El Lago Lemán, un espejo en la tierra de los tres soles

Este paisaje suizo trazado de montañas nevadas, viñedos en terrazas y chocolate con leche fue el refugio dorado de personajes ilustres

Noelia Ferreiro
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Dicen que la región suiza que abraza el lago más grande de la Europa occidental es el único rincón del mundo que tiene tres soles: uno en el cielo, otro en el espejo del agua y un tercero que se proyecta sobre los viñedos escalonados que descienden por la ladera.

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Bucolismos aparte, el lago Lemán o lago de Ginebra es una suerte de mar interior que baña los territorios del cantón suizo de Vaud mientras acaricia la Saboya francesa en su orilla sur. Y con sol o incluso sin él, conforma uno de los paisajes más épicos del corazón del Viejo Continente. A la vista está su belleza líquida flanqueada por los picos nevados de los Alpes y por valles resguardados del viento, bosques donde se pierde la vista y campos que amarillean cuando llega los calores.

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El arte de vivir

Y es que la cuenca lemánica, la más soleada del país de los relojes, goza de un microclima perfecto de inviernos suaves y veranos frescos. Y esto, claro, favorece un estilo de vida alegre y desenfadado, más próximo al carácter mediterráneo que a las recias costumbres de sus compatriotas alemánicos. Se dice incluso que esta Suiza francófona o romanche no puede (ni quiere) disimular su origen latino, el mismo que le ha dado el sobrenombre de la capital del art de vivre.

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De su paisaje, con el contrapunto urbano de las vibrantes ciudades que ha visto crecer en su ribera (Ginebra, Lausanne, Montreaux…) destaca la franja vinícola de Lavaux, Patrimonio de la Humanidad, a la que el hombre ha domesticado durante siglos para producir unos vinos excelentes. Tuvo que hacerlo a mano, pues la inclinación del terreno impide el uso de las máquinas. Y así nació una tradición que mantiene sus viejas raíces, al tiempo que proporciona un espectáculo mágico: alfombras de viñedos salpicadas de pintorescas aldeas, donde los viticultores ofrecen sus caldos a quienes que se acercan por la carretera de la Corniche.

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Prestigiosas delicias

Para acompañarlos, nada mejor que los productos típicos que van más allá de la fondue. El lago Lemán no sólo es famoso por su cocina tradicional (el filet de perche, el papet baudios, los quesos alpinos y, por supuesto, el chocolate) sino también por ostentar un récord: tiene la máxima concentración de estrellas Michelin por habitante a lo que se suma contar también con una de las más altas cuotas de puntos GaultMillau.

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Tal vez por esta concesión al paladar, unida a su innegable belleza, el lago Lemán ha sido, históricamente, el refugio dorado de incontables personajes ilustres. Sobre todo de genios de la literatura como Lord Byron, que alumbró su poema El prisionero de Chillón sobre el castillo del mismo nombre; Víctor Hugo, que retrató de manera magistral las vistas que desde la catedral de Laussane; y Dickens, a quien le bastaron seis meses en una villa del entorno para erigirse en el primer extranjero que dio nombre a una de las calles.

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Escritores, pintores, músicos, cineastas…

Con el tiempo, el encanto inmutable de la ribera siguió alimentando la musa de escritores como Nabokov, que comparó este paisaje peculiar con un caudal de plata líquida; o Dostoievsky, que completó El Jugador y El idiota desde su apartamento de Montreux; o el omnipresente Hemingway, que, extasiado por los alrededores de su chalecito suizo, dio a luz los capítulos más dramáticos de su obra Adiós a las armas.

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Pero su atracción no se acaba aquí. A Oscar Kokochka estos parajes le sirvieron para pintar algunos de sus cuadros, y a Igor Stravinsky para componer sus famosas sinfonías. Charles Chaplin echó raíces con su familia en la apacible Corsier-sur-Vevey y Coco Chanel disfrutó durante largas temporadas de la calma de la región. Más tarde llegaría Freddie Mercury para dejar su huella eterna y el hard rock de Deep Purple, que dedicó a este escenario idílico su tema Smoke on the water

 

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