La muerte como fiesta en Oaxaca

Aunque reflejan el sincretismo religioso que caracteriza a todo México, los Días de Muertos en Oaxaca cobran una intensidad especial. En realidad, todo el Estado de Oaxaca –mayoritariamente indígena– se convierte durante estos días festivos en un bullicioso canto a la Muerte.

Jaime González de Castejón
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Foto: Tino Soriano

Las conmemoraciones católicas de Todos los Santos y Fieles Difuntos mantienen en estas latitudes unas fuertes conexiones con las costumbres del periodo precolombino. Los preparativos que tradicionalmente comenzaban el día 30 de octubre se han ido adelantando, y ya desde mediados de este mes las calles y los mercados de Oaxaca se llenan de puestos abarrotados con los alimentos y materiales que habitualmente se emplean para la elaboración de los altares caseros. Estos pequeños templetes, que pueden llegar a alcanzar hasta siete niveles de altura en forma de escalinata, se recargan hasta lo indecible con abundantes ofrendas florales y culinarias entreveradas con figuras de esqueletos, ataúdes, diablillos y calaveras, imágenes religiosas y de papel recortado (papel picado), retratos de los familiares difuntos y algunos de sus manjares y objetos favoritos, recipientes con agua, velas, incienso y copal, licores, cigarrillos y arcos de caña adornados con flores, que simulan puertas de bienvenida.

El mes de noviembre se estrena con misas especiales y la costumbre de llevar los muertos, dedicando el primer día a los angelitos -los que murieron siendo niños- y el segundo a los finados adultos. Cuando cae la noche, el mundo de las sombras se ilumina cálidamente con las miles de veladoras -velas, candelas y lamparillas- que arden en torno a las tumbas y en los nichos. En el Panteón -que así es como llaman en estos lares a los cementerios- de San Miguel, el más emblemático de todos, se llegan a prender unas dos mil quinientas luces, que brillan entre las multitudes congregadas en torno a los nichos y los sepulcros de sus familiares fallecidos. Las veladas que se organizan consisten en acompañar a los muertos, compartiendo comida y música hasta el amanecer. Los actos conmemorativos de estas fechas incluyen, además, concursos de altares y de tapetes -unas alfombrillas de serrín tintado o arenas de colores-, obras especiales de teatro y humorísticas comparsas callejeras que, con disfraces macabros, bailan durante toda la noche al son de la banda. Para muchos oaxaqueños, lo mejor de estas fiestas es que durante varios días "se come delicioso".

Raíces prehispánicas

Pero la fuerza más poderosa de esta tradición, la inquietante algarabía con que se viven los Días de Muertos, reside en la profundidad de sus raíces prehispánicas. Las órdenes religiosas que a lo largo del siglo XVI enviaba España para catequizar a las naciones mexicana, mixteca y zapoteca se encontraron -como se habían encontrado tantas culturas colonizadoras anteriores a lo largo de los siglos- ante la necesidad de equiparar de algún modo las costumbres autóctonas con las ceremonias de la nueva religión que venían a propagar. Así se fueron emparejando los rituales considerados paganos con las festividades que iba marcando el calendario litúrgico del catolicismo.

Rituales mágicos

El politeísmo indio incluía el culto a los antepasados y al Señor de un Inframundo de varios niveles, una poderosa deidad representada con figura de esqueleto. De ahí la reiteración de calaveras y esqueletos, como adornos, dulces o disfraces, durante las festividades actuales. La abundancia de manjares y objetos simbólicos imitan las ofrendas que en los ritos mortuorios precolombinos estaban destinadas a encaminar el alma del difunto hacia el lugar del inframundo que le correspondiera según la forma en que hubiese muerto: en la infancia, de muerte natural, enfermedades, ahogamiento, en la guerra -o de parto, su equivalente para las mujeres-, por suicidio o en sacrificio. Los lazos con los seres queridos se mantenían después de su muerte, se les invocaba para la siembra, la cacería y la guerra, se evocaban en todos los acontecimientos sociales y se convocaba la presencia de sus espíritus en fechas especiales con rituales mágicos. Las ofrendas que hoy se preparan al gusto de los muertos siguen cumpliendo la función de atraerlos por la añoranza de sus antiguas pertenencias.

Manjares para los muertos

Entre el encendido amarillo anaranjado de los cempasúchiles, las flores de más de veinte pétalos -en náhuatl- que con abundancia decoran los altares caseros, encontraremos un fiel reflejo de lo mejor que la tradición culinaria oaxaqueña ofrece en esta temporada. Como los diferentes moles -esos guisotes con salsas de color negro, verde, amarillo o colorado-, o los clásicos tamales envueltos en hojas de plátano, los incontables y exóticos dulces autóctonos, la calabaza en conserva, las calaveritas de azúcar -que se hacen con moldes y se decoran con recortes de papeles de colores brillantes-, el chocolate a la taza -orgullo de Oaxaca y elaborado con cacao, almendra, canela y azúcar-, las coloridas ristras de frutas de temporada, y el imprescindible pan de muerto -muy creativo, de diferentes formas y terminado con barniz al huevo-. Y desde luego, acompañándolo todo, el afamado mezcal de Oaxaca, elaborado con ágave -o maguey- de la región y que suele llevar un gusano de maguey en su interior. Y, por cierto, que el cempasúchil, la flor de los muertos, también puede comerse: en ensaladas, tortitas, caldos, cremas de relleno, salsas y postres.