La China moderna está en la Costa Este

De la arrolladora Shanghai a la romántica Hangzhou, pasando por la majestuosa Hong Kong, la tentadora Macao, la espectacular Guilin y las emergentes Dalian, Qingdao, Cantón, Censen y Xiamen, y saltando a la isla de Hainan, las ciudades y enclaves de la costa Este de China son la nueva cara del gigante asiático, un país que respira a grandes bocanadas modernidad y vanguardismo, pero que no olvida una tradición milenaria que sigue siendo parte clave de su encanto. Un contraste que enamora y sorprende tanto al recién llegado como al viajero más experimentado.

Pedro Ceinos

China es inmensa, un continente de paisajes y pueblos distintos y distantes, un mundo que, lejos de esa sociedad homogénea imaginada desde el exterior, está formado por una mezcolanza de poblaciones y culturas que han conservado hasta el presente características peculiares. Poblaciones que se identifican con unos pocos rasgos culturales comunes: fundamentalmente utilizar para la escritura los caracteres chinos y vivir gobernados por el mismo Ejecutivo. Aun dejando de lado la existencia de numerosas minorías étnicas en las zonas fronterizas del sur y el oeste, entre los propios chinos las diferencias son notables: los del sur hablan dialectos que no entienden los del norte, los del oeste comen alimentos que no tragan los del este, los del norte tienen un carácter complicado por igual para los habitantes del resto de China, y los del este, una capacidad de hacer negocios que envidian todos los demás. Esa es la razón de que la renta del este de China sea tres veces superior a la del oeste, y de que la brecha económica que separa como una sima el este y el oeste se agudice cada año que pasa. Todo empezó en el comienzo de los tiempos. Entre los primeros pobladores de lo que luego sería China ya vemos una diferencia básica, pues en tiempos neolíticos las culturas del este de China, como las de Hemutu y Liangzhu, ya se dedicaban al comercio y algunos de sus instrumentos están extendidos por toda la costa e incluso por las islas del Pacífico, mientras que en el centro y oeste de China los primeros Estados imponían su poder sobre los vecinos gracias al monopolio en la metalurgia del bronce.

Esas diferencias que se iniciaron ya en épocas tan remotas no hicieron sino agudizarse con el discurrir de los siglos, y mientras el norte y el oeste de China eran asolados una y otra vez por los ejércitos de generales sedientos de gloria, la zona costera experimentaba un lento pero constante progreso cimentado en un comercio que en algunas épocas llegó a alcanzar lejanos continentes.

Según pasaban las dinastías, las variaciones entre ambas regiones no hacían sino aumentar, por ello se construyó ese Gran Canal que llevaba las riquezas del sureste al norte y al oeste del país, donde los emperadores establecían sus capitales.

No fue casualidad que, tras la victoria en la Guerra del Opio, las potencias coloniales eligieran estas ciudades costeras como bases de penetración. Su cultura comercial ya las había convertido en el intermediario natural entre China y el resto del mundo, pues, lejos de las capitales y el control burocrático de los funcionarios, ya eran centros de comercio e innovación. Y tampoco fue casualidad que, tras el inicio de las políticas de reforma y apertura al exterior, recuperaran su protagonismo las urbes costeras, iniciando el vertiginoso desarrollo que ha experimentado China, convirtiéndola en la cuarta economía más próspera y rica de todo el planeta.

La costa Este de China es, otra vez, un puente al oeste, un puente articulado en torno a tres grandes regiones -el Golfo de Bohai, el Delta del Yangtze y el del río Zhujiang- que atraen a una legión de viajeros y hombres de negocios dispuestos a disfrutar, contagiándose con su frenético ritmo de vida.

Shanghai, carácter y cultura
Los viajeros que acudían hace años a Shanghai por negocios estaban deseando dar carpetazo al último asunto pendiente para escapar de una ciudad aburrida como pocas. En poco tiempo la situación ha experimentado un cambio radical y las largas jornadas de trabajo se pueden compaginar con unas noches que se alargan tanto como se desee gozar de los numerosos atractivos que esta ciudad ofrece.

Por el día, las posibilidades que genera Shanghai se han ido expandiendo desde el famoso jardín Yuyuan, en medio de la zona antigua, todavía hoy cita obligada de todo el que visita la ciudad, hacia un río Huangpu que, como prólogo a la futura celebración de la Exposición Universal, se ha convertido ya en un imán para ciudadanos y visitantes. El viajero se podría pasar una semana disfrutando de todos los momentos únicos que ofrece el Shanghai del presente, desde una comida romántica a la orilla del río en el Whampoa Club o en el bufé del Hotel Westin a un crucero en esos barcos de formas caprichosas, la subida al último piso del edificio Jinmao, al Museo del Sexo situado bajo al malecón o el indescriptible viaje bajo el río en cabinas psicodélicas. Ese río que fue el corazón de Shanghai en el pasado se encuentra como un dragón en continua trasformación, multiplicando las atracciones con las que seducir a los viajeros.

Un carácter más teñido de cultura se percibirá dirigiéndose a la Plaza del Pueblo. Este rincón de la urbe está dominada por esa imponente vasija que alberga el Museo de Shanghai, cuyas colecciones de bronce y de cerámica resultan sobresalientes. Frente a él, el Ayuntamiento, y a sus dos lados, el Museo de Planificación de la Ciudad y el Gran Teatro de Shanghai. Un poco más atrás se encuentran el Museo de Arte Moderno y la famosa calle Nanjing. El río, la plaza y la calle Nanjing constituyen sólo el armazón en torno al que articular nuestra visita, pues Shanghai sólo se muestra al que se sumerge en ella, y de nada servirá pasar apresurado visitando sus lugares destacados; aquí será obligatorio fundirse con la población local para integrarse en el ritmo de vida más fascinante de Asia. De esos grandes restaurantes para cientos de personas a las casas de comidas con sólo dos o tres mesas, los grandes centros comerciales y las tiendecitas de las calles estrechas. Tal vez sea precisamente el contraste entre sus mundos lo que convierte a Shanghai en una ciudad tan atractiva.

Hangzhou, naturaleza elegante
En comparación a Shanghai, Hangzhou se puede considerar como la novia que pasea elegante en medio de la naturaleza. Hangzhou, posiblemente la ciudad más rica de China, también coqueteó un tiempo con la especulación inmobiliaria para desterrarla después a la otra orilla del río Qiangtang.
Hangzhou viene definida y condicionada por el Lago del Oeste, un bello lago de apenas 12 kilómetros cuadrados cuyas orillas bien cuidadas están preñadas de parques y lugares de recreo. En Hangzhou, el ritmo trepidante de Shanghai ha desparecido, y en su lugar es el lento descender de la luna sobre las aguas del lago lo que marca su apacible ritmo de la vida. Se puede conocer el lago en barca, desde las grandes naves dragón que utilizan los turistas a las más pequeñas que alquilan en las orillas, o paseando por el laberinto de parques de nombres rimbombantes construidos a su alrededor. En ese caso uno no debe perderse la Casa de Guo, con su tranquila casa de té, ni el Mundo del Lago Oeste (Xihu Tiandi).

El Templo del Alma Escondida, uno de los templos más grandes y famosos del este de China, con sus esculturas de piedra, y los templos pequeños semiocultos entre la densa vegetación que conducen a las aldeas donde se produce el té del Pozo del Dragón, el más famoso del país, forman un armonioso contraste con la cuidada urbanización de la ciudad. Por la noche no quedará mas remedio que decantarse por el Xihu Tiandi (Mundo del Lago Oeste), o alejarse un poco hasta la terraza del restaurante Bernini, o las cafeterías de la avenida Hubing.

Hong Kong, la eterna sorpresa
Ahora que toda China es Hong Kong, algunos viajeros se ven tentados de eliminar su visita a esta ciudad. Es verdad que cuando el programa va un poco apretado, su precio elevado, la molestia de hacer un nuevo paso de frontera y su distancia al centro de China desanima a muchos viajeros, pero los que conocen Hong Kong saben que es una ciudad llena de atractivos, y los que la conocen bien aseguran que sus calles están llenas de sorpresas que convierten la visita a la ciudad en una aventura interminable. La verdad es que Hong Kong, el "Puerto Fragante" en chino, es una ciudad de visita obligada para el que viaja a China con un poco de tiempo. Definida por una majestuosa naturaleza, se estableció en una estrecha franja de tierra llana, bajo una imponente montaña, frente a una bella bahía. Pese a todo, su naturaleza tropical se hace evidente en una de las ciudades más urbanizadas de todo el mundo, donde el cemento y el acero deben luchar por cada pulgada que roban a su exuberancia.

Las dos orillas de la bahía definen Hong Kong, tanto la de la isla propiamente dicha, de igual nombre, como la de la Península de Kowloon. Un recorrido por la costa de la isla nos revelará sin tapujos la estratificación histórica y social de este territorio. Desde los imponentes edificios del Distrito Central, donde se concentra el músculo financiero de la ciudad, que se va diluyendo hacia ambos lados en ambientes más populares, hasta los asentamientos de pescadores de la Bahía Aberdeen o esos otros residenciales de Repulse Bay o Stanley Village, el viajero habrá recorrido por completo ese microcosmos que constituye la isla.

Algunos consideran a la Península de Kowloon como una zona comercial destinada sólo a los turistas que masivamente visitan esta gigantesca ciudad. Nada más lejos de la realidad, pues, por el contrario, los más modernos centros artísticos y culturales conviven en estos barrios con unas estrechas callejuelas cuyo típico ambiente parece haberse importado del barrio más carismático de la Gran China.

Por la noche, es difícil resistirse a la tentación de la bahía, con esos gigantescos carteles que ya forman parte de su naturaleza; y, si no se dispone de la posibilidad de una cena tranquila en una habitación con vistas, habrá que buscar el ambiente más espectacular: tal vez The Peak, en lo alto del Pico Victoria, o alguno de los restaurantes del afamado Hotel Península.

Macao, la capital del juego
Macao fue la primera ciudad china en experimentar la influencia extranjera y la que más tiempo ha estado gobernada por otro país, ya que durante más de 400 años estuvo bajo gobierno portugués. Tal vez la gloria de Macao le llegó demasiado pronto, como ese imperio del que formaba parte, pues habiendo cedido su protagonismo a Hong Kong, Shanghai y otras ciudades desde la Primera Guerra del Opio, ha pasado siglo y medio en una larga siesta, de la que sólo ha despertado en los últimos años, cuando las grandes multinacionales del juego han puesto sus ojos en un enclave donde este tipo de actividad resulta legal, rodeado de millonarios algo ludópatas.

El centro de Macao, debidamente conservado y restaurado, nos puede hacer soñar con esos tiempos en que el destino de Oriente se decidía entre sus muros. Su monumento más importante es la fachada -sí, sólo la fachada- de la Iglesia de San Pablo, que fue destruida por un incendio en 1835 y nunca se reconstruyó. Esta es la prueba palpable de que el mundo de Macao ya pasó hace mucho tiempo. Junto a ese mundo encapsulado, las grúas trabajan sin descanso, transformando la ciudad a un ritmo raramente superado en este país de crecimiento vertiginoso. MGM Mirage, Wynn y los mayores propietarios mundiales de casinos invierten cantidades astronómicas en una ciudad que desbancará a Las Vegas como meca del juego en el año 2008; no en vano han descubierto los expertos que cada jugador se gasta en Macao tres veces más que en Las Vegas.

La larga costa Este de China, que se tensa como un arco sobre su tierra cansada, cuenta con un buen número de urbes interesantes. Todas ellas, centros industriales, comerciales, financieros y de comunicaciones, son visitadas frecuentemente por comerciantes y viajeros llegados desde los cinco continentes. Cada una de ellas ha conseguido crecer con unas características propias que despiertan el interés de todos sus visitantes.

Dalian, el puerto agradable
Una ciudad que creció bajo el poder de los japoneses, que supieron aprovechar su estratégica situación para utilizarla como su puerta de penetración hacia el noroeste, se ha convertido en unos años en el segundo puerto más importante de todo el país.

Una población cosmopolita, en la que japoneses, coreanos y rusos conviven con los chinos, y un desarrollo continuado le han convertido en una de las ciudades más agradables de China. En el centro, la calle de los Rusos ha recuperado las últimas construcciones de la época colonial, mientras que una serie de playas en las afueras se ha transformado en uno de los destinos veraniegos favoritos de los chinos.

Qingdao, la herencia alemana
Qingdao, un poco más al sur, fue en cambio la puerta de penetración alemana a la rica provincia de Shandong, pues a fines del XIX las potencias se habían repartido China en esferas de infl uencia. La herencia alemana, denostada durante un tiempo, florece ahora en Qingdao. Las grandes iglesias y edifi cios de gobierno han sido restaurados, así como las villas que se extienden en cuidadas urbanizaciones a lo largo de la costa, e incluso los edificios modernos han adquirido un estilo que evoca los dorados tiempos germanos. Frente a su cuidado complejo histórico monumental, Qingdao, que será sede olímpica para las competiciones de vela en el año 2008, presenta en su nuevo puerto deportivo un reto hacia el futuro.

Guilin, el paisaje total
Todos hemos visto alguna vez la imagen de una increíble puesta de sol que abraza a unas montañas jorobadas que se reflejan en un río, el Li, en donde flota una solitaria barca de pescadores plana y alargada, con su tripulante en pie acompañado de la cesta para recoger su trabajo y de varios cormoranes esperando su turno para zambullirse. Es la imagen más turística y bucólica de China, y pertenece a la localidad de Guilin, que goza de uno de los paisajes más increíbles de todo el planeta.

Con más de dos mil años de antigüedad, circundada por el río Li, la ciudad de Guilin constituye otro ejemplo perfecto de la combinación entre lo moderno y lo tradicional, de la armonía entre un entorno fascinante y unos servicios de primera para el viajero. Guilin se ha convertido en el emblema y ejemplo del esfuerzo chino por impulsar el llamado turismo sostenible. Situada al suroeste de las montañas Nanling y favorecida además por un clima subtropical que le aporta una temperatura media anual de 19 grados centígrados, no hay que marcharse de la ciudad sin visitar el Parque de las Siete Estrellas y la Colina del Elefante, su principal emblema.

Cantón, bajo el peso de la historia
Fue capital del reino de Yue hace más de 2.200 años. Sin apenas monumentos que reflejen su historia antigua, Cantón sólo mira a ese pasado colonial que se conserva en la Isla de Shamian, destinada tras la Guerra del Opio a las concesiones extranjeras, para tomar impulso con el objetivo de lanzarse aún con más fuerza hacia el futuro. Patria de los primeros emigrantes chinos, rentabiliza esa comunidad de idioma con los hongkonitas y los chinos de ultramar.

Shenzhen, desarrollo urbano
No se puede dejar de hablar del este de China sin mencionar a Shenzhen, ciudad que simboliza como ninguna las políticas que dieron lugar a este desarrollo. Situada justo en la frontera administrativa con Hong Kong, fue la primera Zona Económica Experimental y la más favorecida por la llegada del capitalismo de estilo chino. En veinte años esta aldea de pescadores se ha convertido en una ciudad de 10 millones de habitantes con algunos de los paisajes urbanos más espectaculares de Asia.