Kagoshima, el volcán esmeralda
A la sombra del humeante volcán Sakurajima, la ciudad de Kagoshima late con ritmo propio. Viajamos al Japón más desconocido e indómito, tierra de los más selectos campos de té matcha, que crecen entre onsens de fuego, antiguas residencias de samuráis y bosques ancestrales donde se retuercen cedros milenarios. Este rincón de la isla de Kyushu es pura naturaleza en erupción.

En el avión que me lleva a Kagoshima desde Tokio, siento que casi puedo tocar la cumbre del monte Fuji. Majestuoso y elegante, vestido de blanco para recibir el invierno, parece el principal protagonista de los relieves de Japón, pero, tras dos horas de trayecto, antes de aterrizar, descubro nuevos volcanes entre un sinfín de pliegues tintados de azul por el reflejo del mar.

Capital de la prefectura del mismo nombre, la remota Kagoshima ocupa el extremo meridional de la isla de Kyushu, la tercera más grande del país, y ejerce como puerta de entrada a tropicales islas niponas que se adentran en el Océano Pacífico. Su clima templado hace que sea un lugar idóneo para el cultivo del té verde, pero además, sus temperaturas propician un otoño tardío, por lo que es posible admirar los rojizos y ocres, propios de esta época, durante más tiempo que en otros puntos del país. Otoño tardío y primavera temprana. Las rosadas flores del ciruelo brotan en enero, pero los cerezos tampoco tardarán en florecer, fusionando estaciones al abrigo de sus perennes bosques esmeraldas.
A tan solo cuatro kilómetros, el humo casi constante y el rugido ocasional de Sakurajima, uno de los volcanes más activos del país, acecha a sus habitantes. Dormido pero con un ojo siempre abierto, escupe sus cenizas casi a diario. Con un registro de más de 200 explosiones al año, la última gran erupción tuvo lugar en 2018. Sus constantes estallidos han moldeado tanto el paisaje como la vida de sus habitantes, quienes, a pesar de estar a merced de sus repentinos arrebatos, viven a un ritmo sosegado bajo sus fauces, cautelosos pero cautivados por la fuerza magnética que emana de su interior.

Kagoshima es a menudo comparada con Nápoles, pero no solo por las panorámicas presididas por su volcán, sino también por la bahía que lo refugia, su climatología y la hospitalidad de su gente.
Contemplar el cono abrupto del Sakurajima, con sus rugosas laderas verdes, desde el mirador del parque Shiroyama, que se alza sobre la ciudad, resulta especialmente bello al atardecer, cuando el cielo y el mar se funden en la misma paleta de rosas para contrastar con su silueta imponente. Conjugamos naturaleza y tradición en los jardines de Sengan-en, entre bosques de bambú, cuidados estanques y senderos de piedra que desembocan en la que fue residencia de los señores feudales del antiguo e influyente dominio de Satsuma, del que Kagoshima era su capital.
Aquí podemos imaginar el estilo de vida de una familia samurái hace más de 300 años. El jardín incorpora como propios los paisajes que lo rodean, el volcán y la bahía de Kinko a un lado y, al otro, frondosas montañas entre las que sobresale una roca gigante. Las huellas de los samuráis continúan en las ruinas del castillo de Kagoshima, donde seguimos retrocediendo en el tiempo.

La cara moderna de Kagoshima se respira en el centro de la ciudad, donde una noria asoma por lo alto de un centro comercial iluminando de color sus noches. Estas son especialmente animadas en la zona comercial Tenmonkan. Los restaurantes repartidos por sus calles adyacentes ponen toda la carne en el asador para demostrar que la gastronomía de Japón va mucho más allá del sushi y del ramen.
En la “Nápoles de Oriente” el plato por excelencia es el shabu shabu, una especie de fondue japonesa elaborada con cerdo negro, también conocido como kurobuta. El filete de wagyu, el pollo negro y el sashimi de pollo son otras de las delicias de estas tierras. La vida nocturna no ha hecho más que empezar.
Nuestros anfitriones, Hisae y Kosaku, nos llevan a probar el shōchū, un licor destilado a partir de batata o cebada. Entre brindis, nos hacen partícipes de la calidez y del sentido del humor local. Hay más de 113 destilerías de shōchū repartidas por la prefectura, algunas de las cuales han sido regentadas por varias generaciones. En ellas es posible aprender sobre su rica tradición y elaboración artesanal.

Los volcanes de Kagoshima
La capital del antiguo dominio de Satsuma es un punto idóneo para explorar el resto de la prefectura de Kagoshima, dominada por más volcanes ante los que se extienden campos de té aprovechando las condiciones de su suelo para crear el producto más puro y orgánico del país. Pero antes nos acercamos a Sakurajima en barco. En 15 minutos de trayecto compartimos vida local acompañados por numerosos peces voladores. La “Isla del cerezo”, como se traduce su nombre, se convirtió en península al quedar unida al resto de Kyushu tras una gran erupción en 1914.
Una buena opción para seguir ensimismados con sus enigmáticas perspectivas es bordear la bahía de Kinko, deteniéndonos en todos los miradores que encontramos a nuestro paso: el Observatorio de Yunohira, el shrine Kirishima Jingu –desde donde también se aprecia el volcán Kirishima-, el mirador de lava Arimura o el de Kurokami, con un torii hundido entre cenizas. El velo negro del Sakurajima domina todos los horizontes, desvelando sus distintas caras.

Las carreteras se pierden por bosques de bambú y campos de fumarolas. La energía de este territorio también se refleja en sus particulares onsen. En las playas de Ibusuki, al sur de la península, muchos de los tradicionales baños japoneses se realizan bajo tierra volcánica. Cubierta únicamente en un yukata, experimento un enterramiento con las arenas calentadas por las fuentes termales del subsuelo a 85 grados, mientras trato de relajarme con el arrullo del mar y el vapor que emana de sus aguas.
El calor es intenso y la cabeza es la única parte de mi cuerpo que permanece en la superficie. Se dice que esta experiencia, tan terapéutica como claustrofóbica, mejora la circulación y alivia la tensión muscular, pero de los 15 minutos que aconsejan permanecer bajo tierra, yo no aguanto más de ocho. Ya sin yukata, me sumerjo en las ricas aguas minerales del onsen interior junto a señoras que empapan sus brazos con suma delicadeza.

Como paraíso de fuentes termales, Ibusuki también está coronado por un volcán. Desde los 924 metros del monte Kaimon se puede divisar la isla de Yakushima y la península de Osumi en días despejados. El corazón del conocido como “Hawái de Japón” está horadado por otro cráter, convertido en lago y circundado por un colorido parque floral. Además de ser hábitat de anguilas de hasta dos metros de largo, una leyenda cuenta que en él vive un extraño ser llamado Issy.
Consigo averiguar poco sobre el primo del escocés Nessie, además de que posee una estatua junto al lago. Ibusuki también nos premia con otra experiencia única, “pescar fideos de ramen” en uno de sus restaurantes Somen Nagashi. Envuelto en un idílico entorno de vegetación, un santuario y un estanque dan paso a Tosenkyo. En recipientes transparentes de agua fría, dispuestos en el centro de sus mesas redondas, alargados fideos de trigo giran a toda velocidad. Los comensales deberán atrapar esta deliciosa especialidad local con sus palillos, una tarea ardua pero con una recompensa sabrosa y muy refrescante.

Cultivando té entre volcanes
Debido a las bondades de su meteorología y a la fertilidad de sus suelos volcánicos, la agricultura es uno de los principales recursos de la región sur de la isla de Kyushu. Arroz, soja, patatas y, por supuesto, té matcha, popularizado en el mundo entero por su infinidad de propiedades y de utilidades en cocina.
Alrededor del 30 % del té verde japonés se cultiva en Kagoshima, una prefectura que se ha distinguido por apostar por la producción orgánica desde sus orígenes. Su éxito reside en el meticuloso trabajo en equipo que llevan a cabo organizaciones de agricultores como Farmily, la cual agrupa longevas empresas tales como Sakamoto, Nishi Seicha o Shimokubo Isao Seicha. Su fama es tal que exportan su producto a cualquier rincón del planeta. Sencha, tencha, bancha, matcha… Cada variedad de té tiene un proceso completamente distinto y cada uno se bebe en un momento del día.

A bordo de otro avión, en este caso de hélices, despedimos las vistas de los imponentes volcanes Sakurajima, Kirishima y Kaimon para poner rumbo a los verdes más vivos e intensos de Kagoshima. Son solo 60 kilómetros los que separan la isla de Yakushima de la capital, y a ella también podremos llegar en ferry rápido impulsado por hidrofuel. A pesar de las buenas vías que hoy la conectan, su remota ubicación ha mantenido intactos sus bosques ancestrales, motivo que la llevó a ser declarada Patrimonio Natural por la Unesco en 1993, convirtiéndose en el primer lugar de Japón en gozar de este reconocimiento.
Inspiración para la película de animación La princesa Mononoke, del reconocido Studio Ghibli, y cuna de leyendas japonesas, el 90 % de este edén es montañoso, con el pico Miyanoura, de 1.936 metros, como el más alto de toda Kyushu. Su orografía y las intensas precipitaciones que caen sobre ella durante 317 días al año le confieren a Yakushima gran variedad de microclimas y una biodiversidad extraordinaria.

La humedad y la inclinación del terreno dan lugar a abundantes cascadas que riegan sus bosques primitivos, como el parque de Yakusugi Land, donde hacer senderismo en busca de Jomon Sugi, uno de los cedros más grandes de Japón y símbolo de la longevidad, con más de 7.000 años de antigüedad, o el barranco de Shiratani Unsuikyo, protegido por una espesa manta de musgo y helechos.
En la costa, acantilados de vértigo, playas vírgenes donde anidan tortugas y armoniosos santuarios terminan de imponer sosiego en este lugar de leyenda. Considerada un gran templo natural en el que conectar con el sintoísmo dominante en Japón y realizar baños de bosque, su calma tan solo es irrumpida durante alguno de los esporádicos lanzamientos de cohetes que se llevan a cabo en el centro espacial de la vecina isla de Tanegashima.

Solitaria, mística, silenciosa y muy verde. Irremediablemente encuentro parecidos con la isla canaria de La Palma, pero en Yakushima se respira pura esencia japonesa a pesar de que siempre haya vivido a su libre albedrío, flotando a la deriva en el océano. En sus restaurantes, el pez volador es el plato estrella. Probar a comerlo con palillos resulta toda una hazaña. La lluvia me sorprende entre senderos de raíces entrelazadas y ramas abrazadas que crean pasadizos hacia mundos de fantasía. Solo unos pequeños rayos de sol penetran entre el follaje. Y ahí, ante sobrecogedores gigantes milenarios, siento explotar el poder indómito de la tierra.
Síguele la pista
Lo último