La Australia aborigen

Tan sólo la comunidad aborigen que lo habita desde hace 40.000 años entiende el origen de esta naturaleza y de su magnética energía.

Ana G. Vitienes

Bruce Chatwin aseguraba que "los aborígenes australianos rehacen a diario el mundo volviendo sobre los trazos de la canción de sus antepasados, y así mantienen siempre fresca la creación de las montañas, los valles, los desiertos y los ríos secretos". Este viajero británico no fue el primer escritor fascinado por la ligazón casi telepática entre esta tierra de extremos y sus habitantes aborígenes. Pero su libro Los trazos de la canción (1987) descubrió para el gran público la interrelación chamánica entre el alma humana de las tribus asentadas en la isla continente hace más de 40.000 años y el espíritu que transpira la intensa planicie roja del centro de Australia, donde el hombre blanco no hizo su aparición hasta 1869. Así, al esfuerzo de afrontar su visión inhóspita y sus temperaturas amenazadoras para visitar algunos de los caprichos más extraordinarios de las Antípodas -encabezados por el monolito Uluru y las pinturas rupestres del Parque Nacional de Kakadu- se suma un reto adicional: ver más allá de lo aparente.

Para empezar, este confín poblado de canguros wallabie, serpientes que hablan, reptiles de lengua azul, termitas magnéticas, cocodrilos de cinco metros, rocas alienígenas, desfiladeros sin aliento y una considerable y molesta cantidad de resistentes insectos no es el extremo alejado de todo que parece. De hecho, funciona como el vórtice telúrico de una fuente de energía inexplicable donde cada elemento, incluso inanimado, cobra vida.

Resulta difícil acercarse a las leyendas y los rituales que conjuran los aborígenes australianos en sus lugares sagrados, pero su peculiar cosmogonía y sus historias y didgeridoos -instrumento musical elaborado con troncos de eucalipto carcomidos por las termitas- impregnan toda experiencia directa con el Territorio del Norte. Incluso de lejos, ataviados con su look de explorador de la fiebre del oro, muchos pueden confundirse con clones de Cocodrilo Dundee que beben grandes jarras de cerveza y juegan al billar en los bares de carretera.

Aunque vistan ropas occidentales, tengan nombres cristianos como Rupert o Dawn o cazen canguros con rifles automáticos, hay que traspasar esa apariencia impuesta. Como las tribus que siguen la leyenda Tjurkupa -ley espiritual traducida al lenguaje moderno como Dreamtime o "Tiempo del Sueño"-, los rituales de iniciación y supervivencia aborigen permanecen vivos en la lengua oral pitjantjatjara, su principal vía de comunicación con el pasado y la familia. Así que su comportamiento parece convencional, pero es una integración ajena a su sabiduría del outbush, la permeabilidad e identificación con este desierto en el que han sobrevivido dentro de su organismo sostenible, como si fueran un órgano vital más del ecosistema.

Para la mentalidad que practica el materialismo autoindulgente, entender esta cultura vinculada a los ciclos del territorio y la libertad esencial de sobrevivir en él de modo intuitivo y mimético resulta complejo. No es sino una más de las contradicciones del Territorio. Aquí no sirven las estampas típicas como los rebaños de miles de ovejas pastando en praderas. El Territorio del Norte ocupa un espacio de 1.400.000 kilómetros cuadrados en el centro-norte de la isla continente, apenas habitado. El bullicio se focaliza en contadas poblaciones apostadas en las lindes de la Stuart Highway. Esta autopista, conocida como The Track, atraviesa dramáticos paisajes de Adelaida a Darwin, deteniéndose en una de sus mecas turísticas: Alice Springs.

Los aborígenes -de los anangu de Uluru a los arrente de Alice Springs, los walpiri del norte o los yolngu en Arhem Land- suponen el 31 por ciento de sus 220.000 habitantes. También poseen, de acuerdo a los Derechos de la Tierra Aborigen concedidos en 1976, el 49 por ciento de su superficie. Esta ley histórica reconoce la titularidad entre sus pobladores originarios y hace que el tránsito por algunas áreas indígenas esté sujeto a estrictos permisos. Tal es el caso de las visitas estrellas de Uluru -bautizada por los europeos como Ayers Rock- y Kata Tjuta -Las Olgas-, impresionantes formaciones rocosas que son a la vez espacios sagrados de la cultura aborigen y destino de casi 1,7 millones de visitantes anuales. Por eso a los pies del monolito Uluru, una muela de 3,6 kilómetros de largo clavada en medio del horizonte rojizo y considerada el símbolo del Territorio, se realizan ofrendas a la snake people o gente serpiente al atardecer, mientras durante el día cientos de montañeros escalan la roca viva para hacerse una foto en lo alto con sus móviles de última generación. Los visitantes están obligados a dormir en los resorts de Yulara, desde donde también visitan Kata Tjuta, curioso ejemplo de erosión geológica compuesto por 36 formaciones cuyo color cambia con la luz, y que también es sagrado para los aborígenes.

Alice Springs, a 443 kilómetros de distancia, es el centro urbano de la zona. Esta "parrilla de calles abrasadas por el sol donde se escucha el griterío de hombres con pantalón corto y medias largas que bajan y suben de los Land Rover", como describió Chatwin, es el único lugar realmente urbano. Aunque incluso ese concepto es aquí diferente: con sus restaurantes de proteínas exóticas donde humean chuletas de búfalo o guiso de cocodrilo, su museo de serpientes venenosas y su centro de médicos voladores -la única manera de atender a los enfermos diseminados en una extensión tan inmensa-, nada es estándar.

Acodados en la barra de un bar, los autóctonos derrochan charlas sin desperdicio, como el jolgorio de la regata Henley-on-Todd, una fiesta que reúne en septiembre cientos de embarcaciones decididas a navegar por un cauce seco. O los Ovnis que dicen sobrevuelan los cráteres de Henbury, formados hace 4.700 años por el impacto de una lluvia de meteoritos, lugar que en lengua nativa se conoce como Chindu chinna waru chingi yaku, "El camino de fuego del sol en la roca del diablo".

A medio camino de Darwin, la ciudad que domina el Territorio cerca de la costa, las ricas minas de uranio, bauxita y manganeso se alternan con los espacios sagrados aborígenes y la tierra salvaje en medio de un silencio que sólo rompe el calor sofocante que agrieta el asfalto. La ruta por The Track recibe la mirada absorta de algunos marsupiales y lagartos buscando alimento en la ruta a Kakadu. Este Parque Nacional, declarado Patrimonio de Humanidad por la Unesco, tiene una extensión equivalente a la de Israel y se cree que contiene un 10 por ciento de las reservas mundiales de uranio, además de una considerable colonia de cocodrilos de agua dulce y salada que pueden verse en granjas y ríos, murciélagos gigantes, equidnas y peces prehistóricos comestibles, como el barramundi.

Una naturaleza desbordante que se refleja en pinturas rupestres de 35.000 años de antigüedad, cuyo significado intentan transmitir sin mucho éxito los pocos aborígenes que se emplean como guías rangers. Quizás porque entender las leyes que impone aquí la naturaleza exige desarrollar una percepción diferente de lo que somos, como la que cultivan aquellos que han poblado este Territorio desde un tiempo tan largo que parece parte de un sueño.