La transformación de Oslo

La capital de Noruega se transforma completamente con la llegada de los primeros avisos de la primavera.

Rafael de Rojas
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Foto: Alex Holland

Da gusto asomarse a las calles de Oslo al mismo tiempo que la primavera. Cuando el tiempo comienza a apiadarse de los habitantes de la ciudad de Vigeland, éstos se vuelven avariciosos con las horas de sol y las calles -sobre todo la principal, Karl Johansen- se abarrotan de vecinos de todas las edades dispuestos a exprimirlas. Precisamente, el Parque Vigeland, que contiene el legado escultórico de este extravagante artista, es uno de los puntos preferidos para pasear. Las figuras que flanquean su paseo principal son difíciles de describir con justicia. Cuerpos humanos desnudos en todo tipo de posiciones -de la ternura a la violencia- que representan quizás ideas o emociones sería una reseña aproximada. La ciudad cuenta con otros atractivos, mejores con buen tiempo, como el Museo Vikingo o la fortaleza Akershus, que contiene un interesante museo sobre la participación noruega en la Segunda Guerra Mundial. La noche también se transforma con la llegada del buen tiempo y, a las tres en punto, cuando cierran los bares, estudiantes y jóvenes profesionales retardan la hora de la vuelta a casa remoloneando en los alrededores del Palacio Real o paseando en los populares bici-taxis de la zona.

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