Kuala Lumpur: la jungla y el cristal

Carlos Hernández
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Foto: Concha Esquinas

Un macaco desayuna frutos silvestres en las ramas de un árbol centenario. Su hábitat es un espacio reducido de selva virgen en el que abundan los grandes lagartos, serpientes pitón y otras especies de mono. El simio observa con tranquilidad lo que ocurre delante de sus ojos: coches y motos circulan a toda velocidad, mientras una manada de seres humanos se baja en la cercana parada del metro para dirigirse a sus puestos de trabajo. Como rutinariamente hace todos los días, el macaco mira por encima de los edificios cercanos y confirma que las dos gigantescas torres siguen allí. Él no lo sabe pero se trata de los rascacielos que, durante años, fueron considerados los más altos del planeta. Ahora han perdido esa marca, pero las torres Petronas siguen vigilando las dos junglas que se extienden a sus pies: la enorme ciudad de cemento y cristal, y la reducida pero intensa mancha verde desde dónde las observa el macaco.

Así es Kuala Lumpur, la capital de Malasia, una ciudad de enormes contrastes en la que se puede caminar por una pequeña selva rodeada de edificios y torres de comunicaciones. Un lugar en el que chinos, bumiputras, indios y occidentales trabajan en multinacionales y comen noodles, por menos de un euro, en los puestos callejeros ambulantes. Un océano de calles en las que los ‘santones'' hindúes pasean por la puerta de las iglesias cristianas y de los templos chinos mientras se escucha, como banda sonora, el canto del moecín llamando a sus fieles a una nueva oración.

Modernidad y crecimiento
Kuala Lumpur, y especialmente su centro financiero y administrativo, son el símbolo del progreso y el crecimiento económico que ha experimentado Malasia en las últimas tres décadas. Las grúas y los esqueletos de hormigón anuncian que la fiebre constructora, ya olvidada en la vieja Europa, continúa aquí alterando las mentes de políticos y empresarios.

No es de extrañar, por todo ello, que el símbolo de la ciudad y su mayor atractivo turístico sea contemplar dos grandes torres que llevan el nombre de una compañía petrolera. Las Petronas fueron los edificios más altos del mundo desde que finalizó su construcción, en 1998, hasta el año 2003 que se vieron superadas por otro rascacielos levantado en Taiwán. Contemplar sus más de 450 metros de altura desde su base resulta impresionante, especialmente durante la noche. Una cuidada iluminación hace resaltar el sutil estilo islámico de su diseño. La mayor frustración que producen en el viajero es la dificultad para acceder a ellas. El cupo de entradas es muy reducido y, por ello, su visita requiere un enorme madrugón y no poca paciencia para soportar una larga cola.

Esa inexplicable limitación en las Petronas, hace que muchos visitantes prefieran contemplar las vistas de la capital malaya desde lo alto de la KL Tower, la gran torre de comunicaciones de la ciudad. El mirador, situado casi 400 metros sobre la ciudad, resulta una visita casi obligada aunque, todo hay que decirlo, sus panorámicas tampoco conmuevan demasiado. Quizás por ello, sus promotores le han añadido como aliciente poder combinar la visita con otras experiencias más excitantes: disfrutar de un simulador de Fórmula 1 o de una película en, lo que ellos llaman, 5 Dimensiones (un 3D visual aderezado con el movimiento de las butacas y la proyección de chorros de aire sobre el sufrido espectador).

Junto a los rascacielos, la otra prueba del aparente ‘estado de gracia'' económico que vive la ciudad se respira en los descomunales y numerosos centros comerciales. ¿Pero, realmente hay compradores suficientes para tantas tiendas? Esta pregunta asalta la mente de muchos visitantes al ver varios complejos de 7 y 8 plantas separados, unos de otros, por escasos metros. La respuesta debe ser que sí, al menos de momento, porque las principales marcas de moda, joyas o prendas deportivas se pelean por lograr la mejor ubicación posible en cada ‘mall''. Suria, en los bajos de las Petronas, Pavillion y Times Square son los tres principales centros comerciales que dejarán exhausto al mayor adicto a las compras.

Los que no sean tan amantes de la modernidad o ya se hayan saturado de ella, pueden refugiarse en el Mercado Central y en la no muy lejana antigua estación de ferrocarril. Dos ejemplos diferentes de arquitectura colonial, de comienzos del siglo XX, que suponen un descanso para la vista después del empacho de cristal, acero y hormigón.

Naturaleza enlatada
Hasta mediados del siglo XIX una inexpugnable selva tropical ocupaba el terreno que, poco a poco, fueron invadiendo los humanos. Los tigres y los elefantes fueron eliminados o forzados a buscar nuevos territorios. La jungla retrocedió a pasos agigantados como en tantos otros lugares del Sureste asiático. Parte, sólo una pequeña parte de esa exuberante belleza aún puede respirarse en pleno corazón de la ciudad.

Ese lugar es la reserva de Bukit Nanas. Un pequeño trozo de selva en medio de la urbe que ha sido conservado y protegido. Pese al limitado espacio, numerosos monos, reptiles y pájaros conviven en este hábitat con una amplia variedad de árboles. Una serie de cómodos senderos y de puentes colgantes permiten adentrarse en este reducido pulmón e imaginarse cómo debieron ser estas selvas ubicadas en el lugar en que confluían losríos Gombak y Klang. En la actualidad el acceso al público se encuentra cerrado temporalmente, pero se espera su reapertura a lo largo de 2013.

Más artificial, pero también imprescindible, resulta darse un paseo por las casi 100 hectáreas que ocupan los jardines del lago Perdana. Praderas floridas, perfectas para alejarse de la contaminación y el ruido de la urbe, rodean el limpio estanque. En esta vasta mancha verde se han creado diversos parques temáticos sobre la naturaleza. Losjardines de orquídeas e hibiscos son los más gratificantes. Cerca de un millar de bellas y, también, extrañas especies de orquídeas jalonan los agradables caminos que reciben cada año a un escaso número de visitantes.

La mayoría de los turistas locales y extranjeros prefieren explorar el resto de parques. El jardín de mariposas, cubierto por una densa malla verde, permite contemplar en semi libertad la mayor parte de las especies que habitan en Malasia.

Paseando entre ellas o, simplemente, sentándose en un banco se pueden ver revolotear a más de 5.000 coloridos ejemplares. Lástima que los que idearon este lugar decidieran ‘completarlo'' con una deprimente exposición de insectos y mariposas clavados con alfileres, así como con una serie de tortugas, serpientes y otros animales recluidos en diminutos terrarios. De lo que se vende en su tienda de recuerdos... mejor ni hablamos.

El parque de pájaros también reúne, en un enorme espacio cerrado con mallas, una buena variedad de aves. Como ocurre en el caso del mariposario, la sensación que ofrece al viajero es más la de un parque temático destinado al ocio y al negocio, que la de un recinto destinado a la protección de la naturaleza.

Vida espiritual y vida mundana
Kuala es una ciudad vibrante y repleta de vida. Lostemplos emanan espiritualidad mientras que sus bares y restaurantes rebosan de animación durante todo el día.

Todas las religiones del planeta se dan cita aquí. Mezquitas, iglesias, templos hinduistas, budistas y taoístas comparten calles y plazas. Gracias a Dios, a Alá, a Buda, a Shiva y al resto de divinidades, la vida espiritual está marcada por el respeto y la tolerancia entre las distintas creencias.

Unas creencias que han salpicado de atractivos turísticos la ciudad. Quizás el más destacado sea el complejo de templos hindúes ubicado en las alejadas cuevas Batu. En los límites de la ciudad, una gigantesca estatua del dios Karttikeya escolta las empinadas escaleras por las que se asciende hasta el interior de las grutas. Una cohorte de macacos, acostumbrada a recibir regalos en forma de plátanos, vigila atentamente los movimientos de cada visitante. En el interior de las cuevas, los templos son discretos, pero se llenan de colorido y devoción cuando los devotos entregan a los ‘santones'' sus ofrendas.

De vuelta al centro de la ciudad se puede disfrutar de una buena macedonia religiosa. En unas pocas calles se ubican rojizos templos chinos entre los que destacan el de Sze Ya y el dedicado a Guan Di, el dios de la guerra. A pocos metros de este último, se alza la sobrecargada fachada hindú delSri Mariamman Temple. El recorrido místico se puede completar visitando la catedral de Santa María de estilo gótico inglés y las mezquitas de Jamek y Negara, también conocida como ‘mezquita nacional''.

Todos los templos están abiertos a los turistas, sean de la creencia que sean; otra muestra más del actual clima de tolerancia religiosa que reina en Malasia.

Una tolerancia que también se palpa en el alegre ritmo de su vida diaria.Petaling Street es la calle principal del barrio chino. En sus tenderetes, las jóvenes con minifalda compiten por llevarse la mejor ganga con musulmanas que cubren su pelo con el Hiyab. Pasear por esta calle y por el resto de Chinatown resulta imprescindible para empaparse del modo de vida de los habitantes de Kuala. Como también lo es Little India, el barrio en que mujeres, con manos tatuadas con jena, venden coloridos saris traídos de Delhi.

La vida diurna y nocturna bulle aún con mayor fuerza en elbarrio de Bukit Bintang. Restaurantes musulmanes en los que no se vende alcohol abren sus puertas frente a pubs irlandeses en que se trasiegan generosas pintas de cerveza. Esta es una de las zonas más frecuentadas por los occidentales afincados en la capital malaya y que ya constituyen un importante porcentaje de la población total de la ciudad.

La colonia española se da cita entorno a un deseado plato de jamón ibérico en el ‘Pinchos y Tapas'' que regenta Robert. Este catalán abrió su negocio cuatro años atrás y ya ha captado también una importante clientela local que llega atraída por el sabor de sus paellas, sus embutidos y de sus treinta marcas de vinos tintos importados desde la Península.

En un lugar como Kuala Lumpur en el que los monos salvajes contemplan los rascacielos; en el que se mezclan velos, escotes y minifaldas; en el que se cruzan devotos hindúes con seguidores de Tao, de Cristo o de Buda... En una ciudad así ¿por qué iba a ser extraño terminar el día degustando un pacharán de Navarra y escuchando viejas canciones de El Último de la Fila?