La Valencia del futuro ya está aquí

Es en el Mediterráneo donde Valencia lleva escrito su destino. Y hacia él se abre cada vez que encuentra un motivo. La celebración de la America''s Cup (o Copa del "America"), la competición de vela más prestigiosa del mundo, ha sido la última excusa para redefinir el perfil urbano de una ciudad sitiada por gentes llegadas de cualquier rincón del planeta que buscan dominar el mar y los vientos. El puerto y sus modernos edificios representan la nueva estética de la capital del Turia, que sueña despierta con convertirse en la gran metrópoli europea de principios de siglo. Por eso rompe los horizontes, y en el agua halla su principal elemento.

Enrique Arias Vega

Lo último acaba de ser la gigantesca Dama Ibérica, la obra de Manolo Valdés, todo un clásico de la galería Marlborough, en la neoyorquina calle 57. Compuesta por 22.000 réplicas en cerámica de la Dama de Elche, yergue sus 20 metros de alzada cerca del Palacio de Congresos de Norman Foster: tradición junto a modernidad.

Ésa es la realidad de Valencia hoy, donde las espigadas esculturas de Miquel Navarro y la obra naïf de Juan Ripollés observan admiradas la ciclópea Ciudad de las Artes y las Ciencias, símbolo ya de la nueva Valencia, como la Torre Eiffel lo es de París, o el Palacio de la Ópera, de Sidney.

Nada tiene que ver aquella ciudad resignada de hace treinta años con ésta otra que corre a la velocidad de nuestro campeón Fernando Alonso en un improvisado circuito urbano y que obliga a exclamar a Bernie Ecclestone, patrón de la F-1: "Valencia es el secreto mejor guardado del mundo".

Pues ya no. Cada año la visita un 25 por ciento más de turistas que el año anterior, y éste recibirá dos millones que dejarán 1.300 millones de euros.

Parte del mérito lo tiene la celebración de la Copa América, claro, pero la ciudad está de racha y los viajeros han descubierto que junto a las mejores playas también se hallan los mejores museos, tanto del pasado, el San Pío V, como del presente, el MUVIM, y del futuro, el IVAM. Y que, a falta de un Palacio de Música, hay dos, con la reciente inauguración del Palau de les Arts.

Ya no se puede ver, pues, la ciudad en 20 minutos, como decía un nefasto reclamo turístico de hace años. En Valencia ahora hay que ir al puerto, el que más crece de España, con el doble de amarres deportivos que Montecarlo, por ejemplo; debe perderse uno en la noche bohemia de El Carmen y comprar en las boutiques exclusivas de la calle Colón.

Tampoco basta con degustar las mejores paellas del mundo. Uno puede optar por la elaborada cocina tradicional de Ca Sento, comer en Rías Gallegas, que está considerado como el principal restaurante ceibe fuera de Galicia, o acercarse a Chef Lyon, donde encontrará a políticos y periodistas y será atendido por Francisco Mateu, un poeta de exquisita sensibilidad.

El futuro ya ha llegado a una ciudad a la que todo le sale bien, hasta la visita de Benedicto XVI, que ha reportado 200 millones de beneficio material, amén del intangible de notoriedad y prestigio. La alcaldesa, Rita Barberá, aspira de aquí al año 2016 a conseguir la capitalidad europea de la cultura. Antes vendrá el AVE, existirá un ambicioso Parque Central como el de Nueva York, se desdoblará la A-3 y hasta es posible que Ecclestone conceda la Fórmula 1. ¿Que todo esto es un sueño? Quizás. Pero la ventaja es que ya hemos empezado a soñarlo despiertos.