Laponia noruega

Situada en el extremo septentrional del continente europeo, la Laponia noruega sorprende al viajero por sus maravillas naturales extremas. Sus cumbres, que superan los 2.000 metros de altitud, y los archipiélagos que bordean el Círculo Polar Ártico ofrecen una singular forma de vivir un invierno suavizado por la corriente del Golfo. Además, sus nuevas ciudades invitan a conocer esta magnífi ca costa y disfrutar de un mundo distinto, especialmente durante este año, en el que Noruega celebra su centenario como monarquía independiente.

Pedro Madera

Los dominios de la Laponia están repartidos entre Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Un inmenso territorio delimitado por los mares de Noruega, Barents y Báltico. La zona perteneciente a Noruega es una tierra misteriosa con una superfi cie de 48.637 kilómetros cuadrados y una población de 73.000 habitantes.

Para muchos, el gran referente de Laponia es el Nordkapp, o Cabo Norte, la última frontera, pues aquí acaba Europa y comienza la tierra de hielo. Si en verano es un mito para viajeros, en invierno es un referente para nuevos aventureros. Nos encontramos ante un paisaje cambiante de hielo y nieve y un silencio que lo envuelve todo. Es esta latitud septentrional la que permite disfrutar de un espectáculo natural impresionante: las auroras boreales.

Mucho se ha escrito sobre este fenómeno meteorológico. Ante su explicación científi ca, lo sobrenatural también cobra su espacio. Uno no puede dejar de pensar que está ante un efecto mágico inexplicable. Bien entrada la noche, cuando los termómetros bajan sobradamente de los 10 grados bajo cero, el cielo se tiñe de un suave tono verdoso, de luces de colores en movimiento ondeante.

La mitología noruega atribuía este fenómeno a fuerzas sobrenaturales. Unos creían que eran los espíritus de mujeres que bailaban para atraer la atención de sus familiares y otros que eran los mismos dioses comunicándose con los mortales. Las auroras boreales se pueden ver siempre que hay oscuridad, preferentemente entre septiembre y abril, y el mejor lugar para observarlas es Finnmark.

El gran norte de Europa
Todavía es una gozada encontrar nuevos territorios por explorar en Europa. Estamos ante esa última frontera, que tiene la suerte de estar bajo la protección del gobierno noruego para que lejanía y aislamiento no sean sinónimo de falta de infraestructura o de imprevisión. Llama la atención lo bien organizado y cuidado que está todo, sin perder por ello el lado más auténtico de aventura y evasión.

Laponia es más que un destino, incluso para el viajero que ya lo ha visto todo. Es una forma y una actitud ante la vida. La idea es sencilla: hacer algo diferente, y que el viajero participe en lugar de esperar a que se lo den todo hecho.

A los que no se lo dieron todo hecho fue a los descubridores y exploradores que dirigieron sus naves hacia Laponia en busca de un paso navegable entre Oriente y Occidente. Más de un portugués y un inglés acabaron sus días bajo el hielo, pero los que lo lograron fueron vitoreados como héroes a su regreso. El paralelo 70 fue su referente. Los viajes de Hansen y Nordenskjold tuvieron los puertos de esta costa como punto de salida hacia lo desconocido.

Hoy, todo parece más sencillo. Siempre podemos disfrutar de los tramos más septentrionales de la Arctic Highway, uno de los recorridos míticos para los amantes de viajes por carretera. Los tramos de caminos compactados de aquella Route 6 son ahora un trayecto mágico hasta Kirkenes. Para los moteros, un mito; para los viajeros, una forma distinta de conocer un mundo que tiene mucho de irreal.

Aquí todo el mundo ha tenido su momento de gloria. Entre las curiosidades de la historia de Laponia, se cuenta que en el siglo XVII a Carlos Linneo, un naturista sueco, se le ocurrió la brillante idea de utilizar sus extensas planicies para plantar arroz. Lo que no pensó fue en lo difícil que sería engañar a la planta para que creciera igual que en Asia.

La hospitalidad de los sami
La esencia de Laponia la constituye el pueblo sami -25.000 de sus miembros viven allí-. Su estilo de vida es más semejante al nuestro de lo que nos podíamos imaginar. Pero es inevitable dejarse cautivar por ellos, ya que, además de poseer un carácter amable y hospitalario, tienen una cultura y tradiciones llenas de colorido y folclore. Para ellos, Internet es compatible con las pieles de reno.

El pueblo sami aún conserva sus costumbres y tradiciones, aunque también se han adaptado bien a los nuevos tiempos. Este pueblo seminómada tiene en el reno una de sus grandes vías de subsistencia. Han sustituido los lavu por cómodas cabañas y los trineos por motos de nieve. Los sami llegaron a Escandinavia hace unos 4.000 años y, aunque a través de la historia se ha intentado diluir su identidad, hoy gozan de entidad propia. Para hacerse una idea de su forma de vida, bastaría con decir que en el idioma sami -hasta nueve lenguas distintas- no existen las palabras " prisa " o " estrés " y, sin embargo, hay cuatrocientos términos para defi nir " reno ".

El reno ha sido y es su principal fuente de ingresos, aunque muchos se han apuntado al carro del turismo organizando paseos en trineo tirado por renos, paseos guiados por la montaña, venta de artesanía y alojamiento y restauración en cabañas de madera.

Karasjok es la capital de Laponia y en ella se encuentra la sede de su Parlamento. Allí hay que darse una vuelta por la biblioteca para admirar su diseño vanguardista e iluminación rompedora. Otros lugares de interés son las Colecciones y el Centro Cultural Sami y la mejor manera de verlo todo es el parque temático Sápmi, donde se puede admirar de cerca la historia, la forma de vida y las costumbres y tradiciones de este interesante pueblo.

Para acabar la jornada, una cena lapona a base de reno. Al calor del hogar, los sami cuentan historias de su pueblo, de sus familias y de su estilo de vida. También es inevitable una sesión de yoik, el canto sami. Cada persona tiene su yoik, que le es entregado por sus padres u otro familiar en su nacimiento.

Un mundo de hielo perpetuo
A partir de este punto, el viajero sólo encontrará hielo y agua. Uno de los motivos por los que la gente se acerca a Cabo Norte es por la sensación de haber llegado al fi n del mundo. La silueta de una gran escultura que simboliza el globo terráqueo es un nuevo mito. Es una excursión obligada cuando se visita Laponia y un buen momento para hacer alguna que otra refl exión personal. Unos se casan allí, porque hay una sala especial para estos eventos. Otros realizan la promesa de su vida o deciden dar un cambio a su existencia. Los más habituales, una foto rápida. El punto de partida es Honninsgvåg, donde hay un museo sobre el Cabo Norte. Exactamente en el punto de latitud 70º 10" 21" se encuentra una gran roca en forma de plataforma en la que hacerse la foto.

Para los sentimentales que aún envían postales, sin duda éste es el lugar para hacerlo. Una pequeña ofi cina de correos pondrá el sello del Cabo Norte sobre una postal helada. Y por si la foto y la postal no son sufi cientes, en el centro de visitantes se obtiene un certifi cado de "aquí estuve yo", mientras se brinda con champán o cava... Aquí casi todo vale para mantener el tópico y fomentar el merchandising. Certificados, sellos y fotos no son nada comparado con el recuerdo que se quedará grabado en la retina del paisaje formado por el mar, la tierra y el cielo. Para las familias de la zona, la historia reciente es más dramática. Al visitar Kirkenes, nadie puede imaginar que este pacífi co y remoto lugar fuera duramente castigado con bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra fría, las tensiones crecieron en la frontera con Rusia y hoy en día, aunque la situación se ha relajado, existe cierta vigilancia mutua entre autoridades fronterizas.

Aventuras para todos los gustos
El invierno es largo en Kirkenes, pero los noruegos saben sacarle partido y son muchas las actividades que se pueden realizar. Una de las más interesantes es la de pasear en un trineo tirado por perros. Las opciones son varias: desde excursiones de un día hasta un safari nocturno en el que con un poco de suerte se puede ver una aurora boreal.

Otra actividad con recompensa asegurada es la pesca del cangrejo real, que mide dos metros y puede pesar hasta doce kilos. La aventura es cómoda, ya que son los buzos del safari los que se meten en las congeladas aguas para pescar el cangrejo. Incluso los turistas se pueden bañar en el mar con trajes especiales térmicos e intentar pescar el cangrejo con sus propias manos. La aventura termina con una degustación de este cangrejo, cuya delicada carne ( kamchatka ) se sirve con un poco de limón y ajo acompañada de vino blanco.

El concepto del frío es aquí relativo. No temen a las gélidas aguas y el buceo bajo el hielo es un deporte más. A temperaturas tan bajas pocos seres vivos aguantan, pero los que se adaptan resultan de una rareza fascinante. Como dicen los noruegos: " El frío no existe y el problema es llevar ropa inadecuada ".

Para los amantes de la velocidad, una garantía de buenas dosis de adrenalina son las excursiones en motos de nieve recorriendo el parque nacional Ovre Pasvik hasta Trerisksroysa. Un viaje a Laponia sin subir a una moto de nieve hará que falte una aventura esencial. No es necesario tener conocimientos especiales de conducción, ya que los instructores dan una pequeña lección antes de salir de excursión, además de facilitar el equipo necesario. La velocidad alcanzada es de unos 60 kilómetros por hora, aunque la sensación es mucho más intensa.

La excursión en un trineo tirado por huskies constituye también una experiencia única. Estos perros, además de ser muy inteligentes, han sido entrenados para esta función. El trineo se desliza suavemente por la nieve virgen en una sincronización perfecta entre el vehículo y los animales. Bien abrigados bajo mantas de piel, la vista que se contempla es embriagadora y la velocidad se siente en todo el cuerpo. El perro guía es el líder y transmite las órdenes a sus compañeros con ladridos y algún que otro mordisco, mientras la nieve se abre bajo los trineos. La sensación térmica es tan agradable como agresiva.

Por último, una de las actividades que ahora más se demandan en esta hermosa región es aprender a conducir un trineo tirado por renos. Por encima de la velocidad, lo mejor es la sensación siempre deseada de poder sentirnos, durante unas horas, como si fuéramos el mismísimo Papá Noel. Deslizándose por la tundra (por cierto, palabra sami), uno no sabe si mirar a los renos o al siempre maravilloso paisaje.

Crucero en los límites del continente
Los barcos de la compañía Hurtigruten recorren toda la costa noruega, desde la ciudad de Bergen hasta Kirkenes, ya en la frontera con Rusia, realizando paradas en más de 33 puertos donde uno puede elegir embarcar o desembarcar.

Hurtigruten lleva más de cien años recorriendo todos los días la costa noruega con sus once naves. Ni los más duros temporales son un problema para esos cruceros de gran calado. El barco surca las gélidas aguas rompiendo el aire impoluto mientras se acerca a la costa noruega, que se dibuja en el horizonte en forma de espectaculares acantilados, fiordos y montañas. Alrededor, los trozos de hielo desprendidos flotan totalmente a la deriva confiriendo al paisaje un halo de misterio. El servicio postal transformado en puro ocio. La belleza de un mar que cambia de color tan rápido como el cielo.

Los noruegos siempre han presumido de ser un pueblo marinero y la travesía en barco ayuda a imaginar cómo fue la vida de los pescadores y marinos de estas costas. Ya instalados en la cubierta del barco, con el viento de cara, resulta muy fácil sentirse como un viejo lobo de mar al mando de su nave. Soñar es el principio del disfrute.