Las cataratas Victoria, en el bicentenario de David Livingstone

Forman la cortina de agua ininterrumpida más larga del mundo. Un impresionante salto del poderoso río Zambeze, que se despeña por un cortado de cien metros de altura, choca contra una pared vecina y forma, con un estruendo colosal, una enorme nube de vapor de agua siempre animada por los colores del arco iris. Son las cataratas que los nativos kelolo llamaron "mosi oa tunya", el "humo que truena", y que fueron rebautizadas con el nombre de su reina, Victoria, por el misionero y explorador David Living-stone, de quien el próximo mes de marzo se cumple el bicentenario de su nacimiento.

Mariano López

Las cataratas Victoria son una de las más bellas maravillas naturales del mundo. Un salto de agua violento y atronador, vestido con los colores del arco iris hasta en las noches de luna llena. Miden 1.708 metros de ancho y 100 metros de altura media, 107 metros en el punto de mayor altitud. El río Zambeze avanza lento y cansino por un frente de casi dos kilómetros hasta que, de repente, se encuentra con un cortado vertical que alcanza a todo el ancho del río y que consigue que se despeñen 550 millones de litros de agua por minuto, 620 en abril, el mes de la crecida. Todo este colosal volumen de agua cae encajonado, entre la pared por la que se despeña y una pared enfrente, a tiro de piedra de la anterior, por donde saltaban las cataratas hace medio millón de años. De ahí el tremendo estruendo que crea el agua al golpear contra la base rocosa de la pared vecina, la nube de vapor que nace del constante batir del agua contra las rocas y la imposibilidad de ver la cataratas si no es desde muy cerca, desde la pared de enfrente, cortada en dos por el cauce del río, o desde el mismo borde, como hizo Livingstone.

David Livingstone, explorador y misionero escocés, empeñado en combatir la esclavitud en África, extender la fe cristiana y abrir nuevas vías al comercio con el Reino Unido, navegaba por el Zambeze cuando divisó el humo y escuchó el estruendo diez kilómetros río arriba. Preguntó a los nativos la razón del ruido y las columnas de humo. Sus informantes parece ser que fueron los kololo, una comunidad que se había establecido unas décadas atrás en la zona huyendo de su antiguo hogar, en el Este, agobiados por la presión de los zulúes. Para los kololo, lascataratas eran mosi oa tunya, el humo que truena. Livingstone recoge este nombre en sus diarios y también hace referencia a otro nombre anterior, shongwe, que, según se cree, era el nombre más común antes de la llegada de los kololo. Pero no el único. Los nambia las llamaban chinotemba, el lugar que truena (chinotemba es, precisamente, el nombre con el que algunos grupos, en Zimbabue, quieren rebautizar a las cataratas Victoria); los zezuru las llamaban mapopoma (estruendo), y los ndebele, manza thunqayo, el humo que se eleva. Los tonga creían que allí donde se estrellaban las aguas del río y nacía el arco iris se ocultaba una divinidad.

Una belleza indecible

Livingstone se acercó a las columnas de vapor, cuya cima se perdía en las nubes. La vegetación era cada vez más densa: una selva tropical en la que abundan la teca, las palmeras, el ébano y los baobabs. Hay cientos de aves y mariposas y, a cada rato, la vista queda atrapada por la figura de los elefantes que bajan a beber al río, los hipopótamos que lo habitan, los búfalos que lo circundan y toda clase de antílopes que se mueven en la espesura. "Todo el paisaje -escribió David Livingstone- es de una belleza indecible".

El 16 de noviembre de 1855, Livingstone cambió su canoa por otra más ligera y avanzó por el Zambeze hasta alcanzar una isla que se encuentra en el mismo borde de las cataratas, la isla Kazeruka, hoy rebautizada como isla Livingstone. Andando, sobre las piedras húmedas, el misionero se acercó hasta el punto donde las aguas se despeñan. Quedó absorto, cautivado, maravillado por el soberbio espectáculo, que bautizó con el nombre más honorable que pudo imaginar, de acuerdo con su conciencia: el nombre de su reina, Victoria. Años después escribiría su famosa frase: "Escenas tan bellas deben haber sido contempladas por los ángeles en su vuelo".

Miradores en la frontera

Livingstone tiene dos estatuas cerca de las cataratas. La primera, la más antigua, se encuentra en una esquina del corredor habilitado frente a las cataratas en Zimbabue. Las cataratas y un largo tramo del río sirven de frontera entre Zambia y Zimbabue, de modo que para disfrutar de todos los ángulos posibles del espectáculo hay que cruzar la frontera y ver cómo se desploma el río desde los rústicos miradores creados por los dos países. La estatua de David Livingstone en Zimbabue le representa más como un militar altivo que como un sufrido misionero, con botas, chaleco y gorra de campaña, sobre una base de piedra que lleva su divisa: "Cristianismo, Comercio, Civilización". Livingstone no es, hoy, un personaje muy apreciado en Zimbabue. Más bien se le considera un símbolo de la época colonial, del imperialismo. La otra estatua del explorador se ha levantado en fechas recientes en Zambia, un país que ha apostado, con fuerza, por el turismo, se ha beneficiado de la crisis de Zimbabue y, a diferencia de su vecino, celebra y glosa la figura de Livingstone quizá porque ha encontrado en ese reconocimiento una precisa forma de atraer divisas. La villa de Zambia más próxima a las cataratas se llama Livingstone y cuenta con un correcto aeropuerto. Junto a la oficina de turismo de Livingstone se encuentra un heterogéneo museo que guarda algunas ropas y objetos del misionero escocés. Fue renovado en 2003, con fondos de la Unión Europea.

Después de despeñarse por las Victoria, el Zambeze, que ya ha sufrido en su curso anterior otras cuatro cataratas menores, fluye con violencia,encajonado por las paredes rocosas que hace millones de años sirvieron sucesivamente de soporte a la mayor cortina de agua de África. Luego atraviesa con parsimonia más de mil kilómetros de llanura africana antes de hallarse con los arenales y marismas de Mozambique, por donde desembocará al mar.

La autopista de dios

David Livingstone adoraba también al Zambeze. En algún libro lo llamó "la autopista de Dios en África". Una autopista por la que circulan los ángeles, que se paran al llegar a las prodigiosas cataratas que Livingstone denominó Victoria, contemplan la nube, la cascada, el ruido y el arco iris, y agradecen el espectáculo con la luz que enciende el Zambeze cuando el sol se oculta entre sus aguas, cada atardecer.