Lagunas de Ruidera: un paraíso turquesa en Castilla-La Mancha

Un efecto de paz en el llamado “mar de La Mancha”, con además evocaciones quijotescas en escenarios como la encantada Cueva de Montesinos y en platos cómo el atascaburras y los duelos y quebrantos.

Pedro Javier Díaz-Cano
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Foto: Eduardo Grund

Es uno de los lugares más bellos, silenciosos y extraños de España. Las Lagunas de Ruidera no son exactamente lagunas sino pequeños lagos, puesto que sus aguas son profundas, transparentes y corrientes. Según que el color del travertino manchego sea dorado o gris o azulado y verdoso, la laguna parece un topacio o una perla o un zafiro o una esmeralda. Tan transparente es el agua, que desde las alturas se puede ver el vientre nacarado de las carpas”. Este es un extracto de la descripción sobre las Lagunas de Ruidera que dejó plasmada en su libro Por tierras de La Mancha (1959) el periodista y escritor Víctor de la Serna, que percibió el encantamiento de sus paisajes.

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No es de extrañar esta telúrica atracción porque Miguel de Cervantes ya dejó escrito que “nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años” en boca de su personaje novelesco más universal, como recuerda una inscripción literal bajo la negra escultura del perfil de Don Quijote a lomos de Rocinante. Este icono de los lugares quijotescos se encuentra en un muro en curva a la salida del pueblo de Ruidera, justo antes de emprender la carretera de las lagunas. 

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La primera laguna que se divisa es la denominada Del Rey, cuya orilla junto al restaurante La Perca Rosa forma un arenal a modo de playa en la que en verano siempre hay familias de bañistas con niños pequeños, pues el agua no cubre hasta bien adentro. No obstante, el baño supremo para los que sepan nadar (aquí la profundidad es de cinco metros) es el que cualquiera puede darse en el paraje de La Isla, una isla artificial que se adentra en mitad de la laguna Colgada.

Albacete y Ciudad Real

El Parque Natural de las Lagunas de Ruidera constituye el más excepcional humedal de Castilla-La Mancha, considerado uno de los espacios naturales húmedos más interesantes y bellos de la Península Ibérica. Situadas en el Valle del Alto Guadiana, entre las provincias de Albacete y Ciudad Real, lo más característico de las quince lagunas que conforman el Parque Natural es que están dispuestas en cadena y unidas entre sí por arroyos, cascadas y flujos subterráneos, salvando un desnivel de 120 metros de altura y ocupando una superficie total de 3.772 hectáreas.

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De hecho, las lagunas altas (Blanca, Conceja, Tomilla, Tinaja, San Pedro, Redondilla, Lengua, Salvadora, Santos Morcillo, Batana y la mayor parte de la Colgada) pertenecen al término municipal de Ossa de Montiel (provincia de Albacete), mientras que las lagunas bajas (parte de la Colgada, Del Rey, Cueva Morenilla, Coladilla y Cenagosa) corresponden a Ruidera (provincia de Ciudad Real), que ha dado nombre genérico a las lagunas y a su Parque Natural. 

Según algunos eruditos, su nombre de Ruidera lo tomó por el ruido de sus torrenteras y del golpear de los mazos de los batanes. No obstante, su denominación original en los tiempos de la Hispania romana fue con el sugerente nombre de Ciudad de Lagos, siendo zona de pesca y de recreo de cónsules y patricios romanos. 

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Otra curiosidad sobre el pueblo de Ruidera es que durante el reinado de Carlos III fue declarado Real Sitio, llegándose a construir un palacete para el infante Gabriel –ahora edificio municipal–, amén de fundarse una fábrica de pólvora –ya desaparecida– y repoblar de moreras una amplia zona para criar y alimentar gusanos y obtener seda para aprovisionar a las Reales Fábricas de Tapices.

Fenómeno singular

Además de por su belleza y por su riqueza natural, el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera constituye un extraordinario fenómeno acuífero cuya visita está sobradamente justificada no solo cuando las cascadas que escalonan las quince lagunas, hilvanando una con otra, son noticia puntual en los telediarios por estar desbordantes de agua tras unas copiosas lluvias. No en vano, su seña de identidad es casi única en el mundo. En toda Europa solo puede contemplarse este fenómeno de lagos superpuestos y en cadena en este oasis manchego y en el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice, en Croacia, con la particularidad de que las aguas de las Lagunas de Ruidera son en realidad el drenaje natural de una buena parte del acuífero subterráneo del Campo de Montiel. Una de las cascadas más grandes y bellas es la que engarza la laguna Lengua con la Salvadora, hasta el punto de que en verano los bañistas se ponen a remojo bajo ella. 

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Hace millones de años, los montes que esculpen el Valle del Alto Guadiana, donde se encuentran las lagunas, estaban completamente unidos. Todo era llano en la parte de arriba de estos montes. De hecho, cuando se asciende hacia la famosa y quijotesca Cueva de Montesinos se aprecia claramente que se llega a esa llanura, pues el Campo de Montiel es una altiplanicie. En mitad de esa llanura el terreno se rajó por una falla sísmica. Y esa fractura se fue haciendo cada vez más ancha con el paso de los años. Y al mismo tiempo que fue ganando anchura, también fue ganando profundidad, hasta que llegó a pinchar el acuífero subterráneo. Esos pinchazos al acuífero hicieron que toda el agua del subsuelo brotara en manantiales y fuentes. Así es como surgieron los Ojos del Guadiana y así nació el río homónimo, dando lugar a numerosas historias y leyendas sobre el por qué se oculta y emerge de nuevo. 

Aves y peces

Además de las muchas y diferentes actividades de turismo activo que se pueden realizar en las propias lagunas, uno de los atractivos para los amantes del turismo ornitológico es observar las aves acuáticas que habitan en este oasis natural azul y verde: ánade real, fochas, porrones, somormujos y cercetas comparten espacio con el aguilucho lagunero –que no les quita ojo– y con rapaces nocturnas. 

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Y sumergida en sus aguas, una ictiofauna de agua dulce de lo más variada, empezando por los grandes lucios, que ocupan la cima de la pirámide trófica lagunar; además, abundan percasoles, black-basses (perca roja), carpas, barbos, bogas, escardinos, alburnos, peces fraile, colmillejas, cangrejos y mejillones. Los mejillones de agua dulce, o náyades, son eficaces depuradoras, pues cada uno puede llegar a filtrar hasta 50 litros de agua al día.

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El agua de las lagunas es agua de lluvia filtrada por la roca caliza de la altiplanicie del Campo de Montiel. Esta cal es también responsable de la formación de todas las lagunas. De hecho, el color del agua depende de la cal, de las algas y de la profundidad de cada laguna. Un ejemplo es la laguna Lengua (denominada así por su forma alargada), posiblemente la más hermosa por sus aguas de apariencia esmeralda, debido a que tiene poca profundidad, viéndose mejor su fondo, y por sus terrazas travertínicas (únicas en la Península Ibérica), que derraman las aguas recibidas de la laguna Redondilla. 

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Las lagunas altas (Tomilla, Conceja y Blanca) conforman posiblemente el paraje más maravilloso y encantador de todo el Parque Natural por la belleza de su paisaje y la paz armoniosa que reina en su naturaleza en calma. Una manera muy recomendable de descubrirlas es recorriendo la denominada Ruta Lagunas Altas en un vehículo 4x4. 

¡No es Finlandia!

Por momentos pareciera que nos hallamos en otras latitudes más septentrionales, que estamos en Finlandia, conocido como “el país de los mil lagos”. Pero no: no estamos en Finlandia ni en los fiordos noruegos, ¡estamos en La Mancha! Lo que no deja de ser una paradoja si recordamos que el nombre de la tierra de Don Quijote proviene etimológicamente del árabe Al-Mansha, que significa Tierra seca.   

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En este recorrido por las lagunas altas, que también puede hacerse a pie, se aprecia que a partir de la laguna Tomilla el entorno natural se transforma en un oasis de mágica soledad sonora, pues con las primeras brumas y al atardecer ya no se oyen otros ecos que los trompeteos de la focha o el carraqueante sonido de las anátidas, ya sean ánade real, porrón común, pato colorado o el característico somormujo lavanco. Asimismo, en la ruta no solo se descubren algunos de los singulares árboles del Parque Natural, como una añosa sabina, un enorme nogal o una hermosa encina, sino también los vestigios de una antigua central hidroeléctrica, la del Ossero, que tomaba agua de la laguna Blanca, llegando a producir 80 kw/h. Hoy no queda ninguna en funcionamiento.

El mago “Merlín” 

En este viaje al oasis azul y verde de La Mancha más húmeda es imposible no dejarse envolver por las evocaciones quijotescas, pues el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera se halla en el corazón de las andanzas de Don Quijote de La Mancha. Miguel de Cervantes quiso que aquí transcurrieran los capítulos XXII, XXIII y XXIV de la segunda parte de su genial novela. En la misma, Cervantes fantasea con que las lagunas son en realidad las hijas y sobrinas de una tal doña Ruidera, víctimas todas ellas de un malvado encantamiento del mago Merlín. 

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Cerca de las lagunas, camino de Ossa de Montiel, se encuentra la Cueva de Montesinos, donde a Don Quijote le fueron revelados en un sueño los pormenores de aquel encantamiento. Solo por sus resonancias literarias vale la pena asomarse a esta cavidad de 18 metros de profundidad, que el agua ha labrado en la roca caliza. La visita guiada de sus apenas 50 metros de recorrido es muy recomendable, sobre todo si se va acompañado de niños. La explicación del guía, iluminando distintos puntos con linterna en mano, cuenta el sueño de Don Quijote, que se encontró en la cueva con personajes de los libros de caballería como el mago Merlín, el héroe muerto Durandarte –cuyo cortejo fúnebre desfila por la cueva– y su amada Belerma, que llora la muerte de su caballero andante. La cueva resulta más encantada si cabe al ver in situ la colonia de murciélagos que alberga su sala Grande y al comprobar su fondo impermeable y encharcado tirando piedrecitas que se sumergen en el agua. 

Salto de agua a la laguna Salvadora. | Eduardo Grund

Castillo medieval

El castillo de Rochafrida, a siete kilómetros de Ossa de Montiel, también cuenta con resonancias literarias en El Quijote, como no podía ser de otra manera, pues en uno de los romances más bellos de la lírica medieval los juglares escribieron: “En Castilla está un castillo, que se llama Rocafrida; al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida...”. Las ruinas de este pequeño castillo roquero de tipo y destino militares, levantado en el siglo XII por los almohades, dan pie a muchas elucubraciones. ¡Qué mejor escenario para completar el episodio onírico de la Cueva de Montesinos! Y es que en verdad las Lagunas de Ruidera, este oasis de aguas turquesas y esmeraldas en la “tierra seca” de La Mancha, conforman un paraíso que pareciera creado por obra y gracia de un encantamiento mágico de la Naturaleza con mayúscula.