Japón, el país del chorrito caliente

Japón es un país que me ha sorprendido desde el primer momento, nada más descender del avión: mucha gente tapándose la cara con mascarillas, el peculiar (digámoslo así) funcionamiento de los lavabos, los taxistas y sus taxis inmaculados, los hoteles cápsula no aptos para ciudadanos king size, la política (extraña) sobre los espacios para los fumadores y, lo mejor, he descubierto que España está en Japón.

Jorge Salvador

PRIMER DÍA:
Raro, raro, raro...
Japón es un país raro, raro, raro. El primer impacto llega en el aeropuerto: el funcionario del control de pasaportes nos atiente con mascarilla de cirujano; de hecho, medio país anda por la calle con mascarilla en la boca, incluso alguno con guantes blancos. Lo curioso es que el funcionario no se saca la mascarilla ni para hablar con los turistas recién llegados, lo cual hace que entre el jet lag del avión y lo mal que se entiende a alguien que habla con mascarilla, la entrada en Japón resulte algo confusa.

SEGUNDO DÍA:
El WC japonés
¡Estoy alucinado! Voy al lavabo y todos los inodoros son de alta tecnología, tienen un cuadro de mandos con letras en japonés que me atrevo a experimentar; de entrada, cuando te sientas, la taza del váter está caliente, ¡ohh!, no está mal, es agradable, pero la magia llega al terminar: me atrevo a pulsar un botón con un dibujo que señala un trasero con un chorro y... ¡ohhhhhhhh! Llega una gran sensación, un chorrito de agua caliente, me animo y pruebo más, pulso otro botón que regula la intensidad del chorro; al pulsar otro interruptor me doy cuenta de que ese es para las mujeres, pero no hay problema, todo se soluciona gracias a un último botón que acciona aire caliente. Tras esta experiencia casi religiosa, sólo queda un comentario: ¡Yo quiero unooooo!

TERCER DÍA:
El hotel cápsula
Visitamos un hotel cápsula. La primera impresión es como si hubiesen instalado un hotel en el pasillo de un cementerio de nichos. Lo primero que se te viene a la mente es: yo ahí no me meto, pero tenemos un comité de bienvenida compuesto por el director del hotel y una corte de personas que nos sigue como si fuéramos los reyes en visita ofi cial y nos vemos obligados a probarlo... Sólo entrar ya supone un problema: mi envergadura es como la de tres japoneses juntos, casi no entro por la puerta, sin contar con las dificultades para subir por la escalerilla. Una vez dentro, reconozco que es más confortable de lo que parece, hay tele, radio, despertador... aunque hay un grave inconveniente: la puerta es una simple cortina, no quiero ni imaginar los decibelios que emiten cuarenta japoneses roncando juntos. Una curiosidad es que los hombres y las mujeres duermen en pisos separados y que una noche cuesta alrededor de 21 euros, aunque por 10 euros puedes dormir unas 5 horas. Esta última modalidad la utilizan muchos japoneses que en una noche de borrachera prefi eren meterse en uno de estos nichos antes que recibir una bronca de su amada esposa...

CUARTO DÍA:
Taxista con guantes
En Japón todo es extraño, no entiendo nada. Se imaginan un país donde los taxis estén limpios, mejor dicho, están como una patena, hasta llevan tapetitos de puntilla en los reposacabezas. Al entrar en el taxi da la sensación de entrar en el salón de la casa de tu abuela. Y el colmo de los colmos es que los taxistas llevan ¡guantes blancos! y algunos hasta gorra de plato, y cuando les pagas te hacen una reverencia de 90 grados. Por si fuera poco, las puertas del taxi se abren y cierran automáticamente. En fi n, prácticamente igualito que el taxista que al regresar me recogió en la Terminal del aeropuerto de Madrid...

QUINTO DÍA:
El tren bala Cogemos el histórico tren bala desde Tokio hasta Nagoya. El lío empieza en la estación central de Tokio: cómo adivinar cuál es tu andén ante una pantalla toda en japonés. Lo único familiar son las horas de salida, pero, ¿cómo distingues cuál es tu tren? Pues con el método más rural posible: un cartel escrito en japonés donde pone: "¿Cuál es el tren con destino a Nagoya?". ¡Qué vergüenza! Eso sí, la estación es perfecta, ordenada, limpia, ni un papel en el suelo; de hecho, en Japón no hay papeleras en las calles. Si tienes algo que tirar, te lo llevas a casa. Las papeleras las retiraron de las calles después del atentado en el Metro de Tokio con gas sarín, y fíjate qué contradicción, el único lugar donde siguen existiendo es en las estaciones de tren. ¿Por qué? Ni idea. Eso sí, nada es normal, son papeleras transparentes con bolsas de basura transparentes y que pasan un riguroso control policial cada 10 minutos. Otra de las contradicciones niponas se presenta a la hora de fumar. No se puede fumar en la calle, sólo en unos lugares habilitados con ceniceros públicos. El problema es que, en cambio, sí se puede fumar en lugares cerrados, como restaurantes, hoteles, trenes... ¡A mí que me lo expliqueeen! Al cabo de media hora en un vagón de fumadores del tren bala, en el que había unas cincuenta personas todas fumando (aquello parecía Londres en un día de niebla), tuvimos que abandonar el vagón tosiendo y con los ojos llorosos. Lo único que mereció la pena del viaje fue la excepcional vista del monte Fujiyama. Tras dos horas de recorrido y un trasbordo en un tren borreguero hasta Ugata, llegamos por fi n hasta nuestro destino. Al llegar no podíamos creer lo que veíamos, estábamos ante una aparición, un sueño... ¡No! Era España.

SEXTO DÍA:
España temática Parque España es un parque temático como Eurodisney, pero dedicado enteramente a España. Está a unos 500 kilómetros de Tokio. Hace diez años, a alguien se le ocurrió construir en un pueblo perdido un parque sobre la Península Ibérica. Para ello traslada allí cada año a cuarenta artistas españoles para dar colorido exótico a la instalación. Compatriotas que cada día actúan ante un grupo de japoneses alucinados que de vez en cuando dan alguna que otra cabezadita. En Parque España todo es posible. Una plaza con la Cibeles y el mercado de la Boquería de Barcelona juntos, la montaña rusa "Montserrat mountain" o el juego de disparos "La batalla del Alcázar", sí, han leído bien, lo pondré en mayúsculas: ¡LA BATALLA DEL ALCÁZAR! El colofón del parque es la cabalgata fi nal, un desfi le presidido por las mascotas del parque, "Don Quijote" y "Dulcinea", y con carrozas que parecen fallas con ruedas. Las españolas van disfrazadas de fl amencas con unos volantes tan extraños que ni a Ágatha Ruiz de la Prada se le hubieran ocurrido para confeccionar un traje de faralaes. La verdad es que podría estar días hablando de mi shock hispano en Parque España, pero este es mi primer reportaje en esta revista y temo que, si sigo así, será el último. Hasta el próximo viaje alucinante.