Kuala Lumpur, corazón del sureste asiático

Denominada popularmente "KL", Kuala Lumpur, capital federal de Malasia, centro administrativo y comercial de una de las naciones más prósperas de toda Asia, se ha colocado rápidamente entre las más modernas metrópolis del siglo XXI, fiel reflejo de un fulgurante desarrollo económico capaz de integrar los imperantes valores occidentales con las arraigadas tradiciones orientales.

Jaime González de Castejón

Aunque a primera vista pueda parecer otro ejemplo más de ciudad occidentalizada a toda prisa, las ricas y variadas herencias culturales que la sustentan mantienen vivo el espíritu acogedor, cosmopolita y abierto que define la autenticidad de su carácter único y peculiar. La situación estratégica de Malasia, en pleno corazón del sureste asiático, a medio camino entre las rutas comerciales de China y la India, y centro de encuentros entre el Este y el Oeste, constituyó desde tiempos remotos uno de sus mayores atractivos. Pero es el boom constructivo del gran despegue económico de los 90 el que dibuja el nuevo y pujante perfil de Kuala Lumpur, subrayado por las emblemáticas Torres Petronas, proyectadas para batir récords de altura en consonancia con el titánico alarde por destacar de esta ambiciosa urbe.

Impresionantes y míticas ya desde su nacimiento, jamás se las podrían haber imaginado ni en sueños los humildes fundadores de KL, aquellos valientes mineros chinos que a mediados del siglo XIX partieron en busca del preciado mineral en que se había convertido el estaño para la Revolución Industrial. La intrincada selva del interior malayo se lo prometió en grandes cantidades, pero a un elevadísimo precio: se lo otorgó acompañado de malaria, y del grupo inicial de 87 hombres tan sólo quedaron 17, pero el negocio ya estaba en marcha. El lugar más accesible a las minas de Ampang, allí donde confluyen los ríos Klang y Gombak, se pobló rápidamente de frágiles casuchas y tiendas encargadas de abastecer a los mineros. Kuala Lumpur, que significa "confluencia fangosa", tuvo en sus comienzos el mismo aspecto que uno de aquellos típicos poblados del incipiente Oeste americano, con sus bares tipo saloon, sus salas de juego y sus burdeles, con la única diferencia de que sus habitantes eran mayoritariamente chinos.

El prometedor potencial del enclave no pasó desapercibido para los colonizadores británicos, que aprovecharon la primera petición de intervención en la guerra civil malaya -iniciada poco después de la fundación de la ciudad- para quedarse durante 137 años. Pronto establecieron sus bases en KL, convirtiéndola en sede administrativa de los Estados Malayos Federados, que unen los cuatro sultanatos gobernados hasta entonces por separado.

La urbe adquiere de inmediato el clásico estilo colonial, sintetizado en su Selangor Club, de estilo Tudor y sólo para blancos, donde se recrea con esmero el nostálgico ambiente inglés, campos de cricket incluidos. El edificio, de carácter británico, pronto se convierte en símbolo del dominio imperialista. Confiscado por los japoneses durante la invasión de la Segunda Guerra Mundial, es hoy un lugar privilegiado, refugio de la élite de una población que en la última década se ha duplicado alcanzando los dos millones de habitantes. El histórico inmueble convive ahora con la bandera malaya, que sustituyó a la del Reino Unido a finales de agosto de 1957 y que ondea desde entonces en uno de los mástiles más altos que existen, a cien metros sobre el pavimento de la espaciosa Merdeka Square -literalmente Plaza de la Independencia-, corazón colonial de Kuala Lumpur.

Las variadas y singulares edificaciones que conforman el resto de barrios de la ciudad reflejan claramente la amalgama de culturas que conviven en ella. Dominantes y altivas, atrevidas y espectaculares obras arquitectónicas del arte moderno islámico recalcan el estilo de la religión que impregna la vida malaya desde el siglo XV, aunque de un modo más tolerante que en otras sociedades. Emblemáticas mezquitas, como la clásica y elegante Masjid Jame, en pleno centro, y el templo nacional Masjid Negara, construida en 1965, se entremezclan armónicamente con santuarios de otras culturas, como el enorme Thean Hou budista o el magnífico Sri Maha Mariamman hindú. Vistosos ceremoniales y festivales multirraciales alegran durante todo el año la calles de la ciudad.

Chinos, hindúes y malayos constituyen mayoritariamente la clave de una mezcla social bien asentada, que combina identidades diferenciadas y crea un clima enriquecedor de gentes amigables con un profundo sentido de la hospitalidad. En Kuala Lumpur se respira un orden cívico firme y seguro, apuntalado por una próspera economía, parte de la cual hay que atribuírsela al gran sentido comercial de los chinos, que representan casi la tercera parte de la población. Al sureste del centro, al otro lado del río, la vibrante Chinatown insufla su aliento de exóticos misterios y ajetreados bullicios, animada y hormigueante de día con sus puestos de tejidos, frutas y flores, y convertida al caer la noche en un centelleante bazar oriental, sin olvidar su riquísima oferta culinaria, basada en las tradiciones de Cantón y de Sichuán.

Por su parte, Little India, situada un poco más al norte de la confluencia de los dos ríos, ofrece, entre sus coloridas tiendas de saris, su también apetitosa gastronomía en multitud de atractivos restaurantes, y durante la noche de los sábados un efervescente mercado llamado pasar malam. Muy cercano al barrio hindú, el mercado malayo Chow Kit Market completa la interesante oferta étnica de este increíble y fascinante popurrí, en asombroso contraste con el nuevo núcleo moderno de la población, los varios kilómetros cuadrados de oficinas y rascacielos ubicados al Este de Little India y Chinatown, el llamado Golden Triangle -"triángulo de oro"-, centro financiero de KL donde compiten entre sí los mejores hoteles, restaurantes y salas nocturnas, así como despampanantes centros comerciales que, en ocasiones, incluyen parques temáticos. Y todo esto rodeado de relajantes extensiones de césped, ambientes limpios y ordenados de depuradas líneas y diseños, y refrescantes fuentes futuristas destinadas a mitigar el sofocante calor.

Uno de los fallos que se le podría achacar al exceso de celo modernista de KL podría ser la dificultad para acceder peatonalmente de unos barrios a otros. Aunque las distancias son relativamente cortas, las impresionantes autopistas de seis carriles -dos de ellas elevadas- dividen la metrópoli en secciones que, aunque bien comunicadas entre sí, carecen a menudo de vías para caminar. Apabullante resulta el monorraíl que circula por el centro urbano, con su aspecto futurista. Conviene estudiar con detalle el itinerario a seguir y comprobar las conexiones de transporte requeridas antes de lanzarse a pasear por las calles. Esta ciudad no resulta un buen lugar para los amantes del callejeo ni para los nostálgicos buscadores de tiempos pasados, pero sí para los entusiastas de las tecnologías punteras y de la buena cocina.

La urbe de Kuala Lumpur aglutina una gastronomía considerada como una de las mejores del mundo. Cruce de tradiciones culinarias de las más antiguas civilizaciones, no es de extrañar que constituya por sí sola un motivo suficiente para emprender el viaje. Las renombradas recetas chinas e hindúes se enriquecen con refinadas aportaciones de Japón, Tailandia e Indonesia, con los propios guisos malayos y con las comidas nonya, una sugerente mixtura de estilos chino y malayo exclusiva de estas tierras. Además, Kuala Lumpur brinda al gourmet más exigente un abanico infinito de posibilidades y precios, desde los restaurantes más elegantes y selectos hasta los tradicionales y popularísimos hawker callejeros de comida rápida e informal que se degusta alrededor de sencillas mesas rodeadas de discretos taburetes.

Estos locales, todo un símbolo de la ciudad, están situados cerca de los mercados y son frecuentados por gente de todas las capas sociales. Ofrecen tanto de día como de noche los sabrosos satays (pinchitos de carne, ver recuadro), además de los consabidos platos chinos, malayos, hindúes o tailandeses, cuya base común, el arroz o la pasta, siempre se acompaña de carnes a la brasa o de pato asado. Toda la ciudad parece volcada en el arte de alegrar el paladar, como si se rigiera por una consigna secreta que considera la comida como algo sagrado, por lo que algunos no dudan en calificar la cocina de Kuala Lumpur de "cielo en la Tierra".

Algo aplicable también en cierto modo a los amantes de las compras, pues KL se mantiene como paraíso de los intercambios comerciales, permitiendo que siga vigente para su capital el comentario que en el siglo XVI le otorgaba un navegante portugués a la vecina Melaka, antiguo enclave portuario de la costa occidental malaya: "Aquí se encuentran mercancías de todo Oriente; aquí se venden mercancías de todo Occidente. Al finalizar los monzones es cuando encuentras todo lo que deseas y, a veces, incluso más de lo que buscas".

La Torres Petronas, símbolo de la prosperidad de KL
Desde 1998 sobresalen orgullosas en el moderno perfil de KL, simbolizando su desarrollo expansivo de las dos últimas décadas.

Conmemorando patrones islámicos, sus planos se basaron en el diseño de una estrella de ocho puntas, y sus 88 pisos alcanzan los 451,9 metros de altura. Su autor, el arquitecto César Pelli, afirma que su proyecto se mantiene en consonancia con la teoría de Lao Tse según la cual "la realidad de un objeto hueco reside en el vacío y no en las paredes que lo definen", pues, en su opinión, "las Petronas incrementan el poder del vacío, que se hace explícito gracias a la pasarela que crea un portal hacia el cielo, una puerta al infinito". Entre los pisos 41 y 42, un puente de 58 metros conecta entre sí las torres y se convierte en el punto más alto permitido a las visitas turísticas, previa adquisición de uno de los 1.200 tickets que se expenden gratuitamente a diario. A sus pies, bajo la estructura de cristal y acero inoxidable, un ordenado parque y una fuente completan la perspectiva. Los horarios de visita para subir en ascensor hasta la pasarela -a 146 metros de altura- son de 10 a 12.45 y de 15 a 16.45 horas todos los días excepto los lunes. Más información: www.petronas.com.my/petronas.

Otro gigante de la urbe es la Menara Kuala Lumpur -KL Tower, www.menarakl.com.my-, la cuarta torre más alta de telecomunicaciones del mundo, con una altura de 421 metros y un mirador situado a 276 metros, al que está permitido acceder entre las 9 y las 21.30 horas, previo pago de unos tres euros y tras cumplir con unas rigurosas medidas de seguridad. Las vistas panorámicas de la ciudad son espectaculares. Durante el mes de marzo se organiza una competición de salto en paracaídas desde esta torre.

Refrescos de frutas tropicales y los populares "satays"
Por ser Malasia predominantemente musulmana, las bebidas alcohólicas no son lo que más abunda, aunque sí el té y el café, que se sirven endulzados con azúcar y crema de leche.

Lo más colorido son los refrescos de frutas tropicales, una variedad de vistosas y atractivas combinaciones que también se ofrecen por todas partes, con un poco de hielo y almíbar de hoja de pándano. Lima, guayaba, sandía, carambola, caña de azúcar, tamarindo y coco son algunos de los ingredientes utilizados para elaborar estos refrescantes zumos. El popular satay se considera casi como parte imprescindible de la dieta y se vende en los puestos callejeros como ligero tentempié. Se trata en origen de una variante derivada y enriquecida del kebab de los mercaderes árabes que iban de paso. Ensartados en rígidas nervaduras de hoja de cocotero o en finos palitos de bambú, pequeños trozos de carne de cordero, vaca o pollo previamente marinados en una salsa de cacahuete bastante especiada, y untados con una mezcla de aceite y azúcar, se asan a la parrilla sobre un fuego de leña. La costumbre es tomar tantas brochetas como se deseen, y en el momento de pagar se cuentan los pinchos vacíos. Los chinos han añadido dos ingredientes nuevos: el cerdo -prohibido para los musulmanes- y las gambas. Se sirve acompañado de ketupat (arroz prensado), pepino, piña, cebolla y salsa de cacahuete.

El durián, la fruta que "huele a demonios, pero sabe a gloria"
La razón: su fétido e insoportable olor -uno de los intentos por describirlo suma cebolla con queso, huevos podridos y carne putrefacta macerados en trementina-, a pesar de lo cual su pulpa, de un pálido amarillo, es considerada como una auténtica y fascinante delicia, mantequillosa y de un peculiar sabor agridulce. Está terminantemente prohibido introducirla en hoteles o taxis y no se puede guardar en la nevera ni empaquetar por la potencia de su olor, por lo cual los malayos normalmente la consumen al aire libre. Una de las descripciones más comunes de esta fruta nacional reza que "huele a demonios, pero sabe a gloria". En la región de Saba, en la parte malaya de la isla de Borneo, se da una especie única de durián, cuya carne es de un rojo encendido que se puede adquirir en el mercado de Season Beaufort entre agosto y septiembre. En Malasia Occidental, gracias a un clima cálido y húmedo de lluvias moderadas, los árboles del durián florecen dos veces al año y las apreciadas frutas se recogen directamente del suelo una vez que, ya maduras, caen por su propio peso. Casi como era de esperar para un fruto tan especial y que despierta tanta expectación, también se le atribuyen poderes afrodisíacos, como constata un dicho popular que asegura que "cuando el durián cae, algo sube". Adquirirlos supone un pequeño ritual y comerlos crudos es todo un acontecimiento social en el que se comparan detenidamente las diferencias entre unas y otras piezas, pero también se utilizan en la elaboración de diversos postres, pasteles y helados. Combinados con leche de coco, se hierven y mezclan con azúcar para transformarse en rollos de pasta marrón dispuestos para su comercialización. Fermentados, se convierten en un condimento para guisos llamado tempoyak. Cualquiera que visite Malasia podrá disfrutar de la experiencia única de probar un durián si coincide con la temporada, pero desde luego nadie se va de vuelta a casa con una de estas rarezas en la maleta para mostrársela a sus amigos.