La noche en el Valle de los Reyes

Carlos Pascual

Las sombras cómplices (tarde-noche)
Al caer la tarde, la Corniche (paseo fluvial de Luxor) cobra vida como una serpiente sagrada que despertara de su letargo. Barcazas atiborradas de operarios azacanean de un lado a otro, los faluchos despliegan sus velas ebúrneas y sacan a pasear a los turistas; los que no quieren pagarse un paseo en calesa compran helados y chucherías o se extasían mirando la puesta de sol, que sigue teniendo algo de sagrado: Osiris, tras cruzar el río, agoniza en un charco de púrpura y queda sepultado en el vientre del horizonte, tras la Montaña Tebana, para cruzar las tinieblas y poder resucitar al día siguiente por el lado opuesto; momento sublime que algunos desaprensivos aprovechan para ligar.

También es un buen momento para visitar los templos, que con los focos eléctricos cobran una magia especial (claro está que, si se quiere no perder detalle, la visita ha de hacerse de día, soportando el calor y los empujones). El templo de Luxor es más "sencillo" o comprensible. Los dos colosos de la entrada representan a Ramsés II, y en su día fueron seis; también eran dos los obeliscos, el que falta aquí es el que preside la Place de la Concorde en París. Las hileras de columnas papiriformes parecen agigantarse con las sombras, y si no fuera por la proximidad de la cornisa y la agitación que se cuela por las verjas, cualquiera sentiría un irremediable miedo.

Una avenida procesional de casi tres kilómetros, orlada de esfinges con cara de carnero, unía este templo con el de Karnak. Pero Karnak no es un simple templo sino un laberinto, una ciudadela sacra formada por acumulación a lo largo de los siglos, desde el Imperio Medio (2050 antes de Cristo), ya que cada faraón quiso dejar algo de su cosecha. Allí reinaba Ra, pero también otras divinidades subalternas, y era un espacio completamente vedado a los profanos.
Una buena manera de intentar digerir tamaño potaje teológico y arqueológico es acudir al espectáculo de luz y sonido que cada noche se efectúa, caminando por el templo, y luego acomodarse frente al lago sagrado, por donde el sol se paseaba en barca.

Regreso a la noche
El barullo de dioses, animales, faraones, dinastías, imperios, crímenes, amoríos y demás harapos del tiempo (como diría Donne, el coetáneo de Shakespeare) hacen que uno salga del espectáculo con la imperiosa necesidad de beberse el río Nilo. En un país creyente, como Egipto, ya se sabe, a lo sumo se puede beber un café (que no se bebe, se mastica) o una infusión de hibisco, que, aparte de ser agradable y refrescante, es la bebida nacional (después de la coca cola).
La noche de Luxor, cuando el río es sólo un bulto amodorrado, tiene un tacto muelle y acolchado, como inducido por la mano lunar de Isis. Los cafetines están abiertos, y pese a las atrocidades planetarias que salpica hasta la acera algún televisor, una buena shisha (pipa de agua) devuelve la paz al callejón de marras. También los zocos permanecen abiertos, y las carnicerías, y las barberías (son tantas que podría decirse, sin exageración, que tocan a una por barba); algunos sastres y zapateros siguen a lo suyo, y hasta puede practicarse el regateo en alguna tienda de souvenirs. Ahora bien, para las compras turísticas serias hay que volver de día, porque los tenderos egipcios, bastante despabilados, saben que los turistas se van a dormir con las gallinas.

El círculo de agua
Sería tonto no aprovechar la falúa para darse una vueltecita por los alrededores de Luxor. Aguas abajo del Nilo, muy cerca, el templo de Hator, en Dendera, conserva los colores más vivaces de los exteriores faraónicos (bien es cierto que son tardíos, de época ptolemaica). Aguas arriba de Luxor, Esna custodia una sala hipóstila de la época romana. No demasiado lejos, Edfú es otra de las grandes maravillas del Alto Egipto, con uno de los templos mejor conservados, donde el halcón Horus, edecán del astro solar Ra, moraba oculto como una larva en una cámara oscura, arropada por salas, patios y cáscaras de piedra.
Más allá asomará Kom Ombo, sobre surcos que tal vez esté roturando una yunta de bueyes; en Kom Ombo queda uno boquiabierto contemplando, en relieves muy explícitos, el material quirúrgico tan sofisticado que manejaban los galenos faraónicos.

Más allá, navegando contra corriente, llegaríamos a Asuán y las tierras nubias. Pero ese sería otro periplo, y el nuestro se cierra regresando a Luxor, a la orilla de los vivos. Tiempo habrá para otros viajes y, sobre todo, para cruzar la orilla, en sentido figurado: la eternidad puede esperar. Y más en Tebas.