La nueva Beijing: Imperial & olímpica

Cuando el día 8 de agosto espectadores de todo el mundo contemplen las imágenes de Beijing, sede de los Juegos Olímpicos 2008, tendrán ante sus pantallas el resultado de uno de los mayores proyectos de transformación urbana experimentados por una gran metrópoli. El estallido de júbilo que inundó la Plaza de Tiananmen hace ahora siete años, con millones de ciudadanos felices por la oportunidad de celebrar los Juegos, fue el pistoletazo de salida para el inicio de una fascinante carrera que ha convertido Beijing en el principal foco de atención del planeta.

Pedro Ceinos

La imagen de la actual Beijing es tan distinta a la que presentaba la ciudad en 2001, cuando fue designada sede de los Juegos Olímpicos, que cualquier viajero que la visitara en ambas ocasiones tendría problemas en reconocerla. Las transformaciones han alcanzado todos los aspectos de la existencia: barrios enteros han sido derribados erigiendo en su lugar otros modernos, más acordes con los nuevos tiempos; otros, destinados a convertirse en un reclamo turístico, se han remodelado prestando atención a que cada detalle recuerde la tradición de un pasado glorioso; los mercadillos de tiempos pretéritos han sido sustituidos por centros comerciales de grandes cadenas nacionales e internacionales. Las calles comerciales han abandonado ya esa luz mortecina que parecía recordar que comprar es un crimen capitalista para exhibir modernos escaparates; las nuevas viviendas compiten con diseños vanguardistas y colores atrevidos para convertir la urbe en un inmenso damero; el arte se ha convertido en una obsesión, hasta el punto de que han surgido tres barrios de artistas, convirtiendo a Beijing en un hervidero de galeristas. La ciudad se llena de colores: es la nueva primavera, pero nunca hay que olvidar que Beijing es, ante todo, una ciudad imperial, una ciudad eterna.

Si el viajero inicia su recorrido por la enorme Plaza de Tiananmen, sus monumentos le harán pensar en un tiempo ya pasado. Es igual que desde el gigantesco Gran Palacio del Pueblo sigan emanando las leyes que regirán la vida de la quinta parte de la humanidad. Sus sólidos muros de piedra, protegidos por columnas de estilo griego, parecen tan alejados de la realidad como el oráculo de Delfos. Tal vez sea ese aspecto oracular lo que mantiene la plaza como un centro de peregrinación para millones de chinos, que la circunvalan ordenados, tocados con la gorra roja proporcionada por su agencia de viajes, tras la bandera de un guía.

Los visitantes realizan un ritual: despojándose del teléfono móvil y de sus posesiones materiales, penetran al sancta sanctorum de la plaza, donde el cadáver preservado de Mao Zedong les insta a seguir las directrices de sus antepasados. En ese vía crucis, el momento de izar la bandera nacional, anunciado cada día en los periódicos, y la postración ante el Monumento a los Caídos en las guerras revolucionarias son dos etapas que realizan con fervor los ciudadanos chinos.

La plaza se ha convertido en una tierra de nadie entre esa Ciudad Prohibida antaño residencia imperial y el barrio de Qianmen, el más populoso en los tiempos gloriosos del último imperio. Para llegar a la Ciudad Prohibida habrá que atravesar la Puerta de Tiananmen, en cuyos muros dos grandes letreros anuncian: Viva el Partido Comunista Chino y Viva la unión de los pueblos del mundo. Desde su terraza se proclamó la fundación de la República Popular China en el año 1949.

La ciudad prohibida, que fue construida hace casi 600 años, cuando los emperadores Ming trasladaron su capital a Beijing, es el monumento de la China imperial por excelencia. Una auténtica ciudad al servicio exclusivo del emperador. Lo primero que encuentra el visitante es una impresionante muralla y un foso de más de 50 metros de anchura. Al franquear la Puerta Meridiana, ante la que antaño esperaban los funcionarios y enviados para ser recibidos por el emperador, se llega a un enorme patio atravesado por un canal. Hay que cruzarlo por uno de los cinco puentes bautizados con las virtudes imperiales antes de llegar a la Puerta de la Armonía Suprema.

Desde aquí se observa una inmensa explanada, adoquinada con siete niveles de piedra, para prevenir un atentado cavando galerías subterráneas. Y al fondo se alza, sobre tres terrazas de mármol, el Pabellón de la Armonía Suprema, el centro simbólico de China y el geográfico de Beijing. En su patio se ven la grulla y la tortuga, símbolos de longevidad; y la medida del grano y el reloj del sol, símbolos del control de calendario por el emperador. En el centro del pabellón se encuentra el trono imperial, la sala más importante de la Ciudad Prohibida y, según la tradición, la construcción más elevada de la China antigua, pues nadie podía construir un pabellón más alto.

Sentado en su trono, el emperador realizaba las labores protocolarias de gobierno: recibir a los embajadores extranjeros o presidir sus consejos de ministros. Tras ella hay dos grandes salas, de una importancia ritual secundaria, pues sólo eran utilizadas por el emperador para prepararse o descansar antes de las actividades imperiales. Estas tres salas, y la multitud de pabellones laterales, que ahora exhiben algunos de los tesoros del palacio, estaban consideradas como la zona pública de la Ciudad Prohibida.

A su lado, los siguientes tres pabellones -la llamada parte privada-, siempre en sentido sur-norte, resultan mucho más pequeños. Es allí donde se encuentran los dormitorios del emperador y la emperatriz, y un poco más al oeste se hayan todos los aposentos de las concubinas.

En las secciones laterales de este palacio, que raramente hay tiempo para visitar, se encuentran infinidad de dependencias utilizadas por los distintos emperadores. El que cuente con un poco de tiempo podrá visitar el Muro de los Nueve Dragones, con los Tesoros Imperiales y el Jardín de Qianlong, el lugar donde este emperador se retiró abdicando tras sesenta años de reinado. Al otro lado de la Plaza de Tiananmen, el barrio de Qianmen, de estrechas callejuelas preñadas de viviendas anónimas, constituye el contraste perfecto con la residencia impe- rial. El reino del sol, de los grandes patios soleados, contrasta con las oscuras callejas donde la gente se hacina desde hace generaciones. Ese era el barrio donde los manchúes confinaron a los chinos tras conquistar el país en el siglo XVII, y ha sido el barrio comercial por excelencia. Una restauración preolímpica ha acabado con las viviendas más miserables, pero un paseo sosegado por sus calles, y las que salen a su alrededor hacia la calle de los anticuarios Liulichang, nos dará la oportunidad de conocer la China profunda.

Cuando el viajero piense que ya ha conocido los tres estratos, ese celestial encarnado por los emperadores, el terrenal del pueblo y el simbólico de la plaza comunista, podrá descubrir hacia el oeste una especie de globo gigantesco que escapa a toda definición. Si se toma la molestia de bordear el Gran Palacio del Pueblo, descubrirá una gran construcción donde viven y trabajan los dirigentes actuales: es el Teatro Nacional. Diseñado por el arquitecto francés Paul Andreu, simboliza como ningún otro monumento el rumbo de la nueva China olímpica y cosmopolita, abierta y segura. El enorme teatro, circular, invita a recrearse con un sueño que comenzará cuando se levante el telón de estos deseados Juegos Olímpicos. Es el reflejo de otra cultura, otra época, es el centro de una forma de pensar.

Más allá de la famosa plaza de Tiananmen también hay vida, por supuesto. Beijing está repleta de monumentos que el viajero deberá conocer en una lenta peregrinación que le llevará a viajar de un extremo a otro de la ciudad, y de un siglo a otro en la historia de la misma. Nadie debe perderse la visita al Templo del Cielo, esa sobria construcción erigida al sur de la ciudad, desde donde los emperadores rogaban al dios del cielo que proporcionara unas buenas cosechas y desde donde les agradecían la cosecha. En el otro extremo de Beijing, en los suburbios del noroeste, el Palacio de Verano, con esa decadente y exuberante decoración, permite disfrutar de la vida, olvidándose de las preocupaciones. Más hacia el interior de la capital china, la Torre del Tambor y la de la Campana, la zona de los lagos de Houhai, en la que se pueden visitar desde un triciclo las callejuelas o hutong más características y las viviendas de algunos residentes, acabarán por consumir unas horas que pasarán volando en esta inmensa urbe.

Por la noche, los barrios modernos, la calle peatonal de Wangfujin, el recién renovado Sanlitun, situado en el corazón de la zona de embajadas, la calle de los Fantasmas, las tranquilas cafeterías del Callejón del Címbalo y el Tambor acabarán por proporcionar al viajero una perspectiva equilibrada entre ese Beijing antiguo y moderno que, desde la concesión de los Juegos Olímpicos, también se ha transformado en una ciudad global.