Kioto Zen

Palacios, villas imperiales, templos, santuarios y jardines se entretejen en un "mandala" urbano, rodeado de colinas boscosas, en la confluencia de los ríos Kamo y Katsura. La "ciudad santa" mantiene su sabor antiguo con algunos toques de atrevida modernidad.

JOSÉ MARÍA BERMEJO

Kioto es una ciudad seductora y, por eso mismo, difícil para el turista compulsivo, obsesionado por verlo todo en el mínimo tiempo posible. Conviene recordar lo que decía Chesterton: "El viajero ve lo que ve; el turista ve lo que viene a ver". En una ciudad como ésta, muy desparramada, con miles de templos y centenares de jardines, es mejor adaptarse a su ritmo, que es lento, de pura contemplación. Para ello es imprescindible acotar los itinerarios, marcarse bien los tiempos y los espacios, elegir las horas y los transportes más adecuados y, sobre todo, abordar la urbe a pie, siempre que se pueda, demorándose en su embrujo, descubriéndola poco a poco, como lo haría el mejor amante. En Kioto es fácil caer en el "síndrome de Stendhal", la enfermedad psicosomática derivada de una sobredosis de belleza, que el escritor francés sintió en 1817 al visitar la basílica florentina de la Santa Croce. La antigua Kioto fue durante más de mil años -del 794 al 1868- capital imperial y centro político, cultural y artístico de Japón. Situada en la isla de Honshu, al oeste de Tokio, al norte de Nara y al este de Osaka, en la confluencia de los ríos Kamo y Katsura, que forman la ribera de Kodogawa, está rodeada de colinas. Con un millón y medio de habitantes, Kioto ocupa el séptimo lugar entre las ciudades más grandes del país, pero sigue siendo su corazón espiritual. Más de 40 millones de turistas visitan esta urbe que desde 1994 figura en el inventario del Patrimonio Mundial de la Unesco, con la mayor densidad patrimonial por metro cuadrado, incluyendo el 20 por 100 de los tesoros nacionales de Japón.
En Kioto hay unos 1.600 templos budistas y 250 santuarios shinto, sin contar los palacios, las villas imperiales, los jardines y los parques públicos. Por si fuera poco, la ciudad presume de una gastronomía exquisita, de una artesanía refinada, de un dialecto propio y antiguo -el kyotoben- y de la proverbial cortesía de los kyotenses -sin olvidar tampoco una intensa vida universitaria-, y de una industria pujante, que se concentra principalmente en los grandes edificios de vidrio y acero del centro.
Los orígenes de la actual Kioto se remontan a la era Jomon (de 10.000 a 300 años antes de Cristo), con un probable asentamiento de inmigrantes de origen coreano, los hata, que habrían fundado la ciudad de Yamashiro. En el año 790, el emperador Kammu (736-805) decidió trasladar la corte de Nara -amenazada por el creciente poder de los monjes- a un nuevo emplazamiento, convirtiendo Yamashiro en Heian-kyô (ciudad de la paz), rebautizada más tarde, hacia 1227, como Kyotô (ciudad capital). El emperador Kammu adoptó el modelo de Chang''an, la capital china de los Tang, con una organización geométrica en forma de damero, a modo de "mandala" simbólico, en el que todas las calles se orientan en dirección al palacio imperial. Destruida casi totalmente durante la guerra civil de 1457-1477, fue reconstruida por Toyomi Hideyoshi (1536-1598). En 1868, el emperador Meiji decidió trasladar la capitalidad del imperio a Edo (Tokio). Comenzaba así el declive de la "ciudad de la paz", que, no obstante, se mantuvo como corazón espiritual del país. Durante la Segunda Guerra Mundial, el francés Serge Elisseeff medió ante el Estado Mayor norteamericano para que Kioto no fuera bombardeada.
La ciudad luce con todo su esplendor en las fiestas que se van celebrando a lo largo de todo el año, sobre todo en Año Nuevo y, de manera muy especial, en el Festival de Gion (Gion Matsuri), uno de los tres festivales más importantes de Japón, que se desarrolla en julio y culmina, el día 17, con el cortejo del Yamahoko Kunko. Hacia el 15 de enero -casi siempre en domingo- se celebra el Tohsiya (concurso de tiro al arco) en el templo de Sansusangendo, en Higashiyama. En abril se revive la ceremonia del té y, coincidiendo con la floración de los cerezos, se celebra el hanami -la contemplación de las flores- en los alrededores del santuario de Heian, donde se canta y se bailan las danzas ancestrales -odor-. En mayo, el festival de las malvas, Aoi Matsuri, recrea en el templo de Kamigano los fastos de las dinastías imperiales, y el Mifune Matsuri revive en el río Oi una costumbre de la época Heian: el descenso de las barcas a remo, fastuosamente adornadas, y el elegante colorido de los trajes de bailarines, músicos y cortesanos. Después vienen, en junio, los fuegos y las luces, que se encienden ritualmente junto a Heian Kyô. Agosto es el mes del "fuego de Daimonji" (Daimonji Gozan Okuribi) que culmina el Obon, la fiesta de los muertos. En otoño, Kioto es mágica. La coloración matizada de sus montes, riberas y jardines, resucita el espíritu contemplativo, que se concreta en el Arashiyama Momiji Matsuri y en otros festivales y enclaves de contemplación, como Eikando, o los jardines de Daitokuji, Tenyuji y Jingoji. Y aunque siempre se puede disfrutar de una velada de kabuki, es en diciembre cuando el teatro de Minamiza ofrece su repertorio más intenso y escogido.
El sintoísmo autóctono y el budismo zen introducido desde China conviven en armonía inestable, confl uyendo en un ideal común: la integración en la Naturaleza. Suele decirse que los japoneses se casan por el shinto y mueren por el budismo. Shinto, el "camino de los dioses", es la religión nacional. Los santuarios sintoístas (jinja) son inconfundibles por su color rojo vivo y porque su entrada está señalada por un torii; en los templos budistas, más severos, es preciso lavarse la boca y las manos antes de entrar. La historia de Kioto está marcada por las sectas más poderosas del budismo, sobre todo la secta Tendai, cuyo templo principal, el Enryakuji, fue fundado al principio del siglo IX al pie del monte Hiei para proteger el noreste de la urbe. En esa zona abrupta se concentran, desde hace siglos, los yamabushi o "monjes de la montaña". Vestidos de blanco, calzados con sandalias de madera y portando una esterilla de paja y una linterna, los yamabushi caminan durante un máximo de cien días atravesando bosques y cumbres, meditando y sometiéndose, durante nueve días, a una disciplina extrema, sin comer, sin beber y sin dormir. Entre los siglos XI y XV, el Enryakuji contó con un ejército poderoso y temible. Tanto, que el emperador Shirakawa, que reinó de 1056 a 1129, llegó a decir: "Tres cosas escapan a mi poder: el agua del río Kamo, el juego del sugoroku (parecido a las damas) y los monjes de la montaña".
Pasear por Kioto es ir de asombro en asombro, combinando sitios históricos y paisajes emblemáticos con un callejeo informal: el barrio de Pontocho, con sus restaurantes a orillas del Kamo; la arquitectura de madera y las casas de té (ochaya) en la calle de Ishibe-kobi; las gargantas del Hozugawa, en los barrios de Sagano y Arashiyama; el paseo por las viejas calles de Higashiyama en direc- ción al templo de Kiyomizu, o por la zona aristocrática de Gion, el barrio del kabuki y de las geishas, que puede considerarse como el alma de Kioto. En este barrio están el Parque Maruyama, el gran santuario de Yasaka -epicentro del Gion Matsuri- y el templo de Chionin, con su pavimento de madera -cuyo chirrido imita el canto del ruiseñor japonés (uguisu)- y su campana de bronce de siete toneladas. No es difícil cruzarse, en Gion, con alguna geisha o con alguna maiko (aprendiz), con sus zuecos, su maquillaje de yeso y su peinado sofisticado.
El Camino de la Filosofía que suelen utilizar los monjes para sus procesiones es muy frecuentado también por los turistas. El nombre es un homenaje al filósofo Kitaro Nishida, enamorado de este trayecto que enlaza el Pabellón de Plata o Gingakuji, al noroeste, con el templo de Nanzenji, al este, pasando por el Palacio Imperial, en pleno centro, no lejos del castillo-palacio de Nijo y de los templos de Nishi Hoganji, Higashi Honganji y Tofokuji.
La "ciudad santa" de escondida belleza es también una urbe moderna. La Estación Central de Kioto es una de las más grandes y atrevidas del mundo. Diseñada por Hiroshi Hara para reemplazar a la vieja estación, destruida por el fuego en 1952, fue inaugurada en 1997 como un reto. El inmenso monolito de acero gris, revestido con placas de cristal, alberga -además de las líneas ferroviarias de JR y de Kinsetsu, y el metro y los autobuses de Kioto- numerosos servicios: centro comercial, teatro, cine, hotel y restaurante. La terraza superior ofrece una vista espectacular del centro. Frente a la estación se levanta otro símbolo de modernidad: la Torre de Comunicaciones, construida en 1964 en forma de vela, como una ofrenda apasionada a un mar invisible... En el contexto de esta ciudad secreta, en la que sólo destacan las colinas, ese mirador blanco y anaranjado, de 141 metros de altura, emerge como un faro que, sobre todo por la noche, orienta al viajero.