Langkawi, la isla perfecta

Situada a escasos grados del Ecuador y declarada Geoparque por la Unesco, Langkawi combina buceo, montañas, cuevas, lagos y leyendas.

Mariano López

Othman Ayeb, mi guía en Langkawi, ganó el primer campeonato mundial de besadores de cobras. Es un respetado experto en el control y manejo de las serpientes de Malasia, en particular de las cobras, y un ardiente, apasionado, defensor de la conservación de la naturaleza en Langkawi. "Esta isla -me explica- es muy especial. Es el primer territorio del mundo declarado Geoparque por la Unesco, el único donde pueden verse monos que nadan y comen cangrejos, serpientes que vuelan de árbol en árbol, montañas, cuevas, manglares, selvas y playas de increíble belleza". Othman me lleva en una pequeña embarcación con motor fueraborda por las aguas del río Kilim, que atraviesa una de las áreas de mayor interés ecológico de Langkawi. Mientras avanzamos por un paisaje bellísimo, que recuerda al de la Bahía de Halong, en Vietnam, y al del río Li en Guilin, China, le pregunto qué interés tiene en besar a una cobra, por qué se arriesga. "El beso es una demostración de que tu relación con la cobra es correcta: el animal no te teme y tú no le temes a él. No te va hacer nada, no hay riesgo", afirma.

La barca avanza por un estuario de rocas negras, enormes, con forma de almendra, vestidas con un manto verde, intenso, de vegetación tropical. Le digo a Othman que no me parece fácil evitar el miedo cuando te estás acercando a un animal mortífero, de mordedura letal. "También es cuestión de entrenamiento", asegura, y me cuenta que, después del campeonato, pasó 27 días encerrado en una habitación con 150 cobras, las 24 horas del día. "Quería aprender más sobre estos animales", afirma. Recibió tres mordeduras, una de las cuales le ha dejado una profunda marca en un brazo. "Fueron tres errores míos de movimiento -dice-.En los tres casos las serpientes creyeron que las iba a dañar y reaccionaron atacando. Me apliqué, de inmediato, el antídoto. Y aprendí la lección".

El pájaro sagrado

La barca toma un recodo del río y Othman me señala la presencia de un ave de pecho blanco y plumas doradas, que parece un águila pescadora: "Dejemos las serpientes, amigo, y observe, mire a su alrededor, dígame qué le parece el espectáculo". El ave es un milano indio que vuela lentamente, con sus majestuosas alas doradas extendidas, pendiente de sus posibles presas en el río: peces y cangrejos. Es un ave especial. En la India se le considera una representación de Garuda, el pájaro sagrado sobre el que cabalga el dios Vishnú; en Indonesia es la mascota oficial, y en Langkawi forma parte del nombre de la isla, que, según la mayoría, viene de lang o helang, que significa "águila", y de kawi, que quiere decir "mármol", aunque hay muchos que sostienen que procede de las palabras sánscritas langka -"belleza"-, y wi -"innumerable"-; de modo que Langkawi querría decir La isla de la belleza infinita.

Langkawi nació hace 400 millones de años en un lugar privilegiado. Es la mayor de un archipiélago formado por un centenar de islas e islotes -104 con la marea baja y 99 con la marea alta- que emergieron y reemergieron del mar decenas o centenas de veces hasta que 200 millones de años después se calmó la Tierra. Su situación, a escasos grados de la línea del Ecuador, el cinturón de islotes que la rodea y su vegetación la libran tanto de los huracanes como de la calma chicha. Es una isla perfecta, placentera durante todo el año, con un clima cálido pero suave, sin temperaturas extremas ni contrastes. Incluso la lluvia se presenta con bastante moderación. Aparece, sobre todo, en el periodo comprendido entre finales de agosto y mediados de noviembre, empujada por la cola final de los monzones. Cae una o dos horas, a mediodía, a la hora de la siesta, para no molestar.

Misteriosas leyendas

La isla es pequeña, del tamaño de Ibiza. Ocupa poco más de 500 kilómetros cuadrados que en gran parte han estado siempre dedicados a la agricultura. Aun hoy, cuando el monocultivo más precioso es el turismo, una tercera parte de la isla está sembrada de caucho, arroz y cocos. Fue, también, una parada obligada de piratas y de marineros que buscaban refugio de los doldrums, los momentos en que el viento desaparecía por completo, durante días o semanas, en la zona intertropical; la peor, la más terrible pesadilla de los navegantes.

La abundancia de rocas horadadas por el agua, cuevas de estalactitas y estalagmitas, lagunas, ríos y manglares de la isla explica la cantidad de leyendas que hablan de seres misteriosos, en su mayoría benéficos, que habitan o habitaron en la selva. De las aguas del Lago de la Doncella Encinta (Tasik Dayang Bunting) se dice que aseguran la fertilidad, aunque también se cuenta que en el fondo de este mismo lago duerme un gran cocodrilo blanco. En la Cueva de la Cortina (Gua Langsir) viven miles de murciélagos, y hay quien cree que en su más profundo interior continúan vagando muchas almas en pena. La leyenda más conocida refleja el impacto del único episodio tormentoso en la historia de la isla: la salvaje invasión realizada a principios del siglo XIX por las tropas del rey de Siam. Una mujer inocente, Mahsuri, fue acusada injustamente de adulterio. Poco antes de perder, con violencia, la vida, maldijo a quienes la condenaban y a sus siete generaciones siguientes. Es una leyenda, pero se sabe que los campesinos de Langkawi prefirieron arrasar sus arrozales antes que entregar su fruto a los invasores siameses. Hoy no quedan restos de aquella época, casi un siglo, en que la isla perteneció al reino de Siam, la actual Tailandia, salvo una fortuita referencia: cerca de la playa de Kok se pueden aún visitar los decorados de la película Ana y el rey, dirigida por Andy Tennant y protagonizada por Jodie Foster y Chow Yun-Fat, quien interpreta al rey de Siam.

La isla se abrió al turismo a finales de los años 80 del siglo pasado, impulsada por las leyes del entonces primer ministro de Malasia, que estaba casado con una mujer de Langkawi, donde había ejercido como médico. Declaró Langkawi como una isla libre de impuestos y con esta medida atrajo las primeras oleadas de turistas, en su mayoría nacionales o vecinos de Singapur.

Posteriormente empezaron a llegar los turistas extranjeros, buscadores de playas vírgenes y fondos coralinos para la práctica del submarinismo, atraídos por la creciente fama de esta isla tranquila de rocas jurásicas, bosques perpetuos y gente amable que pasea o trabaja envuelta en su falda de colores, el llamativo sarong.

Langkawi, hoy, tiene siete mil camas y ha conseguido un notable equilibrio entre el desarrollo turístico y el cuidado de sus recursos naturales, sus obligaciones como Geoparque de la Humanidad. Las playas más animadas, donde se concentra la oferta hotelera y los restaurantes, son Pantai (playa) Cenang y Pantai Tengah, su prolongación hacia el sur. Tanjung Rhu es una playa preciosa, de arena impecable, blanca, y Kok destaca también por la animación que le presta el vecino embarcadero de Telaga, un puerto deportivo donde suelen anclar los grandes veleros.

Resorts de lujo y playas privadas

Al norte de la isla se encuentran los resorts más distinguidos. El más exclusivo se llama The Datai Langkawi, que cuenta con habitaciones de lujo, villas y suites dispersas e integradas en la selva, con vistas a la jungla o a una playa privada. Posee también uno de los mejores campos de golf de la isla. De día, propone a sus huéspedes excursiones por la isla, paseos en yate privado por la costa, horas de Spa, golf o buceo; de noche, ofrece paseos guiados por la selva, con poderosas linternas que, con suerte, descubren a los extraños colugos, langures voladores que son capaces de planear de un árbol a otro y desplazarse, con su vuelo, hasta 70 metros.

De norte a sur, la isla apenas mide 25 kilómetros. La parte más antigua y más elevada se encuentra al noroeste, donde se alzan los 700 metros de Gunung (la montaña) Machinchang y los 880 del monte Raya. Machinchang es la formación rocosa con más edad del sureste asiático, junto con la isla de Tarutao, en Tailandia. Hace medio millón de años que nacieron estas piedras, cuya cumbre se alcanza hoy con un funicular. Othman Ayeb ha subido varias veces andando, por caminos que deben existir pero que resultan invisibles por la profusión de árboles, plantas, bejucos y lianas que tejen la selva. "Creo que es más fácil -le digo- besar a la cobra".

El funicular se bambolea pero es seguro. Se detiene, primero, en una plataforma que permite acercarse a un puente de acero, titánico, que corta la selva como si fuera un cuchillo. Nadie lo cruza. No hay tráfico ni peatones. Tiene algún récord, es el más largo del sureste asiático que se ancla en un solo lado, pero su vista es toda una herida en la selva y su nulo tráfico alimenta la sospecha de que no sirve para nada.

Seguimos hasta la segunda plataforma, que nos regala unas espléndidas vistas del norte de la isla de Langkawi, los islotes vecinos, algunos situados ya en territorio de Tailandia, y del Mar de Andamán. Othman Ayeb señala los islotes, desnudos y vacíos, y explica por qué poseen un inmenso e incalculable valor: "Langkawi fue la única isla que no tuvo víctimas cuando se vio afectada por el el tsunami. El cinturón de islotes y la red de manglares absorbieron completamente el impacto de la ola, de las cuatro olas gigantes, sucesivas, que la golpearon".

Kuah, al suroeste, es la capital, donde viven once mil de los sesenta y cinco mil habitantes de la isla y donde más se aprecia esa mezcla armoniosa y animada de malayos, chinos, tailandeses, indios y turistas que configura el paisaje humano de Langkawi. Kuah, en malayo, significa "salsa" y es una palabra precisa para nombrar a esta ciudad de mezquitas e iglesias, templos hindúes y budistas, que celebra, como grandes fiestas, el final del Ramadán, la Navidad cristiana, el Año Nuevo chino, el Festival de las Luces indio, el Año Nuevo tailandés y, por supuesto, el 31 de agosto, la fiesta nacional de Malasia, el país que posee el calendario con mayor número de días festivos del mundo.

Maestros en el arte de los sabores

Las fiestas, todas, parecen haber sido creadas para compartir, celebrar, disfrutar, en torno a una mesa. "Hay dos pasiones fundamentales para los habitantes de Langkawi y de Malasia -explica Othman-: comer y hablar de comida". El plato principal es el nasi lemak, arroz blanco con leche de coco. Admite cientos de versiones, con huevo, anchoas locales, cacahuetes, pollo, pescado y curry. Cada cocinero posee su propia receta, un nasi lemak diferente y sabroso. Los malayos son maestros en el arte de los sabores. Al norte de Kuala Lumpur, en Selangor, se cuenta que los cocineros malayos llegaron a crear una receta apetecible para los coolies que fumaban opio y habían perdido el sentido del gusto por completo. Mezclaron salsas con hierbas medicinales e inventaron un plato con un olor irresistible.

La vida parece fácil en Langkawi. Las terrazas de los restaurantes de Kuah están llenas de turistas relajados. Muchos lucen sus cuerpos, ellos y ellas, en la misma playa por la que se pasean mujeres envueltas por el burka. Un grupo de chicas, adolescentes, malayas, con bañadores larguísimos, de otro siglo, y las cabezas cubiertas por pañuelos de colores, llevan sus tablas de surf bajo el brazo, camino del lugar donde se elevan las olas más combativas de la playa. Es la hora de mirar al mar y disfrutar del atardecer. El sol sigue su viaje más allá del Mar de Andamán y se despide, emocionado, de la isla de Langkawi.

Tomamos la última cerveza del día, mientras el sol aún enciende el estrecho de Malaca, entre Malasia y Sumatra, el mar de los piratas y las especias, el hogar de los héroes de Emilio Salgari, el creador de Sandokán. La cerveza está fría y yo disfruto con los relatos de mi guía, el excepcional Othman Ayeb, el hombre que besa a las serpientes. "La naturaleza -dice Othman- ha sido generosa con esta isla. La protege. Desde hace millones de años. Nosotros tenemos de todo para ser felices. Solo tenemos que cuidar de la naturaleza y la naturaleza cuidará de Langkawi. Siempre".