Jerusalén, diario de un viajero alucinado

En Jerusalén tuvimos la suerte de asistir a una boda ortodoxa, con los rabinos bailando enloquecidos, y la "desgracia" de toparnos con un cura bastante chulo en la tumba de Cristo, por cierto, cuidado con los chapuzones en el Mar Muerto...

Jorge Salvador

PRIMER DÍA:
Interrogatorio en Barcelona
Viajar a Israel no es fácil. Nada más llegar al aeropuerto te das cuenta. Antes de facturar todos los pasajeros pasan por un inquietante interrogatorio: "¿Ha hecho usted la maleta? ¿Le ha dado alguien algún paquete para entregar en Israel? ¿Ha viajado últimamente a algún país árabe? ¿Y por qué ha estado usted en Egipto en los últimos meses?" "Pues porque mis hijos querían ver las pirámides"... Cuento más de siete empleados de la compañía aérea interrogando, parece una nueva versión del "CSI Tel Aviv", y todo este tinglado aún en Barcelona. ¿Cómo será en Israel?
SEGUNDO DÍA:
Llegada en pleno Sabath
Jerusalén está casi desierta. Llegamos en plena festividad del Sabath. Es un día en el que, en teoría, no se puede hacer nada, no se puede coger el coche, en el hotel no sirven cafés, la máquina de hacer zumos no está conectada y la tostadora se la han llevado; o sea, que el desayuno está jodidillo. El problema llega al coger el ascensor. Hay un cartelito que pone "Sabath elevador", y yo, listo de mí, me meto. Pulso la planta 21 y veo cómo el ascensor para en la planta 1..., qué raro, no hay nadie; luego para en la 2, ¡pero si no hay nadie!, en la 3, en la 4, en la 5... ¡Pero qué está pasandooooo!..., la 6, la 7, la 8... Acabé en el suelo sentado esperando la planta 21. Resulta que el ascensor tampoco puede hacer grandes esfuerzos y para que no se agote va parando planta por planta. El dilema llegó a la hora de bajar: ¿vuelvo al mismo calvario o me autosecuestro en la habitación hasta que termine el Sabath?
TERCER DÍA:
La boda del hijo del rabino
Asistimos a una boda ortodoxa. Nos invita el rabino de Melilla, Salomón, se casa su hijo. Tengo que reconocer que fue una de las experiencias más divertidas de todos los viajes de "Dutifrí". Una de las cosas que más llama la atención es la separación entre hombres y mujeres, casi no se ven en toda la ceremonia, incluso en el baile la sala está separada en dos por una mampara, el único punto en común es la orquesta, que se coloca justo en medio para animar al mismo tiempo a las dos áreas. Todo parecía más o menos normal, lo clásico: aperitivo, ceremonia, ritual, comilona, buffet, camareros... pero de repente salta la chispa: aparece el novio a hombros de sus amigos, la orquesta empieza a animarse y aquello se transforma en una mezcla de las aventuras de "Rabi Jacob" con el violinista en el tejado y "El Padrino". Aquellos ancianitos con sombreros negros de ala ancha y barbas de rabino enloquecieron, empezaron a dar botes en una especie de corro de la patata desenfrenado, sentaron en el centro al familiar más anciano y al novio, y aquello fue algo inimaginable. Yo, que nunca bailo, estuve a punto de engancharme de la mano de un rabino para desmadrarme dando vueltas como un loco alrededor de la sala de fi estas; sólo me frenó pensar que nuestras cámaras estaban grabando.
CUARTO DÍA:
El barrio ultraortodoxo
Me gustó tanto la música que sonó en la boda, que decidí ir al barrio ultraortodoxo de Jerusalén a encontrar algún CD con música de ese estilo. Es como un viaje en la máquina del tiempo. La gente vive allí como en Rusia o en Polonia hace dos siglos. Utilizan las mismas ropas que sus antepasados de la zona, sin tener en cuenta que en Israel el clima es bastante diferente. Imaginaros utilizar un abrigo negro largo hasta los pies y un sombrero gigantesco de piel, pero a 35 grados en Jerusalén y no a menos 35 grados en la estepa rusa, pues así son ellos. De hecho, justo esos días el barrio estaba cercado por antidisturbios, los ultraortodoxos se oponen a un desfi le pro derechos gays y cada noche provocan altercados con decenas de heridos. Al entrar en el barrio ya ves algún cartel inquietante que dice: "No queremos extranjeros". Al preguntar por la tienda de discos, nos avisan: ojo, no paséis por esa zona que os pueden tirar alguna piedra, glups, la verdad es que entre tanto abrigo negro y sombrero de pelo cantamos un pelín. Al fi nal conseguí mis discos en la tienda de música más extraña que he entrado en mi vida, y puedo asegurar que han sido muchas.
Papeleras para las bombas
Jerusalén debe ser una de las pocas ciudades del mundo con papeleras para bombas; parece muy bestia, pero es así: en los lugares emblemáticos te encuentras una especie de contenedores con forma de batiscafo, con una compuerta como de submarino; esta peculiar "papelera" se utiliza para el caso de encontrar abandonado un paquete que resulte sospechoso. El paquete se introduce dentro y se explosiona. Estando en el Muro de las Lamentaciones pudimos constatar la psicosis de peligro constante que se respira en Israel al presenciar una alerta de bomba: en cuestión de segundos las fuerzas especiales aparecieron con un camión de donde salió un robot para hacer explosionar el bulto sospechoso, que resultó ser simplemente una mochila olvidada por algún turista despistado que jamás volverá a ver su cámara de fotos. Lo extraño del caso es que la evacuación y el montaje del perímetro de seguridad de la zona fue un tanto dudosa. El equipo del programa pudo grabar toda esta escena situado a menos de 100 metros del robot. ticos te encuen- al presenciar una alerta de bomba: en cuestión de segundos las fuerzas especiales aparecieron con un camión de donde salió un robot para hacer explosionar el bulto sospechoso, que resultó ser simplemente una mochila olvidada por algún turista despistado que jamás volverá a ver su cámara de fotos. Lo extraño del caso es que la evacuación y el montaje del perímetro de seguridad de la zona fue un tanto dudosa. El equipo del programa pudo grabar toda esta escena situado a menos de 100 metros del robot.
QUINTO DÍA:
Un cura con mala leche
Jerusalén es como el parque temático de las religiones. ¿A quién se le pudo ocurrir la idea de juntar en un mismo sitio el Muro de las Lamentaciones, la Explanada de las Mezquitas y el Mausoleo de Cristo? ¡Qué gran idea! De ahí copias como Port Aventura: juntas Polinesia, China y el Lejano Oeste y haces venir gente para que en una tarde lo vean todo a la vez... pues Jerusalén igual. Aprovechando la estancia fuimos a visitar la tumba de Cristo y sólo daré una información: ojo con el cura que está en la puerta, tiene muy mala leche, está ahí como un sargento chusquero pasando revista a los turistas y formándolos en una larga cola; fi jaros en la actitud chulesca del hombre en la foto, como diciendo esto es mío y aquí sólo pasareis si a mí me da la gana. Pues así fue: el susodicho cura se fi jó en el escote de Pilar Rahola, una de las invitadas al programa de Israel junto a Ramoncín, y la echó de la cola como cuando se expulsa a una colegiala de clase. En esa situación me encontré yo visitando la tumba de Cristo, con "el rey del pollo frito", por cierto un divertidísimo compañero de viaje.
SEXTO DÍA:
De pesca en el Mar Muerto
Nos queda una tarde libre y decidimos ir al Mar Muerto; lo de "muerto" debe ser por lo abandonado que está. Para bañarte primero has de acceder a una especie de zona de baños que parece la piscina de un camping de tercera. Solamente estamos nosotros y, cómo no, un autocar de turistas japoneses. Aprovechamos para grabar un gag: Sardá intentando pescar algo en el Mar Muerto. Para ello le pedimos a un soldado que interviniera y accedió como si tal cosa en la grabación con su ametralladora colgada del hombro. Tras ello llegó la hora del baño. En el Mar Muerto no es que fl otes, es que te conviertes en una boya. Al entrar te aconsejan no bañarte más de doce minutos; qué raro, ¿no? ¿Por qué doce minutos? Pero nadie te avisa del verdadero peligro del lugar... A los once minutos de baño y sin querer, "patapam", una gota en el ojo, ¡aahhhh!, pero no una gota cualquiera, una gota del Mar Muerto. ¿Y por qué está "muerto"? ¡Por la sal! Qué dolor. Cuando se acabó el baño tuve que salir como un ciego ayudado por una persona que todavía no sé quién fue y rociarme el ojo durante otros doce minutos con agua mineral de botella. Para imaginaros el dolor, coger un vaso de agua, vaciar dentro un salero grande, removerlo y os lo tiráis a un ojo como si fuera un colirio.