La ruta de la cerveza por la República Checa

De reciente creación, esta sugerente ruta ensarta villas y ciudades históricas de insospechada belleza con refrescantes paradas para probar y conocer algunas de las mejores cervezas que se fabrican en el mundo. El itinerario establecido, de unos 850 kilómetros a partir de Praga, recorre en aproximadamente una semana interesantes rincones de la Bohemia occidental y del sur, y, en su tramo final, una pequeña esquina de la Moravia meridional.

Jaime González de Castejón

La fama indiscutible de la insuperable belleza urbanística de la ciudad de Praga ha traspasado fronteras desde los tiempos medievales hasta nuestros días, de tal forma que casi ha eclipsado con su luz otros encantadores lugares checos que permanecen en un dulce desconocimiento por parte de sus vecinos europeos más alejados, no desde luego de los más próximos -austriacos, polacos y muy especialmente alemanes-, que desde siempre los han disfrutado.

Las regiones del suroeste de Bohemia y el sur de Moravia esconden en sus bucólicos paisajes asombrosos pueblos y ciudades que parecen sacados directamente de las más exquisitas ilustraciones de los viejos cuentos de hadas, rodeados de ondulados campos de verdor que bordean frondosos e intrincados bosques. A los checos les gusta recordarnos que cuando se viaja por carretera, desde la ventanilla del coche se ven más corzos que vacas en sus paisajes. Algo tan cierto como que aristocráticos castillos palaciegos adornan la cima de casi cada peñasco -aunque en ocasiones se hallen en ruinas-, y que un par de angostos y vigorizantes valles esconden en su interior pomposos balnearios, antaño frecuentados por emperadores, reyes, escritores, poetas y compositores que bebieron de sus fuentes. Diseminadas entre todo esto, activas fábricas de cerveza siguen todavía elaborando con unas antiquísimas fórmulas secretas las mejores y más copiadas cervezas del mundo.

La cultura de la cerveza está tan profundamente arraigada en los checos como la del vino en España. Praga, Plzen (Pilsen) y Ceske Budejovice, los principales y más antiguos centros productores del país, procesan el preciado líquido desde el siglo XIII, tras adquirir unos derechos que sólo privilegiaban a unos pocos elegidos. Las cervezas medievales, generalmente oscuras, se aromatizaban con hierbas y especias, y desde tiempos inmemoriales se cultivaba el lúpulo en la Bohemia septentrional, siendo considerado el de la zona de Zatec -una variedad denominada rojo de Bohemia- como uno de los mejores del mundo ya desde el siglo IX. Sus frutos desecados, responsables del característico sabor amargo, la alta pureza del agua y la excelente calidad de la cebada empleada otorgaron a las cervezas bohemias una fama temprana que se ha mantenido de modo indiscutible hasta nuestros días, gracias también a la carencia de aditivos y productos químicos, y a sus estupendos precios.

En toda Bohemia no hay pueblo sin su pivnice o taberna, donde abundantes jarras de medio litro van y vienen de la barra a las mesas, volando sobre las bandejas, rebosantes de espesas y blancas espumas sobre tonalidades que van del rubio y soleado dorado hasta el denso pardo de las cervezas negras, pasando por toda la gama de los matizados tonos del ámbar. Hay un dicho popular que asegura que la buena cerveza la elabora el cervecero, pero la ensalza el tabernero.

Los checos no sólo fabrican magnífica y barata cerveza sino que también, y como era de suponer, la beben en grandes cantidades con un consumo promedio calculado de una botella por día y por habitante. Además, la consideran casi más un alimento que una simple bebida. Los más aficionados de todos sus visitantes, sus vecinos germanos, no dudan en cruzar la frontera para acudir a las pivovar, las fábricas de cerveza, la mayoría de las cuales ofrecen, por menos de 15 euros, visitas a sus instalaciones seguidas de un almuerzo en su restaurante regado por cantidades de cerveza ilimitadas, una propuesta de creciente éxito, muy apreciada también por austriacos, polacos, holandeses, ingleses y franceses, entre los que se está poniendo cada vez más de moda. Tanto, que algunos ni siquiera se detienen a contemplar edificios o visitar museos, como les ocurre a menudo a quienes acuden directos y sin rodeos a la célebre Pilsner Urquell, considerada el buque insignia de las fábricas cerveceras del país, que toma su nombre de la noble ciudad de Plzen (Pilsen), en cuyo centro está enclavada. Sin embargo, la ciudad vieja alberga edificios renacentistas y barrocos de espectacular belleza, la tercera sinagoga más grande del mundo, y una plaza, la explanada urbana mayor de Bohemia, engalanada con distinguidas casas. Evidentemente, además de en la fábrica, en todo el casco histórico gran número de tabernas, restaurantes y pubs se dedican a servir la afamadísima Pilsner, reconocible por su agradable sabor a lúpulo y su blanca espuma cremosa, la cerveza más copiada del mundo, que, por olvidarse de registrar a tiempo su nombre, no ha tenido más remedio que compartirlo con las innumerables imitaciones que se hacen llamar Pilsner, Pilsener o Pils.

Algo parecido es lo que ha ocurrido con la Budweiser, procedente de Ceske Budejovice (antiguamente llamada Budiwoyz), que no consigue poner punto final a los enconados litigios que mantiene con su homóloga norteamericana, insípida y sosa en comparación, pero decidida a no perder el brillo de su marca registrada. La real -y real en ambos sentidos, ya que las cortes imperiales y reales de Bohemia fueron sus principales clientes- está considerada como la segunda mejor de la República Checa y actualmente exporta a 60 países de los cinco continentes el 40 por ciento de una producción que sobrepasa al año el millón de hectolitros. El mercado de los Estados Unidos lo reconquistó en el año 2000, tras un paréntesis de 62 años, con la condición de cambiar allí su nombre por el de Czechvar.

Estas son algunas de las curiosidades que se aprenden recorriendo la Ruta de la Cerveza, visitando éstos y otros muchos establecimientos en paradas que resultan siempre de lo más refrescantes. Cada fábrica tiene su propia historia que contar, y todas ellas están resurgiendo últimamente, más entusiastas y decididas al ampliar sus miras con estas nuevas iniciativas turísticas que les permiten exhibirse con orgullo y alentar una estimulante competencia. No sólo las grandes sino también las de carácter más familiar, que, aunque habían quedado un poco relegadas, saltan de nuevo al panorama protegidas por la Unión Checa de las Pequeñas Cervecerías Independientes, fundada en 1996 con la intención de ensalzar sus méritos y su importancia histórica, permitiéndoles un desarrollo digno a la vez que se consigue mantener la tradicional y amplia diversidad de cervezas, en este caso con procedimientos menos industriales y de fabricación local, pero con unos notables resultados.

Entre trago y trago de cerveza, idílicas estampas enriquecen el recorrido. Aunque éste se centra en las poblaciones más importantes, son muchísimos los puntos de interés que jalonan el itinerario establecido y que a menudo invitan al viajero a desviarse o detenerse un poco más en algunos lugares que de pronto resultan insospechadamente cautivadores. No ha debido resultar nada fácil diseñar esta Ruta de la Cerveza de un modo preciso, descartando y seleccionando enclaves en un intento por equilibrar y combinar lo mejor de la cultura de la cerveza con la estela de un rico pasado cargado de leyendas. Aunque hay cervecerías dispersas a lo largo de todo el país, las zonas escogidas corresponden al clima más amable y a lo más suave de la geografía de la República, y comprenden rincones donde se palpa la honda e imborrable huella con que marcaron el panorama poderosas y nobles familias enfrentadas con frecuencia a las estirpes reales y cuyas riquezas sembraron el entorno de impresionantes y soberbios edificios que con el paso de los años fueron amalgamando lo más refinado de los sucesivos estilos arquitectónicos europeos más en boga.

Los nombres de las dinastías más influyentes resuenan en villas, palacios y castillos, que se encuentran completamente impregnados de fabulosas e históricas connotaciones. La rosa de cinco pétalos de los Rozmberk -los Rosenberg, señores de la rosa- aparece por todas partes integrando una multitud de escudos. Sus destacados soberanos dominaron estas tierras hasta 1611, año en que se extinguió el apellido tras la muerte del último Rozmberk, que se dedicó a la práctica de la alquimia.

Más adelante llegarían los príncipes bávaros de Swarzenberg, que pronto se convirtieron en los dueños de las mejores tierras y propiedades de la aristocracia bohemia, restaurándolas con unos supremos alardes artísticos y enriqueciéndolas de modo creciente hasta 1945, fecha en que fueron expulsados, justo antes de la llegada de las tropas soviéticas que venían a liberar a la población de la ocupación alemana, y un año antes de que el Partido Comunista llegara al poder. Destacadas familias como los Eggenberg o los poderosos Liechtenstein austrohúngaros, establecidos en Moravia, y otras cuantas llenaron la campiña checa de mansiones fascinantes, que fueron confiscadas durante la era comunista para acabar mayoritariamente convertidas en museos. El ejemplo más destacado de todas estas construcciones es el grandioso castillo real de Hluboká nad Vltavou, la obra arquitectónica más apreciada de la región, cuyos orígenes medievales fueron modificados por los Swarzenberg hasta devenir a su actual aspecto neogótico de inspiración británica un tanto delirante.

No menos impresionantes que las lujosas residencias de tan significadas familias son los pueblos bohemios, impecablemente ordenados y modelados por un profundo sentido estético. Una misma esmerada y cuidada disposición se repite villa tras villa, con unos escrupulosos trazados en torno a despejadas y luminosas plazas dominadas por la iglesia principal y el ayuntamiento -generalmente un edificio con profusa ornamentación-, y circundadas por hileras de casas delicadamente teñidas en una entonada mezcla de colores pastel, rematados por unas cimbreantes cornisas y ribetes en tonos contrastados, y en el mejor de los casos pintadas o esgrafiadas con elegantes y evocadoras escenas principescas, una forma decorativa que durante siglos ha enriquecido las más exquisitas fachadas de la región de Bohemia. Una estilizada y exquisita búsqueda de la belleza predomina de forma sorprendente por estas tierras, y el efecto resulta gratamente inesperado.

Una de las localidades más bellas, Cesky Krumlov, denominada la perla bohemia y lugar de residencia de la aristocracia europea hasta el siglo XIX, se enorgullece del elenco de monarcas, príncipes y políticos europeos de nuestro tiempo que, rendidos a sus encantos, han paseado ya por los fascinantes laberintos de sus medievales callejuelas empedradas. Encabezando la lista, uno de sus más fervientes admiradores es el anterior presidente del país, Václav Havel, escritor intelectual elegido el 29 de diciembre de 1989 por expreso deseo popular para sobrellevar la transición a la democracia tras la Revolución de Terciopelo -llamada así por la ausencia de sangre derramada-, con la que el pueblo checoslovaco se liberó de la opresión del gobierno comunista.

Cuatro décadas de régimen totalitario han desembocado en un renovado impulso aperturista que incluye, entre otras alegrías, la vuelta del colorido de muchas de las fachadas anteriormente unificadas en tonos grises y el deseo de las nuevas generaciones por comunicarse con los extranjeros que, cada vez en mayor número, acuden a comprobar las gentilezas de esta bella durmiente recién despertada.