Kioto, una oda a la sabiduría ancestral
El Japón de las geishas y las enseñanzas zen se esconde en esta ciudad barnizada de rito y ceremonia, que pone el contrapunto a la vorágine de neón. Jardines de guijarros, bosques de bambú y más de dos mil templos la convierten en la capital espiritual, anclada en la tradición milenaria.

Unas cuantas razones por las que Tokio debería estar en tu radar. / Cristina Candel
Sus manos delicadas se mueven como un lazo agitado por el viento, con gestos meticulosos efectuados en un orden preciso. Una silenciosa inclinación, apenas una discreta sonrisa, y Keiko Nakagawa inicia la ceremonia del té, de rodillas sobre el tatami, en completo recogimiento. Nada puede distraer la parsimonia de sus actos porque en este ritual milenario influenciado por el budismo zen, en este protocolo basado en los principios de armonía, respeto, pureza y tranquilidad, hay algo que trasciende a la mera degustación de un matcha preparado con esmero. Algo que ella misma desvela muy bajito para no enturbiar la paz del lugar: “La consciencia de que este momento es único e irrepetible, que nunca podrá revivirse de la misma manera”.

Santuario Tatsumijinja. / Cristina Candel
Estamos en la tea house del hotel Four Seasons de Kioto, el único de la ciudad que cuenta con un jardín de 800 años de antigüedad y más de 80 especies de plantas. Es el jardín Shakusui-en, refrescado por un estanque en el que se reflejan las luminosas suites abiertas a la naturaleza como si fueran una prolongación del paisaje. La mañana ha despertado soleada, sin una brizna de aire, y en las aguas nadan perezosas carpas de colores que contrastan con las flores de la incipiente primavera. Todo en este enclave destila calma y serenidad, belleza y refinamiento. Por algo este hotel emplazado en el corazón del histórico distrito de Higashiyama no solo ha sido agraciado con los más relevantes sellos de excelencia, sino también encumbrado como el refugio perfecto para aspirar la esencia de la ciudad más tradicional de Japón.
En esta ciudad dotada con nada menos que 17 monumentos Patrimonio de la Humanidad encontramos el Japón del aroma casero que se resiste a la vanguardia tecnológica.
El Japón del aroma casero
Kioto es, más que la capital espiritual del país, un manantial de sabiduría oriental. La imagen arquetípica de la cultura ancestral, cuyos destellos resplandecen entre patios de guijarros, bosques de bambú y los más de dos mil templos y santuarios de la que fuera la sede del Imperio nipón entre los siglos VIII y XIX. En esta ciudad dotada con nada menos que 17 monumentos Patrimonio de la Humanidad encontramos el Japón del aroma casero que se resiste a la vanguardia tecnológica. Algo así como una fuente de sensibilidad artística e ideales estéticos en la que todo esconde un simbolismo: desde la disposición de unas piedras sobre la arena hasta el motivo floral de un kimono. “Incluso esta propia chashitsu (sala minimalista diseñada para la ceremonia del té) está cargada de pequeños iconos que tienen la finalidad de escapar de lo cotidiano para dejar la mente vacía”, explica Keiko mientras invita a culminar el ritual con un sonoro sorbo final que denota “satisfacción y gratitud”. Después, concluida la exhibición de este arte cuyo aprendizaje se adquiere en rigurosas escuelas, la veremos alejarse sigilosa por los senderos arbolados de este alojamiento cuya sofisticación contemporánea conecta con la espiritualidad de la ciudad.

Calle Yasaka-dori con el Templo Hokanji / Cristina Candel
Flanqueada por montañas boscosas, Kioto está a punto de vestirse de blanco con la floración de los cerezos, así como antes lo hizo de granate con el encendido otoñal de los arces. Colores que vienen a avivar la monocromía de las machiyas, las pintorescas casas de madera que desafían el paso del tiempo. No hay imagen más evocadora de esta metrópoli que la de estos retazos de la arquitectura tradicional, que nacieron al calor de la burguesía del periodo Edo y que hoy se concentran en Gion, el célebre barrio de las geishas. Irresistible objeto de deseo de las cámaras fotográficas, no resulta fácil toparse con ellas, aunque a veces basta con recorrer el callejón de Hanami-koji para vislumbrar su silueta esquiva bajo los farolillos rojos. Especialmente al atardecer, cuando la trémula iluminación confiere una atmósfera mágica, este rincón plagado de anticuarios y galerías de arte dibuja la estampa más hermosa.

Sesión de fotos de boda en el distrito de Gion. / Cristina Candel
De templo en templo
En Kioto siempre se está cerca de algún templo en el que maravillarse con la confluencia de arte, estética y filosofía. Como Kiyomizu-dera, uno de los más venerados, que sostiene sobre sus muros más de 1.200 años de historia. Con una magnífica terraza que se eleva sobre cuatro pisos por encima de una ladera, a sus pies se oculta un manantial con aguas sagradas que brotan por tres chorros y que al beberse conceden, respectivamente, longevidad, éxito académico y suerte amorosa. Eso sí, ha de elegirse tan solo uno, puesto que probar los tres se considera un gesto avaricioso. Justo al lado se extienden las coquetas callejuelas peatonales de Sannen-zaka y Ninen-zaka, flanqueadas de machiyas reconvertidas en tiendas donde todo está primorosamente ordenado como mandan los cánones nipones.

Estatua de Koshin-san en el templo Yasaka Koshindo. / Cristina Candel
Kinkaku-ji, conocido como el Pabellón de Oro, es otro de los templos que a nadie decepciona, con su idílica imagen dorada proyectada sobre el espejo de un lago y su entorno de vegetación que muda con las estaciones. Pocos saben que, en realidad, se trata de una réplica, puesto que el original fue incendiado por un monje novicio que alegó problemas mentales. En cualquier caso, esta versión reconstruida en 1955 resulta igual de deslumbrante, como también lo son otros hitos, como el santuario Yasaka, los templos gemelos de Nishi Honganji e Higashi Honganji o el sorprendente Sanjusangen-do, donde se esconden 1.001 estatuas de una deidad budista, talladas al detalle en hipnótica repetición. Ninguno resulta tan enigmático como Fushimi Inari, el santuario más fotogénico de Japón, emplazado a las afueras de la ciudad. Un lugar complejo de definir. ¿Un túnel rojo e infinito, un ciempiés interminable, un pasadizo secreto hacia ninguna parte...? Tal vez es todo eso y más, aunque lo que en verdad se viene a descubrir es la sucesión de templos en zigzag que se extienden a lo largo de un sendero flanqueado de toris, las puertas rojas que preceden la entrada de los santuarios shinto y que marcan la frontera entre el espacio profano y el sagrado. Esto es: entre el mundo finito de los humanos y aquel otro, inalcanzable, de los dioses.

Santuario Jishu dentro del complejo del templo Kiyomizudera. / Cristina Candel
Huyendo de las multitudes, el camino nos lleva a Daisen-in, donde se entra en otra dimensión. Más que un subtemplo perteneciente al complejo Daitokuji, lo que llama la atención es su jardín, uno de los más grandes del país, en el que se da una forma tridimensional a los elementos clásicos de una pintura zen. Tras una puerta corredera aparece la figura de Soku, un joven monje que desgrana el sentido de este paisaje seco en el que, paradójicamente, se recrea el curso de un río como metáfora de la vida. “De los rápidos de la juventud a la corriente madura de la edad adulta hasta llegar, al fin, a la desembocadura en un océano de grava que simboliza el vacío de la muerte”. Así, con el canto de un mirlo de fondo, nos sumergimos en una sesión de meditación.

Vista de la Torre de Kioto. / Cristina Candel
Arashiyama, santuario vegetal
En Kioto, el maratón de templos puede llegar a abrumar, por lo que conviene darse un respiro en el bosque de bambú de Arashiyama, un maravilloso santuario vegetal en el que los tallos se mecen al son del viento mientras la luz se cuela a fogonazos. Es otra manera de depurar el alma, según la filosofía nipona, aunque lo que toca ahora es contentar al estómago en el mercado de Nishiki, al que se conoce como ‘la cocina de Kioto’. Es el lugar por excelencia para descubrir delicias sorprendentes, solo aptas para quienes se atrevan a experimentar sabores distintos. Encurtidos vegetales, dónuts de tofu, pasteles de arroz glutinoso o el surrealista tako tamago, un pulpo ensartado con un huevo de codorniz dentro de la cabeza.

Bosque de Arashiyama. / Cristina Candel
Menos alocadas son las propuestas de Takuya Kubo, chef ejecutivo del restaurante Sushi Ginza Onodera at Four Seasons, uno de los más codiciados de la ciudad. Aquí se viene a vivir una auténtica experiencia omakase que su ayudante, Tadashi Matsumoto, nos explica con estas palabras: “Es una tradición japonesa en la que el comensal no elige qué comer, sino que se pone en manos del chef, quien selecciona una secuencia de platos personalizados, frescos y de temporada”. Nos decantamos, pues, por esta aventura de alta cocina japonesa sin carta, con pescados, mariscos y vegetales procedentes de mercados locales y en una barra que permite asistir a la preparación inmediata. Una barra que, cuenta Tudaku, “ha sido elaborada con madera de ciprés de 400 años de antigüedad, mientras que la vajilla ha sido creada con cerámica de Okayama”. Así, mientras degustamos un sushi exquisito con ese rasgo tan indisociable de Kioto por el que hasta los actos más simples están barnizados de tradición, resuenan de nuevo las enseñanzas de Keiko, la maestra de la ceremonia del té: este momento único nunca se podrá replicar.

Kinkaku-ji, el Pabellón de Oro. / Cristina Candel
Los vecinos de Tokio: el alma de la ciudad

Keiko Nakagawa / Cristina Candel
Keiko Nakagawa
Maestra de la ceremonia del té
Su formación para alcanzar la maestría en este ritual tradicional, conocido en Japón como chanoyu o sadō, tuvo lugar en una de las prestigiosas escuelas especializadas de Kioto, su ciudad, de la que resalta “la maravilla de la naturaleza, especialmente en primavera con la sakura (cerezos en flor) y en otoño con los árboles rojizos”. Amante de toda la liturgia que envuelve a la ceremonia del té, Keiko cree que “lo fundamental es la concentración porque sin esta es imposible la calma”. Para ello recomienda asistir a una sesión auténtica de cuatro horas (la que suele hacerse a los turistas es una versión reducida) y, en cualquier caso, beber mucho té matcha “puesto que cuenta con múltiples beneficios: reduce el colesterol, fortalece el sistema inmunológico y es un antioxidante ideal para conservar la belleza”, afirma.

Soku / Cristina Candel
Soku
Monje budista
La vida de este joven monje del templo Daisen-in difiere mucho de la habitual en las ciudades cosmopolitas, puesto que ha de seguir una disciplina estricta basada en el budismo zen. “Esto no solo implica levantarse antes del amanecer para meditar y cantar sutras, sino también desempeñar actividades que giran en torno al estudio, el servicio y el mantenimiento del templo”, señala con la mirada huidiza y la voz baja. Una rutina diaria basada en la austeridad y la sencillez, que incluye otras labores como la de “cuidar el jardín o cocinar siempre comida vegetariana, simple y consciente, evitando la carne y el pescado”. Soku, además, imparte cursos de meditación “porque los templos son algo vivo, no un museo, y en ellos se enseña y se aprende constantemente”, sentencia.

Tadashi Matsumoto / Cristina Candel
Tadashi Matsumoto
Chef de Sushi Ginza Onodera
Aunque es Takuya Kubo el chef ejecutivo de este restaurante emplazado en el Four Seasons Hotel Kyoto, sus labores se reparten con Tudaku, experto en la elaboración de sushi Edomae con ingredientes locales de máxima frescura. Juntos brindan una experiencia omakase o, lo que es lo mismo, “un recorrido gastronómico exclusivo, basado en la creatividad del chef”, explica desde detrás de la barra por la que desfilan auténticas delicias. Para ese joven de sonrisa permanente, “el apartado gastronómico es una de las grandes bazas de esta ciudad, desde los puestos callejeros hasta la alta cocina”. En este establecimiento, uno de los más reputados, la cena se convierte en un festín para la vista y el paladar. “Esta es la esencia de la hospitalidad japonesa”, concluye.
- El refugio de Ángels Barceló (62 años) es un precioso pueblo de esencia mediterránea: tiene playas de aguas cristalinas, una iglesia del siglo XVIII y solo 7.000 habitantes
- El refugio de Iker Casillas (44 años) es un pueblo de 200 habitantes en la Sierra de Gredos: 'Fue el primero en darlo a conocer tanto en España como en el extranjero y a día de hoy lo seguimos notando y apreciando
- La ciudad favorita de los mayores de 60 años está en el levante español: con preciosas playas de ensueño, tiene un ambiente medieval encantador
- El refugio de Dani Carvajal es un pueblo con 30 playas en 56 kilómetros de costa: está en una joya de Asturias de solo 13.000 habitantes
- Entramos en el pueblo conocido como “el paraíso de los torreznos”: tiene catedral, murallas medievales, castillo y uno de los bocados más crujientes de Castilla
- Los expertos en viajes sénior coinciden: estas son las 7 ciudades de España perfectas para descubrir después de los 65 años por su tamaño, clima suave y riqueza cultural
- El pueblo pesquero más bonito de España es perfecto para ver el eclipse de Sol de agosto: es un viaje a la Edad Media, famoso por su langosta y su pescado, y está repleto de calas turquesas
- Entramos en el pueblo conocido como “el paraíso de la mariscada”: tiene una fiesta dedicada al marisco, una isla con una ermita cubierta de conchas y vistas a la ría de Arousa