Karakorum, sueño dorado de los escaladores

En el norte de Pakistán surge la cordillera del Karakorum, la mayor concentración de altas montañas del mundo y uno de los sueños dorados de los escaladores y los amantes de los grandes trekkings. Aislados completamente del resto del mundo, los habitantes de los valles han mantenido sus costumbres ancestrales como verdaderos reinos independientes hasta hace pocas décadas, cuando parecía que el mítico Shangri-La surgiría tras el siguiente collado.

Ángel Martínez Bermejo

Las calles de Lahore son uno de los mejores lugares para revivir alguna de las historias de Kipling. Aquí empiezan las aventuras de Kimball O''Hara, que conducirán al héroe de Kim a lo largo de la Grand Trunk Road (GTR) hacia la llanura del Ganges. Pero si decidiéramos seguir la GTR en sentido contrario, hacia el noroeste, nos adentraríamos en tierras diferentes y propicias para los admiradores de un par de aventureros inolvidables: Danny Dravot y Peachey Taliaferro Carnehan, protagonistas de El hombre que pudo reinar.

Para seguir, al menos en espíritu, a estos dos bribones (Sean Connery y Michael Caine en la película de John Huston), en Rawalpindi y en su vecina Islamabad dejaríamos la GTR para tomar la Karakoram Highway (Autopista del Karakorum), la carretera que conduce hacia las montañas más ásperas del planeta. Ahora no iremos, como ellos, en busca de Kafiristán, pero sí de Hunza y de Baltistán, dos reinos olvidados que mantenían su sueño de independencia hasta hace muy pocas décadas, escondidos en los pliegues de estas cordilleras intransitables.

Esta carretera se empezó a construir en los años 70 y está abierta a los extranjeros desde hace veinte años. Sólo desde entonces es posible internarse con una cierta facilidad en estos valles perdidos y toparse con los hombres que viven una batalla permanente con las montañas. Y ser testigo de sus formas de vida, que no han cambiado mucho desde los tiempos de Marco Polo, que también se adentró por estos valles. Esta carretera serpentea por algunos de los paisajes más sobrecogedores del planeta hasta superar los 4.730 metros del paso de Khunjerab antes de perderse por las altiplanicies del Turkestán chino.

Aquí, en la segunda mitad del XIX confluían tres poderosos imperios -el ruso, el inglés y el chino-, y entre sus crestas y quebradas jamás exploradas se jugó una de las partidas más importantes de la política internacional de la época. El Great Game, como fue conocido, fue el motor que llevó a explorar y cartografiar por primera vez esta tierra habitada por pueblos celosos de su independencia. Los ingleses pensaban que los rusos podían invadir la India por estos valles, por lo que enviaron a un puñado de espías disfrazados de santones para explorar la zona, con instrumentos de medición camuflados.

Los tiempos han pasado, pero todavía permanece el aliento de aventura al recorrer la carretera que sigue el curso del río Indo, donde se juntan las cordilleras del Himalaya y el Karakorum. Las nieves eternas de los gigantes aparecen colgando de las cimas a ambos lados de la ruta, y muy cerca está el desvío hacia el Nanga Parbat. A medida que se asciende se acerca el momento de la decisión: seguir la Karakoram Highway hacia China por el Valle del Gilgit y del Hunza, o ir por el Indo hacia Skardu, en el corazón del Baltistán. Ésta es la ruta que siguen los que buscan las cumbres y los glaciares del Karakorum.

Skardu es el punto de partida hacia las cumbres míticas del K2 y del Gasherbrum, la Torre Muztagh y el Glaciar de Baltoro. El trekking hasta el campamento base del K2 es ya toda una aventura: se cruzan ríos caudalosos, se superan collados nevados, se asiste al espanto de los aludes... El premio es la visión del K2, la segunda montaña más alta del mundo, pero la más hermosa, la más atractiva, la más deseada. Si se sigue la Karakoram Highway, el destino es el Valle de Hunza, que hasta 1974 estaba regido por un mir, un reyezuelo local que soñaba con ser el igual de otros monarcas de reinos lejanos de los que tenía noticias remotas. Los castillos de Baltit y Altit, colgados de los precipicios, controlaban el paso de los mercaderes por estas tierras perdidas. La cima del Rakaposhi casi roza los 8.000 metros y parece tocar el cielo. Y se corta la respiración al cruzar los puentes colgantes sobre el río Hunza, con las aguas oscuras rugiendo muchos metros más abajo.

En primavera verdean los campos del valle y los albaricoqueros ofrecen sus flores rosadas. Durante siglos, los albaricoques secos de Hunza han sido la base del sustento de las caravanas que se adentraban en el desierto del Takla Makan. Al seguir la ruta se superan los últimos repechos antes de cruzar el mítico paso de Khunjerab, la frontera con China, codiciado lugar de pastos de altura de los pueblos nómadas. Más allá está el lago Kara Kul, las estepas del Turkestán y el oasis de Kashgar, el Tombuctú asiático. Pero ésta ya es otra historia.