Kerala, la India tropical

El Estado más suroccidental del Indostán, y uno de los más ricos de la India, alberga una increíble red de canales que llaman "backwaters" y que conforman una red fluvial de cerca de dos mil kilómetros. Verdes y tranquilos, los canales de Kerala fueron esenciales para el transporte y ahora lo son para el turismo. En esta tierra que, según un eslogan turístico, es la casa de los dioses, el verdadero dios es el agua.

Jesús Torbado
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Foto: Álvaro Leiva

Siempre aparece un murallón de cocoteros que impide tocar el horizonte, salvo por la parte del mar, al oeste. Incluso las más modestas casillas ancladas en esas islas minúsculas que abrazan los canales se acogen a la rumorosa sombra de estos árboles de los que se aprovecha absolutamente todo: hojas, troncos, raíces, fibra, savia, frutos (hay cocos que llegan a pesar tres kilos)... Pero tan elegantes mástiles vegetales son solo como la apariencia exterior de un húmedo y caliente paisaje densamente arbolado. Tecas, sándalos, banianos, ébanos y otros árboles preciosos conviven apretados con los erguidos cocoteros.

Quizá el exceso de población del Estado de Kerala -33 millones de habitantes para un territorio que es solo como la mitad de Andalucía- no permite a la gente vivir razonablemente bien, pese a los muchos y raros productos que cultiva: jengibre, caucho, arroz, tapioca, té, nueces de palma, café... Y pese a la insólita y permanente agitación de los pescadores en las playas, que en los luminosos amaneceres parecen tan numerosos como los peces arrancados de las redes sobre el mismo arenal. No obstante, es uno de los Estados más ricos, saludables, cultos y democráticos de la India. Prototipo de la "India de las aldeas" -pacífica, autárquica, tradicional, religiosa- con la que soñaba Gandhi.

Claro que los tiempos cambian muy deprisa. Los hombres que manejan las célebres redes chinas que llegaron a la costa Malabar hace siglos, desde los dominios de Kublai Khan, lanzan hoy al viajero esas miradas acuosas y tristes de los indios del sur. Están inactivos, parados. Viven de las propinas que les dan los turistas a cambio de subirse en tales artilugios para tomar fotografías. El inmenso tsunami del año 2004 arrasó el pequeño golfo en el que faenaban y, lo que es peor, acabó con los peces. No, ya no hay peces frente a aquel espectáculo rojo de las redes-grúa al ponerse el sol.

Esa extraña ciudad de Cochín, que no es la capital del Estado, sí es el territorio urbano más pintoresco y monumental, la joya de la corona keralesa. Allí están el viejo fuerte, la iglesia de San Francisco, construida por los portugueses en 1510, la más antigua de la India, con la tumba donde reposó catorce años el gran descubridor Vasco da Gama; el palacio de Mattancherry, levantado por los portugueses como obsequio para el rajá de Cochín y con el que se quedaron los holandeses en 1663, más el que levantaron para sí mismos ochenta años después en la cercana isla Bolghatty, una sinagoga y los restos de la judería que empezó a poblarse, como un refugio seguro, en el siglo XI.

Un mundo singular

Pero en esta tierra que, según un eslogan turístico, es la casa de los dioses, el verdadero dios es el agua. A unos pocos kilómetros de la costa del Mar Arábigo, de casi 600 kilómetros de longitud, comienza la increíble red de canales y remansos que allí llaman backwaters. Esa red de cerca de dos mil kilómetros, verde y tranquila, fue antiguamente esencial para el transporte. En la actualidad, sobre todo entre Quilon y Allepey, que tiene más canales que calles, la mayor parte de las embarcaciones, juncos de estilo chino y naves con techos de paja, se dedican a transportar turistas. Incluso algunas se han convertido en una especie de casitas o apartamentos flotantes. Sin duda el mayor encanto de estas travesías es mirar la vida de las aldeas ribereñas, disfrutar de la apacible tranquilidad de los húmedos campos. Salvo en los días de la celebración del Onam, que acontece entre los meses de agosto y septiembre, cuando los grandes canales se llenan de botes-serpientes que compiten imitando las rivalidades de antiguos guerreros legendarios.

Uno de los encantos oficiales del Estado de Kerala es precisamente éste, el agua, la inundación. El agua estancada, permanente y casi infinita. Son lagos enormes -como el Vembanad, que tiene una superficie de 2.033 kilómetros cuadrados-, estanques medianos, ríos inmóviles, arroyos, lagunas, charcas, canales... Lleno todo de gente, aunque gente que apenas resulta visible. Hace una veintena de años, para conocer ese singularísimo mundo había que perderse en los pobres y sobrecargados botes, a motor o a remo, que servían a la población local para desplazarse ante la ausencia de vehículos terrestres. Abrazado por una paz casi sólida, envuelto en un silencio rutilante tropezaba uno con las maravillas de las aldeas perdidas junto al agua: una procesión aquí, una boda allá, una incineración en este sitio, una animada comida familiar (el espinoso pececillo karimeen, que está cocido en agua de coco, y vegetales al curry) en aquel otro...Ahora, los lujos para los turistas constituyen casi un desenfreno; hay más de mil doscientas embarcaciones en todo el Estado, convertidas en casas flotantes de toda especie que se abren paso entre la espesa manta invasora de jacintos acuáticos, junto a extensos campos de arroz, por los canales más grandes y civilizados, sin introducirse más de lo correcto en el mundo verdadero de los backwaters. Del embarcadero al propio hotel, comida o dormida incluidas si se quiere.

El reino de los elefantes

Pero en tierra firme, a lo largo de todo el Estado, el rey es el elefante. Limpios o sucios, los elefantes son unas criaturas inteligentes, memoriosas, trabajadoras y dóciles o agresivas, según les dé. El más apreciado en toda Kerala, por nombre de pila Padmanabhan, es la gran estrella de su especie, un auténtico negocio para sus dueños, que no dudan en alquilarlo para procesiones, ritos y espectáculos varios: lo que allí llaman festivales, el más destacado entretenimiento lúdico y religioso de los indios.

Padmanabhan está felizmente tumbado en un gran estanque mientras cuatro hombres restriegan a conciencia su áspera piel con cepillos de coco; le frotan el rabo, los sobacos, la comisura de los labios, y él facilita el trabajo: abre la bocaza inmensa, estira la cola peluda, coloca la trompa sobre uno de los colmillos, levanta una pata que, ella sola, pesa como sus cuatro esteticistas, se espurre para que el agua de la manguera le produzca más placer... Y los mirones que han ido de excursión a Guruvayur, una aldea casi en el centro del Estado, se maravillan del piadoso espectáculo.

Allí, en un espacio llano y extenso, residen unos sesenta enormes elefantes, aunque -no nos engañemos- en una controlada esclavitud. Todos se encuentran amarrados con firmes cadenas a grandes árboles o troncos secos, esperando trabajo, alimento o una sesión de higiene. Y son conscientes de lo que les ocurre, de que no pueden ya ramonear por las junglas frondosas. Se agitan y bambolean como si estuvieran aquejados por un síndrome psicopático, patean rítmicamente el suelo, se enfadan con ellos mismos porque no puede arrancar las hojas de los cocoteros...

Hace cincuenta años, cuando en este vasto territorio acuático y verde no había carreteras, los elefantes eran bestias familiares para el transporte y la carga en general. Todavía ahora, aparte los que aquí y allá viven destinados a entretener escuetos viajes de los turistas, pueden verse algunos en caminos secundarios cumpliendo los menesteres que otras acémilas practican aún en los países pobres. Claro que el Estado de Kerala, en la punta suroccidental del Indostán, es ya uno de los más ricos de la India. Ciudades y carreteras -pésimas, eso sí, y muy peligrosas: que nadie sueñe con lograr una media superior a los 30 km/h- están hinchadas de autobuses renqueantes, de camiones tremebundos y enloquecidos y, sobre todo, de esos triciclos motorizados (rickshaws), negros y amarillos, que sirven de taxis y de portes a domicilio y que se mueven como abejorros amenazadores por todas partes. El olor a gasóleo mal quemado representa el síntoma más evidente de ese estado de nueva prosperidad nacional.

Playas y naturaleza

Cambió el mundo, desde luego, y Kerala ha empezado a ser rica, agitada, comercial. Lo cual se manifiesta no solo en los nuevos hallazgos de territorios inundados sino también en las carreteras y en las agitadas y pequeñas ciudades. En cierta época, poshistoria de los orientales vagabundeos hippies, Kerala se hizo famosa por sus formidables playas (la de Kovalam, en el extremo sur, sobre todo). A nadie le preocupaba la más que dudosa higiene de aquellas olas, a las que iban a dar los detritos y cloacas de todas la poblaciones del país. Playas, amabilidad en la gente, clima estupendo, precios muy bajos, comida sabrosa y barata... Ahora han ido creciendo hoteles lujosos y naciendo organizaciones turísticas de todo pelaje. Se insiste mucho en los extensos espacios naturales, que son llamativos aunque poco prácticos (¿cómo diablos encontrar a un tigre bebiendo agua en el embalse/lago de Periyar, que es oficialmente una reserva, o cómo acercarse a un elefante salvaje en el parque de Eravikulam?).

La naturaleza exuberante, sobre todo en las montañas orientales y las colinas, las verdes laderas de té que plantaron los ingleses hace siglo y medio en los alrededores de Munnar (para aprovechar los yermos que dejaron sus talas de teca), dicen que las más extensas del mundo, el conocido bullicio y la templanza de los indios son los atractivos mayores del Estado.

Escasea la obra monumental del hombre, que es sin embargo tan rica en el vecino Estado de Tamil Nadu, con sus abundantes y pétreos templos prodigiosos. Tampoco las ciudades y pueblos mayores tienen gran interés, salvo el núcleo de Cochín o la capital oficial, en el extremo sur, ahora llamada Thiruvananthapuram -con las reliquias de los maharajás de Travancore y la altivez del estupendo templo de Padmanabha Swamy-. Ni siquiera un lugar histórico de la envergadura de Calicut (Kozhikode), donde desembarcó Vasco da Gama, descubridor de la ruta hacia Oriente, en 1498, ya convertido en ciudad industrial, invita a desviarse de la ruta. Los dioses que tienen a Kerala como morada propia deben de vivir sin duda en las verdísimas colinas del Este, en las riberas del suntuoso río Nila o en alguna playa recóndita y todavía limpia.

Mística y religiosa

Qué dioses sean esos es otra cuestión. Kerala es, desde luego, muy diferente a otros estados de la Unión India. Si hay menos mugre, si la mendicidad y miseria pública son escasas y el ímpetu comercial adquiere cierto relieve, la estética místico-religiosa apenas se percibe. De momento, más de una quincena de grupos cristianos diversos manifiestan su entidad en esculturas de singular remilgo y colorido, algo así como nuestra vieja escultórica de Olot a tamaño de gigante. A un creyente occidental le producirán tanta risa como pena, injustas ambas emociones, desde luego. Otro tercio de la población es musulmana, pero muy discreta. Los hinduistas, que son el otro tercio (aunque en una distribución muy aleatoria), apenas se hacen ver, ni sus templos llenos de imágenes brillantemente repintadas. Y menos el poso histórico-monumental. Efectivamente, Kerala es un hermoso territorio: de dioses, casi vacío; de hombres, muy lleno.

Medicina ayurvédica, la ciencia de la vida

Hace ya medio siglo, centenares de jóvenes occidentales llegaban a la India con un objetivo confuso que mezclaba las drogas baratas y fáciles, el misticismo y la búsqueda de la salud del alma. Ahora, miles de personas llegan a Kerala para aprovechar los avances y hallazgos de la medicina ayurvédica. Ayur significa "vida"; veda es "ciencia y conocimiento". Se trata de uno de los sistemas de sanación más antiguo del mundo, que comenzó unos seis siglos antes de Cristo y que ha acumulado mucha literatura científica o paracientífica. En la actualidad, su enseñanza se difunde desde numerosos centros con carácter universitario y tiene miles de practicantes (médicos) que trabajan en sus ocho ramas o especialidades. Esencialmente se trata de una limpieza profunda del cuerpo mediante ayunos y durísimos enemas para, luego, recomponerlo a base de masajes, extractos de plantas y perfumes rituales, a veces con un carácter casi mágico. Al margen de lo estrictamente médico, el ayurveda actual es una especie de puesta a punto física y mental gracias a productos vegetales. En Kerala hay centenares de establecimientos, de distintas categorías, un poco por todas partes, y los mejores hoteles disponen de gabinetes para su práctica.

Kathakali y flamenco

La danza y el resto de artes que participan en las representaciones de kathakali son una parte importante y distintiva de la herencia cultural de Kerala, aunque sus más remotos orígenes posiblemente sean chinos. Mezcla de dramaturgia, danza y música, el kathakali se manifiesta en caracterizaciones prodigiosas de los actores que expresan con sus personajes episodios de las dos grandes epopeyas indias: Ramayana y Mahabarata. La preparación y caracterización de los actores, que adoptan posturas inverosímiles, forma parte del espectáculo y puede durar unas cuatro horas. La exposición del drama duraba antaño una noche entera, a la luz de una gran lámpara de aceite. Ahora se hacen presentaciones más accesibles, siempre de un vigor estético de gran alcance, aunque nada fáciles de interpretar o comprender.

El pasado mes, la danza kathakali tuvo un compañero de excepción: el flamenco. El espectáculo La muerte de Dussana representó a España, de la mano del Instituto Cervantes, en el Festival Internacional de Artes de Delhi (DIAF) el pasado 28 de octubre. La obra, del español César Lorente Ratón, pone en escena un extracto del Mahabharata y supone una fusión inédita de dos artes escénicas centenarias: la danza kathakali y el flamenco. El autor, gaditano y gran conocedor de la cultura india, ha sabido encontrar un sorprendente nexo entre ambas formas de expresión artística.