El Jardín del Edén existe en el mundo real: un refugio con playas de arena fina, aguas turquesas y naturaleza virgen
Más allá de las resonancias bíblicas, hay un lugar que encarna esta definición. Un lugar idílico, frondoso, que es fuente de vida y abundancia, y que proporciona a todo aquel que lo visita la más plena felicidad.

Es el símbolo de la inocencia, donde todo fluye plácida y armónicamente, donde el mundo resulta perfecto, donde no existe la corrupción. El Jardín del Edén fue, para la Biblia, el paraíso terrenal, allí donde los primeros seres humanos podrían vivir de manera inmortal en comunión con la naturaleza. Un lugar cuya ubicación exacta sigue siendo un misterio, con diferentes teorías e interpretaciones. Situar en el mapa este inagotable vergel pleno de agua, frutos y animales, este punto del globo terráqueo que, según los postulados religiosos, recoge los orígenes de la humanidad, ha dado pie a múltiples hipótesis a lo largo del tiempo.

Algunos creen que podría estar en la antigua región de Mesopotamia (hoy territorio de Irak y parte de Siria, Irán y Turquía), en la que fuera la antigua cuna de la civilización. Otros sugieren que podría estar en el Parque Estatal Torreya, en Florida, debido a similitudes con las descripciones bíblicas. Las tradiciones orientales proponen que puede estar en las montañas de Irán, Azerbaiyán o Armenia. Y geofísicos norteamericanos sostienen que hay que situarlo en la región del actual Mar Negro.
Más allá de las resonancias bíblicas, lo cierto es que hoy, mucho tiempo después, el Jardín del Edén es el concepto que define un lugar idílico, frondoso, que es fuente de vida y abundancia, que proporciona a todo aquel que lo visita la más plena felicidad. Y en este sentido, nos apresuramos a buscarlo en nuestra geografía mundial, allí donde encontramos la imagen que encarna la más exacta definición del paraíso.
Lo encontramos en…
Nuestro particular Jardín del edén es como una melodía tropical, una insinuación exótica, una promesa de sensualidad. Un refugio perfecto con playas de arena fina, aguas turquesas y naturaleza virgen. Nuestro particular Jardín del Edén tiene colinas cubiertas de hibiscos, jardines de coral, cocoteros que se balancean propiciando una suave brisa. Es una especie de sueño pintado con todos los colores del trópico.

Lo encontramos en el océano que encarna lo místico y remoto, en el inmenso mar que ocupa el 20% de la superficie del planeta. Sí, es el archipiélago de las Seychelles, un seductor ramillete de islas que emergen en la inmensidad del Índico, a más de mil kilómetros del lugar más cercano. Pero hay una razón principal para considerarlo el Jardín del Edén.
Aunque suena a reclamo de folleto turístico, lo cierto es que a estas islas se las conoce con este nombre no tanto por sus trazas de paraíso tropical (que también) como por la descripción que hizo de ellas el general británico Charles Gordon, conocido como Gordon Pasha. En concreto, este héroe del Imperio británico que pasó a la historia por su lucha contra la esclavitud y por su trágica defensa de Jartum, la capital de Sudán, se refirió al Vallée de Mai, en la isla de Praslin, como el “paraíso original, donde habita el árbol de la ciencia del Bien y del Mal".

La semilla erótica
Puede que no sea el lugar donde, según la Biblia, Adán y Eva desobedecieron a Dios, pero este valle sí es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que así lo declaró en 1983. Una reserva natural que protege a un impresionante bosque de palmeras (se cuentan más de 8.000 ejemplares) en el que habita gran cantidad de fauna y que compite en belleza con la playas de la isla, que presume de albergar los mejores arenales del mundo (Anse Lazio o Côte d’Or).

Hay algo en el Vallée de Mai (y que además es el símbolo de Seychelles) que refuerza la idea de Jardín del Edén. Se trata del coco de mer, una gigantesca semilla (la más grande del mundo) de erótica forma femenina, que nace de una espigada palmera endémica que puede llegar a medir 30 metros. Aunque tiene su origen en este lugar, también se ha trasplantado a otros puntos del archipiélago. Lo curioso es que hay que esperar más de dos décadas para verla crecer hasta pesar más de 20 kilos. Y eso sí, no es comestible: tan sólo se usa para decoración.
Las Seychelles, que conforman el país más pequeño de África (si se pusieran juntas sus 115 islas, el territorio ni siquiera alcanzaría la superficie de Ibiza) y también el menos poblado, son definitivamente el lugar que buscábamos. A sus playas de aguas turquesas y arena nacarada se suma una historia atípica y una naturaleza plagada de rarezas.
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