Jordania, los caminos que llevan a la octava maravilla

Rejuvenecer con las aguas del Mar Muerto, asombrarse ante la ciudad romana de Jerash y descubrir la vida de los beduinos de Wadi Rum, el desierto de “Lawrence de Arabia”, ahora incluso en globo, solo es posible en Jordania, cuyas rutas giran en torno a Petra, la octava maravilla del mundo.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

La primera parada en la visita a Jordania es su capital, Amán, que propone al viajero alicientes puntuales derivados de su herencia romana. El centro de la capital jordana, antiguo y tradicional, se caracteriza por un puñado de pequeños locales que producen y venden de todo, desde refinadas joyas de oro y plata hasta artículos de uso cotidiano, aunque lo más habitual es acercarse a la Ciudadela, emplazamiento excavado en la antigua Rabbath-Ammon, con unas magníficas vistas de todo el área, para observar los numerosos restos romanos (el teatro es su atracción más relevante, con una capacidad de 6.000 personas), bizantinos y de las primeras civilizaciones que se instalaron en esta zona montañosa entre el desierto y el fértil valle del Jordán. Claro que para pasmarse con el legado de la antigua Roma en el actual reino hachemita, cubierto en un 80 por ciento por la arena del desierto, lo más recomendable es acercarse a Jerash, a unos 50 kilómetros al norte de la capital. No todo el mundo sabe que esta es una de las ciudades mejor conservadas del Imperio Romano en Oriente Próximo. La segunda ciudad más visitada en Jordania, después de Petra, es conocida también como la ciudad de las mil columnas, que flanquean las calles asfaltadas de este punto estratégico que alcanzó una gran riqueza por el comercio con los nabateos. Solo observando las dimensiones del hipódromo, la pista de carreras de carros que daba cabida a 15.000 espectadores, o la perfección de su teatro del sur con 32 filas de altura, dotado de una mágica acústica, se percibe la grandiosidad de esta ciudad que ha permanecido oculta bajo la arena del desierto durante siglos. Eso por no hablar de su plaza oval embellecida con sus altas columnas, un ejemplo casi único en el mundo, o del Arco de Adriano, imponente por su tamaño, aunque en realidad tenía el doble de altura de lo que se ve hoy en este museo al aire libre, donde se mezclan los visitantes extranjeros curiosos y los grupos de colegialas jordanas muertas de risa junto a sus profesoras.

Dana y los castillos del desierto

De camino al sur se rebasa de nuevo ese Amán de casi cuatro millones de habitantes, que apabulla al divisarlo, para poner dirección hacia Petra. Antes, una parada en Karak recuerda el pasado de los caballeros cruzados en estas tierras. El mejor ejemplo es su fortaleza, un oscuro laberinto de salas con bóvedas de piedra e interminables pasadizos y corredores, a 900 metros sobre el nivel del mar, que fue protegido con muros de un asombroso grosor en tiempos de las Cruzadas, hace nueve siglos. Aparte de este genial ejemplo de la arquitectura militar de los cruzados, hay otros castillos que emergen en el desierto como las primeras muestras artísticas y arquitectónicas del Islam. Es el caso del fuerte de basalto negro en Arzaq, que fue centro de operaciones de Lawrence de Arabia durante la Revolución Árabe y lugar de inspiración donde escribió parte de su libro Los siete pilares de la sabiduría, o los castillos-fortaleza de Qasr Al-Hallabat, Qasr Al Tuba y Qasr Harraneh (qasr significa alcázar en lengua árabe). Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, vivió quince años en este gran desierto. Un desierto que depara algunas sorpresas verdes no demasiado lejos, como la Reserva de la Biosfera de Dana. Es este el espacio natural más grande de Jordania y se sitúa en Wadi Dana, el valle que une el Mar Muerto con el Mar Rojo. Trescientos ocho kilómetros cuadrados donde predominan las acacias y las sabinas, aunque hay catalogadas más de seiscientas especies de plantas, y un grupo importante de mamíferos, con el singular íbice de Nubia a la cabeza. En los últimos tiempos se ha convertido en un paraíso para los aficionados al trekking. Su apuesta especial de alojamiento, el lodge Feynan, equipado con placas solares y que ofrece a sus huéspedes comida vegetariana y productos beduinos como el queso y la mantequilla, sorprende en este hermoso entorno de ruinas arqueológicas.

La ciudad rosa tan antigua como el tiempo

A unos 50 kilómetros, más o menos una hora y cuarto en coche, aguarda Petra. La ciudad rosa, la ciudad perdida, la ciudad espiritual de los nabateos... Y siempre el punto culminante de cualquier visita a Jordania. Algunos arqueólogos han clasificado a la antigua Petra como la octava maravilla del mundo antiguo. Desde luego casi nadie puede discutir que se trata de un enclave único en todos los aspectos para estudiar el pasado más antiguo y, sobre todo, los orígenes de una espectacular ciudad tallada en la roca que albergó a la Reina de Saba y que durante un breve periodo de tiempo estuvo bajo el poder de la reina de Egipto Cleopatra.

La ciudad-fortaleza fue levantada por los nabateos en el tercer siglo antes de Cristo y gracias a esta posición los miembros de esta tribu semita, procedentes de la península de Arabia, se convirtieron en los amos de las rutas comerciales de la región. Aplicaban peajes y protegían a las caravanas cargadas con incienso y mirra arábigos, sedas, especias, marfil y pieles de animales africanos, dejando como única vía de penetración en la ciudad un angosto desfiladero, el Siq, cuyas paredes de 70 metros parecen tocarse, ocultando el cielo y provocando extraños ecos. Siglos después, muchos conocieron este cañón de casi dos kilómetros gracias a la película Indiana Jones y la última cruzada (1989), cuando el personaje encarnado por Harrison Ford y su padre cinematográfico (Sean Connery) cruzaban el desfiladero montados a caballo. Otros en España supieron de esta ciudad perdida cuando formó parte del viaje de luna de miel de los entonces príncipes Don Felipe y Doña Letizia (2004). Pero quien realmente redescubrió esta ciudad en 1812 fue un joven explorador suizo llamado Johann Ludwig Burkhardt. Y lo hizo cuando se dirigía desde Damasco hacia El Cairo siguiendo la ruta que pasa por Aqaba. Algunos beduinos le relataron diversas historias sobre un extraño lugar en ruinas, lo que le permitió dirigirse al monte Hor y avistar la legendaria ciudad rosa, aunque no pudo permanecer allí demasiado tiempo para estudiarla. Fueron sus escritos posteriores y su descripción de algunos monumentos los que demostraron la existencia de Petra, que solo perdió su pujanza ante el desarrollo de Palmira como centro de las caravanas comerciales.

Desde su descubrimiento, una vez que se desveló el secreto de los beduinos, Petra se convirtió en punto de atracción para trotamundos, exploradores y arqueólogos, aunque para todos solo acceder a ella era casi una misión imposible, sorteando montañas y valles e internándose en el desierto. Hoy la carretera que une Amán con Petra, la moderna autovía del desierto, permite cubrir el trayecto en unas tres horas, pero hay que pensar que hasta la mitad del siglo XX era necesario cabalgar durante diez días o emplear una jornada completa de viaje en coche. En la actualidad, miles de turistas recorren el mágico desfiladero, de día o de noche, con cientos de velas que alumbran el camino, para descubrir al final de ese cañón con el Tesoro o Al Khazneh, el más espectacular de todos los edificios tallados en la roca viva, tal como lo presenciara por primera vez aquel joven suizo. Un monumento único en su estilo arquitectónico, de inspiración helenística, que debió ser la tumba de un importante rey nabateo.

El desierto de montañas

A una hora y cuarenta minutos de coche, por la carretera 15, se alcanza el desierto de Wadi Rum, un paisaje lunar único en el mundo salpicado de cañones ocultos y grandes montañas que regalan a la vista tonalidades de color naranja, rojo y amarillo. Thomas Edward Lawrence, el famoso Lawrence de Arabia, lo definió como “un espacio inmenso, solitario y tocado por la mano de Dios”, y lo llamó el Valle de la Luna cuando fue elegido por el príncipe Faisal y él mismo para ser su destacamento principal durante la revolución árabe contra los turcos otomanos en la Primera Guerra Mundial.

Hoy, los viajeros y los seguidores de la célebre película rodada en este desierto de montañas por David Lean (1962), con Peter O’Toole, Omar Sharif y Alec Guiness al frente del reparto, se acercan a su Centro de Visitantes para contratar las excursiones de este auténtico laberinto de rocas monolíticas, que se elevan en algunos casos hasta los 1.750 metros, y de dunas de arena rojiza donde el tiempo parece haberse detenido. La excursión más popular es la que se puede realizar en vehículos 4x4 conducidos por beduinos de la zona, siempre hospitalarios al lado de sus dromedarios resignados, pero también tienen mucho éxito los recorridos de una o dos horas en este popular animal del desierto, y últimamente también los vuelos en globo, aunque conviene saber que su precio supera los 150 euros por persona. A la hora de dormir se puede optar por la acampada libre o por los tradicionales campamentos beduinos con tiendas espaciosas. Desde ellos se disfruta de día del mejor paisaje de Oriente y de noche de sus cielos estrellados que cortan la respiración. Al lado de los Siete Pilares de la Sabiduría, la montaña más célebre de Wadi Rum, el viajero siente que este es el desierto más bello de la Tierra. Un escenario inmenso y solitario, presidido por un cielo pálido y descolorido y por una arena aparentemente oxidada, que parece haber sido tocado por la mano de Dios.

El último destino en esta aventura jordana es el Mar Muerto. Su costa está situada en el punto más bajo de la Tierra, a más de 400 metros bajo el nivel del mar, y se trata en realidad del Spa natural más grande del mundo, con sus famosos lodos negros ricos en minerales y sus aguas diez veces más saladas que las del Mar Mediterráneo. El lugar ya fue descubierto en la antigüedad por peregrinos, profetas y reyes como Herodes o la mismísima Cleopatra, que se aprovecharon de las propiedades curativas de estas aguas ricas en sales clorhídricas, con elementos como el magnesio, el potasio, el calcio, el bromuro y el sodio. Hoy como ayer están indicadas para curar enfermedades de la piel, oftalmológicas, de las articulaciones o respiratorias, aunque ahora también combaten el estrés del siglo XXI.

Balnearios del Mar Muerto y el Bautismo de Cristo

Clínicas balnearias y hoteles se esparcen a lo largo la costa norte del Mar Muerto (80 kilómetros de largo por 14 kilómetros de ancho), donde se encuentran las aguas más profundas (430 metros), y en ellas son muy populares los tratamientos de aromaterapia, así como los masajes y los baños de lodo. Los turistas disfrutan también relajándose en las cálidas aguas del mar flotando de manera sorprendente o simplemente tomando el sol. Se dice que este lugar es el más seguro para recibir los rayos solares ya que el vapor que emerge del mar actúa como filtro natural y protector. Por desgracia, el nivel del agua desciende todos los años, de 30 centímetros a un metro, mucho más desde que el río Jordán ya no desemboca en el gran lago tras la Guerra de los Seis Días en 1967, y los científicos calculan que el mar podría secarse antes del año 2050. Desde suelo jordano es posible acercarse a este río bíblico antes de que sus aguas penetren en suelo israelí y visitar el Sitio del Bautismo, conocido como Betania. Este destino emblemático se encuentra a diez kilómetros del Mar Muerto, y ahora se lo reparten Israel y Jordania. En el curso del Jordán, que alcanza en este punto unos diez metros de ancho, se puede ser testigo de cómo decenas de peregrinos, a un lado y a otro, introducen el cuerpo en las aguas tres veces, la mayoría con un camisón blanco largo y su crucifijo, después de rezar y entonar algunos cantos. A veces estos grupos van acompañados por un sacerdote que comprueba la renovación de las promesas bautismales de estos fieles. El punto, ahora fronterizo con dos plataformas independientes, está vigilado por soldados de ambos ejércitos. En el lado jordano se erige junto a la Iglesia de San Juan Bautista, un antiguo monasterio greco ortodoxo del siglo XV restaurado en 2003, y a otras iglesias bizantinas que se han reformado en los últimos tiempos. Esta elección tiene la ventaja de que se puede visitar el lugar exacto del Bautismo de Jesús, mientras que en el sector israelí, muy próximo a Jericó, no existen monumentos históricos (la entrada es libre en suelo judío y el ticket de acceso cuesta doce dinares en el centro de visitantes jordano), pero el recinto goza de mejores servicios para el visitante. Ahmed, el militar árabe que vigila el área, asegura que son unos 450 peregrinos los que toman diariamente en ambas orillas las aguas con un calor sofocante, a 350 metros de altitud, con escasa vegetación y tierra seca. Esa cifra crece paulatinamente desde que fuera identificado en 1996 como el lugar donde Juan vivió y bautizó a Jesús, y muchos deciden llevarse esta agua bendita en sus cantimploras (antes solo podían llevarse esta agua las familias reales para cristianizar a los niños). Para conservarla en condiciones dicen que lo mejor es hervirla, y echarle un par de gotas de lejía; la otra opción es adquirirla solo en el sector israelí a no menos de tres euros la pieza.