La magia de los diferentes jardines y su comunión con la naturaleza

JOSÉ MARÍA BERMEJO

El jardín japonés forma parte también de la Naturaleza: no la imita sino que la sigue, aunque sea a través de la expresión, un tanto atrevida, de "capturar vivo el paisaje" (shakkei) o, mejor dicho, la recrea. Incluso en los llamados "jardines secos" se tiene en cuenta el entorno natural (se dice que uno de ellos fue hecho para ser contemplado cuando hubiera luna, para ver su reflejo en la arena). Los jardines japoneses tienen su origen en la sacralización de los enclaves naturales, pero deben mucho también a los modelos chinos y coreanos y al espíritu del zen, aunque modulados de una manera original, y con una variedad extraordinaria, que se concentra precisamente en Kioto, donde hay jardines de placer (funa asobi), como Byodoin; de paseo (shuyu), como Kinkakuji, Ginkakuji y Saihoji; de meditación (kansho), como Daisenin y Ryoanji; de té (chaniwa), como Murinan, o de prestigio (kaiyushiki teien), como Katsura Rikyu. Hay jardines de roca o arena, de musgo, de pinos, de camelias, de iris, de cerezos, de sauces, de ciruelos, de crisantemos, de glicinas... El agua evoca la vida y las plantas marcan el paso de las distintas estaciones. En los jardines secos, la Naturaleza está sugerida, interiorizada, como si se quisiera condensar su espíritu, más allá de las formas. El modelo perfecto sería el jardín de Ryoanji: un espacio rectangular de arena blanca rastrillada en el que emergen 15 rocas con un cerco de musgo. Ese jardín sin árboles, sin flores, sin agua, diseñado para calmar la mente, resume, en su elegante austeridad, la relación entre arte, naturaleza y paisaje interior. Un "haiku" de Bashô expresa la clara comunión de la Naturaleza con el espacio humano:
Monte y jardín se adentran en la casa, salón de estío