Kazajistán, un viaje entre geografía imposible
Entre estepas infinitas, este gigante de Asia Central está tejido por horizontes extremos. Desde los desiertos de Mangystau, donde aún se distinguen las huellas del océano de Tetis, desaparecido hace millones de años, hasta las titánicas montañas de Tian Shan, en Almaty, pasando por las inmensas llanuras boscosas que abrazan Astaná. Nos embarcamos en una aventura fascinante por los extraordinarios contrastes geográficos del noveno país más grande del mundo, del mar Caspio al cielo.

Cresta del Dragón en Bozhyra. / Gonzalo Azumendi
He llegado a la nada más absoluta. Aquí la estepa se convierte en acantilado y sale al encuentro del mar Caspio. Pisando el mismo filo de Zhygylgan (del kazajo “tierra caída”), las vistas resultan sobrecogedoras. Siento como si el terreno se hubiese derrumbado dejando ver sus entrañas. Ante mí se abre una inmensa depresión de roca blanca cuyas paredes agrietadas custodian fósiles y restos de animales ancestrales. Los tonos arena de las piedras contrastan con el azul verdoso del Caspio, allá a lo lejos. Un faro de la época soviética vigila este abismo, como el último guía de un mar convertido en piedra. Solo las sombras creadas por las irregularidades del árido terreno aplacan el calor estival. Por la llanura que se despliega infinita detrás, corren grupos de caballos salvajes seguidos de camellos parsimoniosos. Soledad y quietud absolutas se respiran en este entorno acariciado por una brizna de aire.
Nos encontramos en la región de Mangystau, una de las más remotas de Kazajistán. Ubicada en el extremo occidental del país, ofrece algunos de los secretos geológicos más asombrosos del planeta.

Lagos Kolsay, Kazajistán. / Gonzalo Azumendi
Para comprender este paisaje marciano, debemos arañar su superficie. Hace millones de años, gran parte de Eurasia estaba sumergida bajo las aguas del mar de Tetis, un océano tropical de la era mesozoica. Sí, la de los dinosaurios. El movimiento de las placas tectónicas hizo que las aguas retrocedieran, dejando enormes depósitos de sedimentos marinos. Posteriormente, la erosión provocada por el viento, la lluvia y los cambios bruscos de temperatura esculpió este formidable escenario que, en la actualidad, fusiona la espiritualidad de viejas necrópolis y mezquitas con la geología de montañas y cañones de tiza.

Restaurante Aidyn en Aktau / Gonzalo Azumendi
Los cañones Kapamsay e Ybykty revelan algunas de las grandes cicatrices de este espectáculo mineral latente entre capas sedimentarias. Nos perdemos por los estrechos pliegues de este último, guiados por el silbido del viento. La altura de sus paredes, atravesadas por arcos naturales, supera los seis metros.

Centro comercial Khan Shatyr en Astaná. / Gonzalo Azumendi
Los rayos del sol se reflejan con cegadora intensidad sobre las rocas níveas y cuesta adivinar la entrada a la mezquita Sultan Epe, excavada en el terreno. Vinculada a las tradiciones sufíes, es un importante punto de peregrinación cuya historia ha sobrevivido a través de la tradición oral. Al cruzar el acceso, su interior regala un agradecido frescor. Más adelante visitamos Shakpak Ata, una de las necrópolis más fascinantes de Asia Central. En sus galerías subterráneas, las tumbas perforadas directamente en la roca narran el trasiego de nómadas, peregrinos y caravanas que cruzaron este lugar entre los siglos X y XIII. En el silencio de sus salas, vestidas con alfombras, las paredes reproducen el eco del pasado con marcas indescifrables. La necrópolis que más emociona es Karaman Ata, otro centro de peregrinación fundamental en la región. En su mezquita, una señora explica que, tras fallecer su padre, se ha recluido bajo tierra unas semanas para pedir por un futuro mejor para ella y sus hijos.

pabellón central de la EXPO 2017 en Astaná que hoy alberga el museo Nur Alem. / Gonzalo Azumendi
Seguimos avanzando kilómetros y kilómetros hasta que la estepa vuelve a sorprendernos. Miles de piedras esféricas protagonizan ahora el paisaje. Algunas miden apenas unos centímetros, mientras que otras superan varios metros de diámetro, como pelotas abandonadas por gigantes. Creadas por procesos de concreción mineral, constituyen el cautivador Valle de las Bolas de Torysh.

Mezquita Hazrat Sultan en Astaná. / Gonzalo Azumendi
La travesía prosigue hacia Kyzylkup, unas montañas que el turismo italiano, el más presente en la zona, rebautizó como “el tiramisú de Kazajistán” por sus capas alternas de sedimentos en tonos blancos, rojizos y ocres. Un gigantesco pastel irresistible especialmente al atardecer, cuando la luz del sol acentúa los contrastes de sus colores.

Posando frente al pabellón central de la EXPO 2017 en Astaná. / Gonzalo Azumendi
Aunque estas tierras también atraen a turistas rusos y franceses, apenas nos cruzamos con nadie. “El turismo empezó a aumentar después de la pandemia”, cuenta, entre bache y bache, nuestro joven conductor Zhandos mientras avanzamos por polvorientos caminos cicatrizados en la estepa. “Somos pocos guías aquí”, añade orgulloso.

Monumento a la Segunda Guerra Mundial en el Parque Panfilov de Almaty. / Gonzalo Azumendi
Antes de que caiga el sol, nos dirigimos a Bozhyra, la mayor expresión de esta secuencia de perspectivas extraterrestres. No seguimos señales de tráfico ni indicaciones del navegador. Zhandos tiene memorizados estos caminos y sus atractivos secretos. De repente, alargadas agujas de piedra caliza asoman entre portentosos acantilados blancos. Ante la imagen más impresionante del fondo oceánico fosilizado, no podemos evitar emocionarnos.

Mercado Verde de Almaty. / Gonzalo Azumendi
El punto de partida para explorar este territorio en el que sentirse en Marte o, literalmente, en las profundidades marinas, es Aktau. La última ciudad fundada por la URSS en los años 60 se creó a orillas del mar Caspio como centro energético tras descubrirse en ella yacimientos de petróleo y uranio. Su trazado soviético invita a seguir los pasos hacia un agradable paseo marítimo abierto en 2019. En las playas, los kazajos festejan cumpleaños, despedidas de soltera y otras ocasiones especiales en improvisadas mesas donde no faltan el vodka y el té caliente. Así nos unimos al cumpleaños de Ainur y acabamos brindando con ella y toda su familia por la vida frente al mar de interior más grande del mundo. El último testigo de aquellas masas de agua que moldearon la geografía de Mangystau.

celebración en la playa en Aktau. / Gonzalo Azumendi
Una capital futurista en medio de la estepa
A aproximadamente 1.700 kilómetros de Aktau, las inmensas llanuras esteparias protagonizan también los paisajes del norte del país. En medio de esos horizontes infinitos, y a orillas del agradable río Ishim, se alza imponente Astaná, capital de Kazajistán desde que este título se trasladara desde Almaty por motivos estratégicos en 1997. Y entonces empezó su metamorfosis urbana.

Formaciones de arenisca en el Cañón de Charyn. / Gonzalo Azumendi
Lineal, vanguardista, flamante… Los adjetivos para describirla desafían cualquier expectativa. Con una climatología extrema, esta ciudad delineada por torres de cristal y monumentales edificios futuristas, firmados por arquitectos de renombre, empezó a construirse en tierras recorridas por pueblos nómadas durante siglos.

Garganta de Kyzylkup. / Gonzalo Azumendi
Para hacernos una primera idea de su magnitud, subimos a la última planta de Bayterek, una torre coronada por una esfera dorada a 105 metros de altura que simboliza el nuevo comienzo de la capital. A un lado, podemos apreciar la zona gubernamental y, al otro, avenidas repletas de centros comerciales, entre las que sobresale el Bulevar Nurzhol. La arquitectura vanguardista se sucede en edificios como el Palacio de la Paz y la Reconciliación, de forma piramidal; el gigantesco centro comercial Khan Shatyr, cubierto por una estructura transparente; la enorme mezquita Nur-Astaná o Abu Dabi Plaza, el edificio más alto de Asia Central, con 311 metros. También llama nuestra atención el complejo Khan Shatyr, obra del célebre Norman Foster. Su estructura descomunal reinterpreta una yurta tradicional. El interior, dedicado al entretenimiento, acoge un parque de atracciones con una torre de caída libre de casi 40 metros, un río navegable y hasta una playa artificial con arena traída nada menos que desde las islas Maldivas.

Recreación de una de las antiguas viviendas tribales kazajas cerca de la entrada al Parque Nacional de Burabay. / Gonzalo Azumendi
Construida como una pequeña fortaleza en el siglo XIX, Astaná fue transformándose en centro agrícola indispensable. Su pasado nómada se hace evidente en lugares como Botai, un valiosísimo yacimiento donde se han encontrado las evidencias más antiguas de domesticación del caballo, datadas alrededor del año 3500 a. C. Sin estos animales, habría sido imposible la expansión de las rutas comerciales, la transformación radical de las comunicaciones o el nacimiento de las nuevas formas de vida nómada.
EL GIGANTE EUROASIÁTICO
La superficie de Kazajistán es equiparable a toda Europa occidental. Un vasto territorio dominado por estepas y paisajes que se sitúan principalmente bajo el nivel del mar, y cuyo subsuelo resguarda una riqueza tan grande que sus recursos naturales casi completan la tabla periódica de los elementos. Delimitado por las masas de agua del Caspio y del Aral, el país desarrolló, por su aislamiento, un sincretismo religioso único, donde el sufismo y un islam místico se mezclan con el paganismo. La modernización de la nación ha llevado a importantes reajustes organizativos. Un ejemplo de ello es el cambio de husos horarios. Antes de 2024, Kazajistán operaba con dos husos horarios hasta que la mitad de los territorios unificaron la hora.
Accediendo a la reconstrucción de una de las viviendas que ocupaban la zona en la Edad del Cobre, nos damos cuenta de la destreza técnica de la época. Dentro se expone una amplia muestra de utensilios realizados con piedra, así como camas elaboradas con troncos y paja; aunque lo que llama verdaderamente la atención es la propia arquitectura. Ingeniosas estructuras semisubterráneas y circulares eran excavadas a un metro de profundidad para aislarse del frío extremo de la estepa. En su techo cónico, hecho con troncos cubiertos con arcilla, una abertura central permitía que saliese el humo y entrase la luz.

Parque Nacional de Burabay. / Gonzalo Azumendi
Los vestigios de aquellas primeras comunidades ecuestres están rodeados de colinas graníticas, bosques de pinos y lagos como el de Burabay, conocido como la Suiza kazaja por su ambiente de descanso e inspiración. Sus refrescantes playas se llenan de vida en verano gracias a sus resorts. Recorriendo el lago en una pequeña barca me veo descifrando las esculturas abstractas pulidas por el viento.

Mezquita Sultan Epe. / Gonzalo Azumendi
Rozando las cumbres de Kazajistán
Tras cruzar las eternas estepas y los oasis boscosos del norte, la geografía da un giro radical en el sureste de Kazajistán. El horizonte se alza impetuoso tratando de tocar el cielo con cumbres nevadas que crecen desde la misma ciudad de Almaty. Una muralla natural dibujada por las montañas de Tian Shan, de más de 4.000 metros. Somos partícipes de esa altura, provocada por intensos movimientos tectónicos, tras subir en teleférico a la estación alpina de Shymbulak, principal punto de esquí de Asia Central, desde donde fotografiamos las mejores panorámicas de Almaty.

Propuestas gastro del restaurante Juz Chaykhana de Almaty. / Gonzalo Azumendi
Almaty nació como posición en las antiguas rutas comerciales que conectaban Asia y Europa. Su nombre deriva de la palabra local “manzana”, en referencia a los extensos bosques de manzanos silvestres de la zona, considerados como el origen de numerosas variedades modernas de esta fruta. La antigua capital del país se ha conservado como principal centro cultural y económico. En un paseo por sus avenidas arboladas, comprobamos cómo las influencias nómadas, soviéticas y modernas se fusionan a la perfección. El Museo Nacional es el mejor lugar para profundizar en su historia. Sus salas recorren desde las antiguas culturas que habitaban en la estepa hasta la independencia, pasando por la época soviética.

Cañón de Ybykty. / Gonzalo Azumendi
Pero para mezclarse con la intensa vida de la mayor metrópolis de Kazajistán es imprescindible dirigirse al Mercado Verde. Entre montañas de especias y frutos secos interactuamos con lugareños, quienes nos descubren la diversidad cultural que define a una urbe donde habitan más de 54 nacionalidades, hasta que el inconfundible aroma a chocolate nos conduce a Rakhat, una histórica fábrica cuyos dulces son todo un símbolo para gran parte del continente.

Lagos del Parque Nacional de Burabay. / Gonzalo Azumendi
Almaty también es la base para descubrir dos de las maravillas naturales más populares del país. Para comprobarlo, emprendemos un viaje hacia Kolsay, un conjunto de lagos rodeados de bosques alpinos salpicados por yurtas, y al Cañón de Charyn, una desmesurada garganta cuyas formaciones en torres, arcos y paredes rojizas le han valido ser comparado con el Gran Cañón de Estados Unidos. Caminar entre sus paredes, de hasta 300 metros de altitud, es el broche de oro de este viaje perfilado por territorios interminables que retan a la imaginación en este país con miles de secretos por descubrir.
- Áurea Casa Palacio Sagasta: el placer de ser parte de la historia
- Las Azores, el refugio atlántico donde el verano todavía se vive sin multitudes
- Lo siento Italia, el mejor destino de Europa para mayores de 65 está en Portugal: temperaturas suaves, valles vitivinícolas y monumentos históricos Patrimonio de la Humanidad
- La ciudad europea ideal para los mayores de 65 años es “la Venecia del norte”: perfecta para septiembre, de origen medieval, y con un casco histórico Patrimonio de la Humanidad
- Poca gente la visita, pero es la mejor isla para descubrir en septiembre: clima cálido, playas tranquilas y un patrimonio extraordinario que conecta con la civilización que sentó las bases de la antigua Grecia
- Los 10 viajes por Europa que debes hacer después de los 65 años: historia milenaria, gastronomía de altura y rutas sin grandes esfuerzos físicos
- La ciudad perfecta para una escapada en septiembre está a tres horas de España: una universidad Patrimonio de la Humanidad, dos catedrales emblemáticas y jardines de película
- Kazajistán, un viaje entre geografía imposible