Las 21 Maravillas del Mundo

Una encuesta en la página web www.new7wonders.com promovida por una fundación suiza ha dado como resultado la elección por parte de 19 millones de internautas (asesorados por algunos expertos) de las 21 maravillas del mundo actual, a partir de las cuales se elegirán las siete definitivas, como hizo Filo de Bizancio con las maravillas del mundo antiguo. El resultado final se dará a conocer el 1 de enero de 2007 y se puede votar durante todo este año. Sin duda no están todas las que son, pero sí son casi todas las que están en una selección más que tentadora para cualquier viajero.

Jesús Torbado

Probablemente ninguna generación humana ha querido negarse a entregar a la siguiente el canon de las más hermosas o hábiles realizaciones de sus antepasadas y de ella misma, a fijar la lista de aquello prodigioso, valioso y bello que todo el mundo debería siempre conocer, apreciar y ensalzar. De hecho, la pintoresca historia de las llamadas Siete Maravillas del Mundo resulta a veces tan apasionante como las maravillas mismas. ¿Maravillas? Aquello que es digno de mirar, de admiración. Y como este término admite mucha generosidad, resulta tan ancho como personal y ambiguo. Es decir, cada viajero podría en todo momento proponer rápidamente su personal listado y pelear por un determinado edificio en oposición a otro más alto, más grande, más estentóreo, o preferir un paisaje secreto a todos los de reconocido y popularizado o publicitado prestigio.

Pues esa es la otra cuestión: cuando se habla de las maravillas, las del mundo clásico, la referencia se limita exclusivamente a obras realizadas por la mano del hombre en el dominio de la arquitectura y la ingeniería. ¿Merecen menos aplausos, por ejemplo, los hermosos mosaicos de Cartago y las pinturas de Pompeya que el grandioso Coliseo romano? ¿Eran más bellas las estatuas de Praxíteles que el Coloso de Rodas? Y, para mayor tortura, ¿cómo comparar el dulcísimo y perfumado valle de Delfos y su inmensa extensión de olivares, obra más de la prodigiosa naturaleza que del hombre, con los jardines colgantes de Babilonia, la más extraña, la más intangible, la más maravillosa maravilla de las maravillas?

En la colección de maravillas más popular de cuantas hoy en día circulan por ahí, y tan oficial como para venir firmada por la Unesco, con sus ya casi 800 entradas, cabe de todo, como bien se sabe. Y convive un extraordinario paisaje centroafricano con la ciudad renacentista de Cáceres, una catedral con las grutas eslovenas de Skocjan, un barrio entero (el Albaicín de Granada) con el palacio de Fontainebleau...

La gran encuesta de una fundación creada en 2001 por el escritor y aventurero suizo Bernard Weber y al frente de la cual se ha situado el antiguo director de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, limita su alcance al concepto tradicional de maravilla, es decir, arquitectura e ingeniería, aunque sin duda entre los millones de votos recaudados por Internet aparezcan los elementos más interesados, inverosímiles o insólitos.

Hace ya ocho años, en esta misma revista nos lanzamos a la búsqueda de los diez pueblos más bellos de España, hubo cientos de votantes que apoyaron descaradamente al suyo, aun conociendo su modestia, incluso su insignificancia.

En fin, el pasado primero de enero, y desde Zúrich, se comunicó la selección acordada de 21 finalistas, entre las cuales también los votantes, y a lo largo de un año, elegirán las nuevas Siete Maravillas del Mundo. Es de creer que el número de 21 nominadas -tal y como ahora dicen en la televisión- obedece a un capricho similar al de las siete clásicas. Hace veintitrés siglos se eligieron siete quizá porque se trataba de un número con reminiscencias mágicas. Ahora, 21 porque son tres veces siete. Tal vez. Pues claro que hubieran podido ser entonces tres o quince y ahora cincuenta u ochenta y tres... Hay que colgarlas de un perchero para que las cosas continúen funcionando, incluso cuando pertenecen al género del mito y de la magia.

Se trata de un juego de convencionalismos, de una tabla de parchís en la que todos los viajeros se entretienen con entusiasmo. Y también los que jamás viajan. En realidad fueron tres viajeros poco o mal conocidos hoy -y más por su leyenda y su obra que por sí mismos- los primeros que se entregaron plenamente a este grato desafío. Al parecer fue el vagabundo Herodoto el primero en escribir sobre el asunto cinco siglos antes de Cristo en su famosa Historia. Se sabe que doscientos cincuenta años más tarde Calímaco de Cirene, el director de la Biblioteca de Alejandría, compuso toda una obra sobre las maravillas que existían a su alrededor. O sea, en torno al Mediterráneo oriental, pues de las maravillas de China o de la India no debía de tener ningún conocimiento. (La Gran Muralla se estaba levantando por aquel entonces). Mas como esa biblioteca ardió desde los cimientos al tejado 48 años antes del inicio de nuestra Era con sus setecientos mil volúmenes, también de ese informe nos han quedado apenas las cenizas de una referencia, no su contenido.

Ciertamente, debía recoger no sólo siete elementos dignos por entonces de admiración, y quizás tampoco -pues algunos resultan posteriores- los que hoy mantenemos en la caja del tesoro sino muchos otros de los que ni el recuerdo se ha aproximado a nuestro conocimiento. ¿Quién tiene alguna intuición sobre las legendarias murallas de Tebas, si hace tanto que Tebas dejó de existir?

Entre las docenas de anotaciones más o menos precisas y variadas de aquellos lugares que toda persona curiosa debía conocer (incluso la lejanísima y misteriosa ciudad de Babilonia, en cuyo viaje había entonces que gastar casi una vida entera), la mejor noticia de las Siete Maravillas se considera la que nos legó (hay un manuscrito, copia del original compuesto hacia el año 225 antes de Cristo, en la biblioteca de la universidad alemana de Heidelberg) el ingeniero bizantino Filo, avecindado en Alejandría. Curiosamente, entre las Siete no incluye el famoso Faro de su pueblo, al que sustituye por las murallas de Babilonia, que tal vez no conoció.

El mérito de Filo de Bizancio no radica en la simple enumeración sino en la descripción, aunque breve, de cada maravilla e incluso la ardua investigación sobre el cómo se hizo, además de otros datos y conjeturas que hoy alimentan profusamente nuestra imaginación. "Todos han oído hablar de cada una de las Siete Maravillas del Mundo, pero pocos las han visto personalmente. Para hacerlo, ha de ir uno a Persia, cruzar el río Éufrates, viajar a Egipto, pasar algún tiempo por las Elians en Grecia, ir a Halicarnaso en Caria, navegar a Rodas y ver Éfeso en Jonia...". Detrás del bizantino, se cree en todo caso que un poeta remoto y autor ocasional de una especie de guía turística reunió los siete musts turísticos de la antigüedad helénica. De él se sabe también muy poca cosa: sólo que se llamaba Antípater de Sidón y que retomó su selección unos 150 años antes de Cristo.

Todo esto permite sospechar que ya por entonces había mucha gente -escritores (claro) y viajeros- que se entretenía en descubrir y en comunicar a sus contemporáneos lo que hoy llamamos monumentos plantados por la mano del hombre. Y como entonces el ombligo del mundo era Grecia, todos -todos menos dos, la pirámide de Giza y los magníficos jardines de Babilonia- eran griegos o con una influencia helénica muy directa, como la gran tumba blanca o mausoleo del rey turco que se llamaba así, Mausolo, construida en el año 350 antes de Cristo en Halicarnaso, no lejos de Éfeso (templo de Artemisa o Diana) y de la isla de Rodas (el Coloso de su puerto).

El texto, preciso y poético, de Filo de Bizancio, copiado muchas veces, fue la base de los listados medievales, que hubo muchos, desde el de Beda de Jarrow hasta el de Gregorio de Tours. Lo que quiere decir que los hombres, los occidentales, los europeos, nunca olvidaron esas obras de sus antepasados en el progreso cultural sino que estuvieron siempre inclinados a considerarlas, organizarlas, estudiarlas y admirarlas. Como se sabe, en la actualidad sólo una de las Maravillas sigue en pie, la gran pirámide de Menfis, con sus casi cinco mil años de vida. Dos fueron destruidas por el fueg el templo de Artemisa, por aquel imbécil cuyo nombre no hay que escribir, ya que lo hizo para que se le recordara, en el año 356; y la impresionante estatua de Zeus, de 13 metros de altura, realizada por Fidias en Olimpia en el 435 antes de Cristo, que se desvaneció finalmente en Constantinopla 900 años más tarde. Otras tres se vinieron abajo a causa de sendos y repetidos terremotos: el Faro de Alejandría, la estatua colosal del dios Sol o Helios en Rodas, y el Mausoleo. La desaparición de los jardines de Babilonia fue una labor progresiva del tiempo y de los hombres.

Mas este destino quizás inevitable no hizo que estas grandes e ilustres obras del pasado, ejemplo eximio de la habilidad, la inteligencia y la espiritualidad del hombre, fueran borradas del todo. Además de ser citadas continuamente, de explorar por los sistemas más modernos sus huellas y vestigios, la misma lista contribuye a que sigan siempre vivas. Y las novedosas listas que aparecen aquí y allá para sustituir todo lo perdido permiten en cierto modo su supervivencia.

No se trata sólo de una actividad lúdica, de un entretenimiento o de un renglón cultural para las nuevas generaciones. Enredarse en nuevas listas es también un homenaje a la cultura clásica y a cuantos hicieron posible su existencia. Es evidente que no habrá un consenso en las nuevas selecciones, pues incluso no lo hubo sino tardíamente en la antigua. Por otro lado, y bien hundidos en los arenales de lo maravilloso, son tan abrumadoras las listas que se presentan a la tentación del viajero que ni siquiera podría proponerse una aproximación a su análisis: las mejores playas, los ríos más limpios, los edificios más luminosos, las aldeas más encantadoras, los aeropuertos más vanguardistas... Circula incluso por ahí una lista de las grandes maravillas subacuáticas, y ya resulta tan clásica que se le otorga un considerable respeto. Estas siete maravillas subacuáticas son el entorno de Palau, las grandes barreras de coral de Belice y la del noreste australiano, los géiseres del Pacífico, las Galápagos, el lago Baikal y el norte del Mar Rojo.

Pues si la abundancia y la posibilidad de elección entre las obras humanas son tantas, las maravillas naturales las superan con mucho. La cadena CNN ofreció no hace mucho la lista de las Siete Maravillas Naturales, lista que también puede hacer su servicio al buen viajero. Hela aquí: el Gran Cañón del Colorado, la Gran Barrera australiana de coral, el puerto de Río de Janeiro, el monte Everest, las auroras boreales, el volcán mexicano de Pericutín y las cataratas Victoria. Desde luego, siete destinos estupendos, nadie puede negarlo. La Asociación de ingenieros civiles norteamericanos acudió también al quite para ensalzar los mayores logros más o menos contemporáneos de la gente de su oficio. Se sacaron del caletre, no sin buenos argumentos, siete realizaciones de mucho respet el túnel del Canal de la Mancha, la torre CN del puerto canadiense de Toronto, el edificio Empire State, el puente Golden Gate, la presa de Itaipú, las muros de contención holandeses y el Canal de Panamá.

Desde hace casi cuarenta años, el escritor y viajero norteamericano Howard Hillman se dedica, aparte de sus guías y sus reportajes, a organizar curiosas listas de todo género. "Soy una autoridad consolidada en viajes y gastronomía -afirma de sí mismo en Internet-, un investigador imparcial de maravillas", y asegura haber recorrido más de dos millones de kilómetros por más de cien países. No sin razón explica que en el mundo existen más de cien mil elementos maravillosos y de todos ellos ha elegido tan sólo el uno por ciento para plasmarlos en sus comentarios y divulgaciones. O sea, un centenar, los que componen el más clásico y popular de sus listados. No inamovible, porque Hillman introduce de vez en cuando modificaciones, conforme a sus expediciones, sus gustos o sus caprichos.

Allí se puede descubrir un poco de todo; es una especie de catálogo turístico general, útil desde luego para un buen coleccionista de viajes y para quien desee conocer lo que oficialmente es imprescindible visitar del mundo si se quiere pasar por un viajero experimentado. Es decir, en el itinerante baúl caben desde los cruceros por el río chino Li al Museo de El Cairo, de Portofino al valle de Cachemira, de la parisina Torre Eiffel a La Meca, de los pingüinos antárticos a los canales de Venecia, de las vistas panorámicas de Río de Janeiro al puerto de Hong Kong... El autor muestra una intensa, y justa, predilección por Italia, cierto desconocimiento de España (solamente designa entre los elegidos de nuestro país la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada, o sea, dos vestigios islámicos) y se muestra casi siempre muy generalista (en el número 68 de su lista de finales del mes de enero escribe, por ejemplo, "Varanasi y el Ganges", un río que tiene nada menos que 2.700 kilómetros de longitud, o "el bosque húmedo del Amazonas" o "el desierto del Sáhara"), aunque es un atinado conocedor de lo que llamaríamos "grandes destinos viajeros".

Pero ya se ha referido lo que todas estas selecciones tienen de caprichoso, entretenido, provechoso y simpático. Y es que no podía ser de otra manera. Y valga además el curioso aviso de que si uno quiere ponerse a buscar la octava maravilla del mundo, la verdadera, la auténtica e insustituible, trabajo intensivo y esforzado al que se ha dedicado tanta apasionada gente, le bastará con pinchar en el etéreo diccionario del buscador Google para tropezar nada menos que con siete millones de pistas para encaminarle a ese formidable destino.

La oferta que en el dominio virtual viene haciendo el aventurero suizo Bernard Weber, con sus actuales veintiún finalistas después de unas multitudinarias votaciones mundiales, no merece discusión alguna, ya que en principio es el resultado de los votantes. Su amplitud en tiempo y en espacio ya la dota de una enorme confianza: entran maravillas localizadas a lo largo y ancho de los cinco continentes, razonablemente repartidas, y arquitecturas que van desde el año 1800 antes de Cristo, con el presunto observatorio astronómico de Stonehenge, al edificio de la Ópera de Sidney, que abrió oficialmente al público en 1973 su airoso velamen de hormigón y sus casi mil habitaciones.

No se destacan espacios naturales sino, como en las maravillas clásicas, obras realizadas por manos humanas. Tres de ellas parecen haber sido elegidas más por su evocación y simbolismo (la neoyorquina Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel y el Cristo del Corcovado de Río de Janeiro), pero pocas objeciones podrían hacerse al resto. Aparecen, claro, las supervivientes pirámides de Giza, y España queda representada exclusivamente por la Alhambra. De modo que a partir de esta lista, bien tentadora para cualquier viajero, a principios del año próximo conoceremos las nuevas Siete Maravillas, tan oficiales y bien repartidas como las que hace 22 siglos nos describió Filo de Bizancio.