llorente, Gil... Se trata de la veintena de españoles fallecidos en la masacre, que son recordados en una placa a la que acompaña una pequeña escultura arrancada del Guernica de Picasso. A la salida, un sobrio museo explica la triste historia de Oradour y repite un mensaje al visitante: "Debes recordar, nunca olvidar".

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